Por entregas: La culpa fue de un despiste

En esta página irá apareciendo por entregas (lo prefiero a capítulos, suena menos pretencioso) el relato “La culpa fue de un despiste” que, sin llegar a tener el formato de libro unitario, sí tiene una extensión superior a los que van apareciendo en el blog.

LA CULPA FUE DE UN DESPISTE

 CAPÍTULO   I

 Otra vez me había perdido, es horrible ser tan despistada, o carecer del más mínimo sentido de la orientación, que no sé realmente cuál es mi problema. Lo único que tengo claro es que, con toda facilidad, creo que voy a Burgos y aparezco en Sevilla,  soy un caso clínico.

Lo de hoy, no obstante, sobrepasa todos los límites, mi mágico guía electrónico me iba diciendo el camino que debía seguir, llevaba grabada en mi mente la cantinela “En la primera rotonda gire a la derecha y luego…”.  Creo que debí hacerlo a la izquierda porque, no es una broma, tenía que estar en la carretera de Andalucía y estaba en la de Burgos, yo no programé el aparato, se encargó de hacerlo alguien muy cuidadoso, que conocía muy bien la ruta y mi despiste: con este sistema, me dijo, no tendrás problemas, cumple sus órdenes y  llegarás sin sobresaltos, ya, ya.

Estaba perdida. No había ido nunca al hotel donde nos íbamos a reunir un grupo de amigos para pasar el fin de semana. La carretera, cosa rara, estaba poco concurrida. Pensé primero parar un coche, pero luego me pareció mejor llamar por teléfono y pedir ayuda. No sabía que hacer. Deja de dar más vueltas al tema, me decía el sentido común, y busca una solución rápida, porque empieza a caer la noche y la nieve, que estuvo amenazando todo el día y tuvo que hacerlo de verdad  justo cuando yo me había perdido.

Opté por llamar a mis amigos e intenté aparcar en el arcén pero era tan estrecho que me dio miedo, por lo que decidí tomar el primer desvío, que conducía a una zona de servicios iluminada y concurrida. Estaba decaída pero  la luz y el bullicio me dieron ánimo, pase al bar y pedí una tostada, como la que tomaba un señor a mi lado, que decía a gritos “estoy buenísima” y un café y, más entonada, hice la llamada salvadora.

Sonoras carcajadas  se oyeron, cuando terminé de contar mi despiste. Había hecho un giro equivocado y la solución era andar ochenta kilómetros más, David, mi caballero andante, se ofreció para venir a buscarme, tardaría una media hora. Me pidió, para ganar tiempo, que volviera a la carretera y me pusiera en la dirección contraría a la que traía. Asentí, le di las gracias y colgué.

De pronto me invadió un tremendo cansancio, me  senté en el coche, recliné el asiento y me tapé con la cálida y ligera manta de viaje dispuesta a relajarme, pero me dormí. Al despertar miré con angustia el reloj, había pasado una hora, con movimientos torpes, que pretendían ser rápidos, puse el coche en marcha y me lancé deslumbrada y a toda velocidad por lo que me pareció el desvío, que me llevaría a la carretera, pero volví a equivocarme…

CAPÍTULO II

Aquel camino oscuro pero bien asfaltado terminaba en las puertas de un  jardín bordeado por un seto de aligustre, al fondo del cual se divisaba una casa, cuyo exterior se  parecía a las que  dibujan los que  son poco hábiles en este arte. Era de piedra amarillenta y tenía dos plantas: en la baja se abrían  grandes ventanales que dejaban ver una amplia habitación muy bien iluminadas y en la alta, un balcón que corría por toda la fachada y aparecía lleno de flores.

   A pesar de ser un punto de luz en la oscuridad, la casa me pareció siniestra o tal vez misteriosa. No invitaba a entrar, pero estaba perdida y seguro que allí sabrían cómo salir a la carretera. Temblando de frío y de miedo, llamé. Abrió la puerta una viejecita con aspecto venerable, pero que a mí me recordó a la bruja de La casita de chocolate. Con voz melosa en exceso me dijo:

-Pasa, pasa, querida, has tardado mucho, te esperábamos a las dos.

-Me parece que está confundiéndose de persona.

-¿No eres Laura?

-No. Soy Manuela, una despistada que se ha perdido y pensó que ustedes me  sabrían indicar cómo llegar a la carretera.

-Salir ahora es una locura, te quedarás a la fiesta y a pasar la noche con nosotros.

-Lo siento. No puedo, me están esperando en otro sitio.

-No seas descortés y quédate aquí.

-Me gustaría pero no tengo ropa adecuada para una  fiesta, porque venía a pasar un par de días al aire y al sol.

         Cada vez me gustaba menos aquella mujer que me miraba de arriba abajo. No sé si le interesaba la ropa o mi cuerpo. La ropa era bien simple: vaqueros, un jersey de lana grueso y botas. Yo, según dicen los demás, tengo buen tipo y los vestidos lucen mucho en mí, poseo una bonita melena negra y unos ojos muy expresivos y además están mis manos de pianista, que lo soy. En conjunto no resulto mal, pero no entendía que querría aquella bruja de mí. De repente la viejecita llamó: Hugo, Hugo.

         -¿Qué quieres?, dijo una voz que sonaba lejana.

         -Tengo un regalo para ti. Ven enseguida.

         -¿Pero hay fiesta o no?

         -Oye, a gritos no te voy a contar nada. Ven de una vez.

         -¿Por qué no vienes tú?

         -Está bien. Iré.

         Salió con paso ligero sin decir nada. Di una vuelta por la habitación, que era amplia, estaba decorada con muebles muy modernos y resultaba acogedora.  Pensé marcharme sin más pero los ladridos de varios perros a la vez me frenaron. Llamar a David era lo más lógico, y eso intentaba hacer cuando apareció de nuevo la extraña mujer. Al ver mi intención gritó:

         -¿Qué haces?

         -Tengo que avisar a un amigo que iba a venir a buscarme.

         -Tú ya no tienes amigos. Olvídate de todo lo pasado, ahora nos perteneces. Eres nuestra, te hemos secuestrado.

         -Está usted loca, llamaré a la policía.

         -¡Qué graciosa! Olvidas que eres una despistada y no sabes dónde estás. ¿Qué dirección darías? Dame, dame ese artilugio y, si sabes, toca un poco el piano, a Hugo le gusta mucho la música.

         No lo había visto antes, pero en un ángulo de la habitación había un precioso piano de cola. Fui hacia él y acaricié sus teclas. Ella se acercó también y me pidió que interpretara algo de Chopin. Tocar me hace olvidar todo lo que me rodea, por eso no advertí la entrada de aquel monstruo que apoyaba las manos sobres mis hombros y con voz potente gritaba: ¡bravo! ¡bravo! Me levanté y corrí asustada hacia la puerta. Él, al tener las manos libres, me aplaudía.

         La puerta estaba cerrada con llave y tuve que volver al lugar donde estaba. Entonces le vi. Era un hombre como de dos metros de altura y extremidades muy largas, su cabeza tenía una forma extraña, los ojos saltones y enormes las orejas, las manos grandes y velludas parecían garras, sin embargo su voz sonó suave al felicitarme por la brillante interpretación y me ofreció galante su brazo para llevarme a la mesa, puesta con gusto exquisito y llena de suculentos manjares.

 Cuando me senté dijo: Te prometo que haremos lo que quieras, lo que necesites para ser feliz. No tengas miedo, jamás haría daño a quien posee unas manos como las tuyas. Asustada como estaba, creí que lo mejor era ser yo tan cortés como él y dije:

 Gracias, por tus buenos propósitos, pero yo tengo una vida ya hecha con la que soy muy feliz. No podría adaptarme a otra sin sufrimiento. Necesito mi mundo, necesito a mi gente para sentirme bien. Aquí me moriría. Al oír estas palabras Hugo dijo: déjala marchar. La anciana abrió la puerta y yo salí a la fría noche. Estaba emocionada, asustada, sorprendida, más desorientada que nunca, sola, pero libre al fin de aquella pesadilla, y para celebrarlo lancé el coche sin `pensar a toda velocidad por un camino que ¿sería equivocado? Seguro.

CAPÍTULO III

Llevaba más o menos un cuarto de hora corriendo despendolada sin saber dónde estaba ni a dónde iba cuando mi móvil sonó. La bruja me lo había dado al salir, y recordar eso me hizo pensar que tal vez no fueran tan mala gente como al principio creí. Contesté la llamada. Era David. Estaba ya más que preocupado, angustiado, cansado, helado, cabreado, eran tres largas horas las que había esperado metido en el coche. Me llamó mil veces, pero estaba fuera de cobertura.

-¿Dónde estás?

-No lo sé. David, te lo ruego, llámame lo que quieras pero no te disgustes.

-Manuela, van a dar las doce. Esto es anormal.

-Tienes razón. He visto al pasar un hostal. Me quedaré ahí a dormir y mañana con luz encontraré el camino. Tú vete con los demás. ¿Cuánto tardarás en llegar?

-Unas dos horas porque no hay nadie en la carretera.

-Hasta mañana. Siento mucho la paliza que te has dado por mi culpa.

-Ya sabes que por ti hago lo que sea.

Cuando colgué el teléfono pensé que merecía la pena conocer mejor a los dos personajes que, sin yo quererlo, habían entrado en mi vida esa tarde. Sin pensarlo más di la vuelta y busqué en la oscuridad la casa del monstruo y la bruja. Me habían invitado a pasar la noche y lo aceptaría.

Los perros ya no ladraban y crucé el jardín sin problemas. La viejecita, a mi juicio sospechosa, abrió la puerta y dio un grito de alegría al verme. Luego dijo: Hugo, Manuela ha vuelto, y dirigiéndose a mí me preguntó:

-¿Por cuánto tiempo vienes?

-Vengo a pasar la noche, mis amigos pueden esperarme hasta mañana.

-Sería perfecto que te quedaras para siempre, pero más vale una noche que nada. Hugo se volverá loco de alegría.

Me desconcertó la especial ternura de su voz al decir lo contento que se pondría Hugo. Sus palabras me hicieron pensar si era una bruja mala o una tierna abuelita y qué relación tenía con Hugo. ¿Era su madre o era su abuela?

En aquel momento vino él a invitarnos a que pasáramos dentro. Me ofreció su brazo y me llevó a la mesa que estaba intacta, nadie se había sentado en ella para cenar. Hugo colocó a la viejecita en la cabecera, él se sentó a su izquierda y a mí me puso a su derecha. Y empezamos a tomar aquellas delicias, que nos sirvieron dos mujeres jóvenes y amables.

Hugo tenía una conversación muy amena y hablaba de los temas más variados. Cerré los ojos y me pareció estar cenando con un sabio de cálida y hermosa voz que estaba al día: igual hablaba sobre la moderna tecnología, que recitaba un poema o hacía una disertación sobre la cultura griega. Terminamos de cenar y pasamos a sentarnos en la zona donde estaba el piano. Hugo trajo unas partituras y me pidió que eligiera alguna para acompañarle mientras cantaba.

Me decidí por una canción napolitana y un fragmento de Traviata. Me emocioné hasta las lágrimas. Hugo cantaba poniendo el alma y poseía una preciosa voz, creo que de tenor. Cuando terminó su actuación, me invitó a tocar. Opté por tocar música española y creo que mi interpretación fue brillante. La abuela, digamos “rarita”, dijo que ella quería actuar también y, ante mis asombrados ojos, fue a poner un disco y bailó con gracia unas sevillanas.

 Aquello era como un cuento. Empecé a pensar que la abuelita se transformaría en un hada, tocaría a Hugo con su varita mágica y este se convertiría en un joven normal, porque no me parecía lógico hablar de príncipes y maleficios en el siglo veintiuno. No obstante allí había un misterio que yo quería conocer. Para eso necesitaba tiempo y decidí quedarme a pasar con ellos el fin de semana. No dije nada de momento, necesitaba madurar la idea.

Eran las tres de la mañana cuando tomábamos la que dijimos sería la última copa de champagne. Estaba rendida y pedí, por favor, que me disculparan porque iba a retirarme, necesitaba dormir. La “abuelita rarita”, sin dar muestras de cansancio, me acompañó a una habitación de la segunda planta, limpia y acogedora, me dio las gracias por estar allí y un beso de buenas noches.

Mientras me preparaba para acostarme, dije en voz alta: “Sí, me quedaré el fin de semana”.

CAPITULO   IV

 Dormí seis horas de un tirón porque estaba cansadísima, pero luego me desperté y ya no me pude volver a dormir. La casa estaba silenciosa. Con cuidado salí de mi habitación y la recorrí. En la segunda planta había un largo pasillo y a él daban cinco puertas; en la planta baja, además de aquel amplio salón-comedor-cuarto de estar, estaban la cocina y  un pequeño repartidor al que se abrían cuatro puertas, pero no me atreví a mirar lo que  había detrás de ninguna.

Durante la noche cayó una nevada que me pareció importante. Fuera la temperatura debía ser gélida, la casa sin embargo mantenía un calor suave e igual en todas las habitaciones. Volví a la mía y abrí la ventana, quería ver el paisaje que nos rodeaba. No había demasiada vegetación cerca, pero a lo lejos se divisaba un espeso bosque y unas verdes montañas de redondeadas formas. La casa estaba sola en medio de un jardín de amplias dimensiones  cuidado con esmero, pero no había casas alrededor.

Por fin se oyeron ruidos en la cocina. Miré el reloj: iban a dar las diez. Decidí ducharme y vestirme. Estaba terminando cuando oí unos golpes suaves en la puerta. Al abrir me encontré con la abuelita rarita que me preguntaba dónde quería desayunar. Aquello me pareció un lujo asiático. Pregunté dónde desayunaban los demás. En el comedor, me dijo y se ofreció a llevarme.

Hugo y la “abuelita rarita” me hicieron toda clase de preguntas sobre mi descanso y, cuando todas estuvieron contestadas, empezamos a desayunar. El desayuno, comparado con la cena, resultó frugal pero suficiente y exquisito.

Me daba qué pensar aquella estupenda forma de vivir, porque ninguno de los dos trabajaba. ¡A qué iban a resultar príncipe y reina! No tenía sentido aquel pensamiento. Serían personas con una gran fortuna y ya está, pero no acababa de quedar satisfecha, la idea de misterio seguía latente en mi pensamiento.

Terminado el desayuno, pregunté:

-¿Podemos salir a dar un paseo, la nieve ha desaparecido?

-Yo no puedo, contestó Hugo con voz triste, la gente huye con cara de terror cuando me ve.

-¿Y quién nos va ver si paseamos por el campo? Hace tanto frío que todo el mundo estará en su casa

-Lo siento, Manuela, no puedo acompañarte.

-Yo tampoco, dijo la “abuelita rarita”

-¿Y yo puedo hacerlo? Necesito algo de ejercicio, llevo muchas horas sentada o acostada.

– Corres un riesgo si te ven salir de está casa. Nos odian por algo que nunca hicimos.

-¿Nunca salís? ¿Cómo ha podido Hugo aprender todo lo que sabe, que tengo la seguridad de que es mucho?

-Yo no viví siempre aquí, ni fui siempre así. Es una larga historia que no me gusta recordar y no la quiero compartir tampoco con nadie y mucho menos con una persona para quien me gustaría ser perfecto. Tienes mucha razón, hay que hacer ejercicio, vete a pasear.

Me abrigué bien y salí a la calle, que estaba desierta. Anduve a buen paso en dirección a un conjunto de casas que se divisaban a lo lejos y pensé que sería un pueblo. Seguro que alguien habría allí dispuesto a contar la historia de los habitantes de Villalegre, que así decía un rótulo sobre la puerta. No era un pueblo, más bien parecía una pequeña aldea a unos tres kilómetros de la villa, pero sus casas, sus calles y todo lo que la rodeaba daba la sensación de riqueza y bienestar.

A la entrada del lugar había una panadería-pastelería y en ella entré con la disculpa de comprar pasteles. La tienda estaba atendida por una mujer de mediana edad, simpática y charlatana hasta que pregunté por Villa legre. Entonces su cara se puso seria y dijo: “Ese es un tema prohibido”, y volvió a sus ocupaciones sin hacerme ningún caso.

CAPÍTULO  V

Quedé asombrada ante semejante actitud. Hugo no mentía ni exageraba al decir que huían de él. Mi curiosidad por conocer la vida de aquellas dos personas tan diferentes iba en aumento, pero comprendí que en aquella aldea o lo que fuera no me dirían nada. Solo los interesados  me contarían su vida aunque no sería pronto, porque aún faltaba  tiempo para que tuvieran conmigo la confianza necesaria para ello.  Sin hacer más intentos decidí volver a la casa andando a buen paso porque volvía a nevar.

Me recibieron con alegría y tuve la sensación de que respiraron tranquilos. Tal vez pensaran que  me marcharía después de contarme su problema

-¿Hasta dónde has llegado?

– Hasta las casas que no sé si son un pueblo.

-Cuánto has andado, dijo la abuela. Creo recordar que hay tres kilómetros hasta allí.

-Así es, dijo Hugo. Estarás hambrienta, comeremos ya. Si quieres lavarte las manos, no necesitas subir a tu cuarto.

-Le di las gracias y la abuela me acompañó y me enseñó toda la casa, que era práctica y preciosa. Fue tan amable que decidí no volver a llamarla “rarita”

La comida, riquísima, la sirvieron las mismas jóvenes que la cena.  Se me ocurrió que serían del pueblo aquel y se lo pregunté. Sonreían pero no contestaban. Hugo lo hizo por ellas. No les hables, son gemelas y sordomudas. Me extrañó mucho aquello y me asustó un poco también. ¿Qué  ocultaban para que  las personas que conocían sus vidas no la pudiesen contar? Empecé a comer sin hacer ningún comentario y ellos me imitaron.

Después de la comida y el café la abuela nos llevó a otro rincón de aquella habitación multiusos, donde había una acogedora mesa camilla y cuatro sillas muy cómodas. Aquí es el lugar donde jugamos a las cartas cuando no tenemos visita. Vienen a  jugar Amelia y Lucía. Jugamos al parchís, canasta, bridge y muchos otros juegos. Somos verdaderos tahúres, pasamos horas jugando, pero no temas no jugamos con dinero. Miré el reloj. Eran ya las seis, menos mal porque el juego me aburre.

 Me equivoqué en lo del aburrimiento, fue divertido. Daban las diez cuando lo dejamos y yo creí que era más temprano. La abuela se levantó a dar las órdenes oportunas para la cena, quedé a solas un buen rato con Hugo y la pregunta surgió con naturalidad.

-¿Cuál es vuestro parentesco?

-Ninguno. Ana es la mujer que me ha cuidado siempre.

-¿No te habrá molestado mi curiosidad?

-En absoluto. Esperaba muchas más preguntas, pero ya he notado lo delicada que eres. Me pareces ideal, Manuela.

-¿Cómo es que esperabas más preguntas? Explícame, si la gente huye de ti, ¿quién viene a visitaros?

-Ana se hizo ya hace tiempo socia de una agencia que  se dedica a eso. Hay hombres y mujeres que tienen esa profesión: dar compañía. Es una casa muy seria, nunca tuvimos problemas.

-Por lo que cuentas Ana es una joya.

-Es inteligente, cariñosa, discreta, es perfecta, para mí lo ha sido todo en este mundo.

-¿Y por qué me dijo que estaba secuestrada?

-Porque la joven que nos mandaba la agencia, nos enteramos después, se había roto un brazo y no podían mandar a otra. Ella sabe que yo me pongo muy nervioso cuando paso tiempo sin hablar con alguien nuevo, y mis nervios son destructivos. Por eso pensó retenerte a toda costa: por mí hace lo que sea. ¿Te asustó?

 -Un poco.

-¿Y tu curiosidad no necesita saber nada más de nosotros?

-Claro que tengo muchas preguntas para hacer, hay cosas que me parecen misteriosas, tú mismo eres un misterio.

-Vamos a cenar, hablaremos después.

Ana, a la que ya no llamaría más abuelita, vino a invitarnos a pasar al comedor. La seguí encantada.

-Durante la cena que fue, como todas las cosas en Villalegre, exquisita, Hugo hablo poco y me miró mucho. Ana lo notó y me observó con expresión preocupada. Yo me sentí incómoda por primera vez  desde que estaba allí. Empezamos a charlar nosotras y poco a poco él se fue centrando en la conversación.

-¿Cuándo te irás, Manuela?

-Mañana después del desayuno. Pero os prometo que volveré en cuanto tenga dos días de fiesta. Ha sido una experiencia muy agradable conoceros.

-Para nosotros también lo ha sido, dijeron los dos casi a coro, pero tenemos que pedirte que no vuelvas más por aquí.

-¿Cómo decís? Es imposible que antes estuvierais pidiéndome que me quedara para siempre y ahora me digáis que me vaya. Me resulta humillante ser manejada así.

-Tenemos que contarte quiénes somos y qué hacemos aquí para que nos comprendas, y puedes tener la seguridad de que no te dejaría marchar si fuera libre, si mi vida no dependiera de otros, mejor dicho, si no la programasen otros, dijo Hugo y Ana asintió. Vamos a sentarnos al salón, es más cómodo.

-Voy a traer algún dulce y una botella de champagne, dijo Ana, se conversa mejor con una copa.

CAPÍTULO  VI

Fui la primera en hablar tal vez porque era la que tenía algo nuevo que conocer. Cuando los conocí, mi imaginación en pocos minutos ideó una historia fantástica, historia que yo rechacé, pero puedo asegurar que  quedaba como un inocente juego comparado con la que ellos me contaron y que me juraron era la suya. Ana llenó las copas e hicimos un brindis casi con desgana. Yo impaciente pregunté: ¿Quién empieza? Yo, dijo Ana.

– Manuela, nosotros no somos de este mundo, somos extraterrestres. Procedemos del planeta Humus de la constelación de Leo. Nuestra sociedad es muy avanzada y civilizada y poseemos muchos rasgos comunes con los humanos: físicos, sociales y religiosos.

Siempre hemos tratado de ayudaros y hemos inspirado a las personas adecuadas la solución de graves problemas. Casi siempre han sido receptivos y las relaciones han sido excelentes, también debo decir que nos hemos beneficiado de los descubrimientos humanos que estaban en etapas más avanzadas que las nuestras.

-No lo creo ¿Cómo os comunicabais?

-Como lo hacemos contigo y en ocasiones usamos la telepatía.

-Escúchame hasta el final y no formes juicios equivocados. Es verdad que en otras ocasiones los humanos han tratado de aniquilarnos, no han creído en nuestras buenas intenciones. Hugo y yo estamos en esa situación, hemos resistido tratando de cumplir con los objetivos encomendados. Hugo se convirtió en un monstruo para inspirar algún respeto a los habitantes de ese sitio hasta el que fuiste andando esta mañana.

-¿Qué podíais hacer por ese lugar? Me pareció un sitio yo diría que  perfecto.

– En algunas cosas sí, en medicina, por ejemplo, no. Por deformación de un gen sus habitantes padecen una enfermedad que, en algunas familias, sufren y transmiten la mayoría de sus miembros, afecta a los músculos e impide el movimiento. Nosotros tenemos una medicina que la cura ya hace mucho tiempo y hemos tratado de que se beneficiasen de ella, pero no han aceptado que hiciéramos la prueba.

-¿Por qué no intentáis hacer el experimento con Hugo convirtiéndolo en una persona normal?

-Demasiado tarde. Nuestros superiores han considerado que hemos fracasado en la misión y nos piden que la abandonemos y nos presentemos para que nos hagamos cargo de una nueva, y son muy tajantes.

-¿Podría yo ver la transformación de Hugo?

Ana me miró con ternura y me advirtió de lo peligroso que era verle convertido en un hombre normal, pero yo insistí y pregunté si Ana estaba también trasformada. Me dijeron que la habían puesto veinte años más de los que tenía para dar sensación de respeto. Callé. Entonces ellos me dijeron que lo harían cuando Amelia y Lucía durmieran.

A las once vinieron a decirnos buenas noches. En ese momento Hugo y Ana dieron una rápida vuelta y cuando pararon quedé paralizada por la impresión: se habían transformado. Los dos eran jóvenes, los dos eran guapos. Ana sabía lo que decía. Lo mejor era marcharme, no seguir mirando al joven y bello Hugo.

Subí a la habitación, recogí mis cosas y me senté en una butaca con la idea de marchar en cuanto amaneciera. Eran las cuatro. No quería tristes despedidas. A las siete se veía ya bastante bien. Salí sin hacer ruido y puse el coche en marcha. No me fijé  adónde llevaba el camino que despistadamente tomé. ¿Sería otra vez uno equivocado? ¡Ah! ¿Es que el otro lo fue?

EPÍLOGO

Siguiendo mis indicaciones, David me llevó un domingo de junio al sitio donde estuvo Villalegre. Era un inmenso solar sin nada alrededor, ni casa, ni plantas, nada. Me quedé un poco desconsolada y pedí a mi buen amigo que me llevara al cercano pueblo a ver si sabían lo que había destruido la casa. Un hombre ya mayor que encontramos paseando nos dijo con voz temblorosa: “Fue cosa de los marcianos. Lo arrasaron todo y se llevaron al matrimonio que vivía allí que, para mí, era de los suyos”. Me reí de la suposición, pero en voz alta dije: “Muy aguda su observación, amigo”.

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