Por entregas: La muñeca rota

En esta página irá apareciendo por entregas (lo prefiero a capítulos, suena menos pretencioso) el relato “La muñeca rota” que, sin llegar a tener el formato de libro unitario, sí tiene una extensión superior a los que van apareciendo en el blog.

CAPÍTULO I

Yo era la mujer de moda. Era mi momento de gloria. Todo el mundo me adulaba.  Mis deseos eran órdenes para la mayoría, tanto hombres como mujeres, pues a todos conquistaba mi encanto. Me introduje en la alta sociedad londinense, tan puritana ella, y más tarde en la francesa, tan libre, imponiendo mi estilo. Soy irlandesa. Mi familia, noble y rica en tiempo de mis abuelos, seguía siendo noble pero pobre en la actualidad; sin embargo nadie lo pensaba, pues mi padre, a costa de mil sacrificios, mantenía su “status”. Yo francamente no estaba dispuesta a llevar ese tipo de vida que mis dos hermanos, de carácter pacífico, aceptaban de buen grado. A mí, como siempre dijo mi abuelo, me hervía la sangre, no podía vivir sometida a unas absurdas reglas para aparentar lo que no era. Por eso, después de serias reflexiones por parte de mi padre y un torrente de lágrimas por parte de mi madre, marché de Dublín a Londres.

Tenía dieciocho años y mi belleza como únicas armas para luchar, pero me había trazado un plan de vida y estaba dispuesta a ser alguien importante. Me alojé, en los primeros años de mi estancia en Londres, en casa de unos parientes lejanos, pero con los que siempre mantuve una buena relación y que, como yo, buscaban una mejor manera de vivir. Ellos me aconsejaron trabajar como modelo, empleo lucrativo para el que reunía las mejores condiciones, y no lo dudé. Me presenté al concurso de dos casas de modas importantes y, con gran desilusión por mi parte, no fui aceptada. Mi belleza resultaba demasiado exuberante. La moda inglesa estaba pensada para una mujer más delicada, más sofisticada. Fue una dura prueba para mi orgullo, pero también un acicate y un estímulo para mi transformación.

Pronto comprendí que la empresa era demasiado compleja para poder llevarla a cabo  sola y dediqué un tiempo a buscar a mi  Pigmalión. Lo hice sin prisa, sopesando bien lo que me ofrecían y los resultados que podía obtener. Yo era una persona bien educada y de sólida formación intelectual, pero necesitaba completarla, pues debido a mis pocos años no era lo suficientemente amplia, y a eso dediqué en primer lugar mi tiempo sin dejar, por supuesto, de tener toda la relación posible con el mundo de la moda. Asistía a todos los desfiles a mi alcance y trataba de imitar a las modelos en todo aquello que me permitiera seguir manteniendo mi personalidad. Conseguí, tras muchos esfuerzos, dominar mi carácter impetuoso, suavizar mi tono de voz, mover mis manos sin brusquedad y corregir mi acento irlandés. Al cabo de dos años de estudio y duro trabajo yo era otra persona. No puedo determinar si peor o mejor, pero era diferente.

Fue en ese momento cuando se cruzó en mi vida la fortuna y el éxito de la mano de Miss Hamilton, dueña material e inspiración de una famosa agencia de modelos. La  vi por primera vez en una carrera de caballos y me llamó poderosamente la atención su elegancia que, a mi modo de ver, se basaba en la sencillez de su ropa y lo exquisito de sus modales. Su imagen me permitió llegar a una acertada conclusión, creo yo: la ropa es un complemento para la elegancia, pero la base reside en la forma de ser, en el saber estar de la persona. Hice ese comentario a una de las jóvenes que me acompañaban, interesada  como yo por ese mundo. Ella conocía a la elegante dama y me brindó la ocasión de saludarla cuando terminara aquella carrera. Estaba tan impresionada que me comporté con poca soltura, además ya se anunciaba la siguiente y tuvimos que volver a nuestro sitio, por lo que no tenía ninguna esperanza de que se hubiera fijado en mí.

Pasó bastante tiempo, unos seis meses, hasta que la volví a ver: fue en la presentación que de su colección de otoño hizo la casa Dior en Londres. Me volví a sentir fascinada por su estilo y no pude dejar de mirarla. Terminado el desfile, y con gran sorpresa por mi parte, se acercó a mí seguida por un hombre apuesto, de mediana edad que la había acompañado toda la tarde.

-Buenas tardes, miss Parker, dije yo con voz insegura.

-Bien, Charles, he aquí una joven tan bella como tímida, y que además tengo la impresión está muy interesada por la moda.

-Así es, miss Hamilton, respondí  con firmeza.

 -Entonces me imagino que no tendrá inconveniente en hacer una prueba para trabajar en mi agencia de modelos.

-Eso sería un sueño para mí.

-Sonriendo me dijo: la espero mañana a las diez.. Me tendió una tarjeta con su dirección y se marchó, seguida siempre por Charles.

CAPÍTULO II

Desde el momento que se acercó a mí supe que había encontrado a la persona adecuada para ser mi Pigmalión  y me prometí seguir fielmente sus consejos dejando a un lado mis ideas. Pasé el resto del día y parte de la noche en un continuo estado de inquietud, haciendo todo tipo de conjeturas, ensayando formas de actuación, cambiando una y otra vez mi ropa, sin encontrar nada que me hiciera sentir completamente satisfecha y segura de mí misma. El sueño vino a poner fin a mi extraño estado. Cuando desperté, parecía que un hada buena me había visitado durante la noche dejando en mí una gran dosis de confianza y optimismo y, así arropada, me dispuse a enfrentar la nueva experiencia que la vida me brindaba.

A las nueve salía de casa hecha una muñeca, según la opinión de mis parientes, que me observaban con admiración, pero sin dejar de ser mis críticos como yo les había pedido. Traté de hermanar la sencillez y la elegancia en mi aspecto y creo que en buena medida lo conseguí, por lo que segura y satisfecha marché hacia lo desconocido, tan querido y temido a la vez. Llegué a mi destino a la hora justa como mandan las normas de la buena educación. Miss Hamilton me esperaba ya en su despacho que, como ella, llamaba la atención por su exquisito estilo. Era una habitación amplia y luminosa. En su decoración se habían empleado diferentes tonos de verde que producían un efecto relajante muy agradable. El mobiliario, muy moderno, en cálidos tonos arena, completaba la sensación de relax. Sentada allí, frente a aquella mujer fascinante y en aquel ambiente tan acogedor, me sentí completamente feliz.

Miss Hamilton  hizo todo tipo de preguntas sobre mis gustos y aspiraciones, así como sobre mi formación intelectual. Al terminar la entrevista se levantó y, sonriendo satisfecha, me tendió la mano mientras decía: si está dispuesta a ello voy a convertirla en la primera modelo de mi casa. Con igual sonrisa contesté: estoy dispuesta. Y de esa sencilla manera quedó firmado un contrato que duró diez años, a lo largo de los cuales fui una afamada modelo ante la que todo el mundo se rindió. Pero iré paso a paso relatando con calma mi historia que, como la de cualquier mortal, tuvo sus claros y sus sombras, con épocas de éxito y otras en las que fui “una muñeca rota”.

Desde el momento que acepté el ofrecimiento de miss Hamilton puede decirse que pasé a ser posesión suya. Mi vida en todos sus aspectos estuvo supervisada por ella. El primer paso fue abandonar la casa de mis parientes, donde había pasado unos años muy agradables, y manifiesto desde aquí mi agradecimiento por todas las atenciones que tuvieron conmigo y por el cariño que siempre me demostraron, para residir en la bonita casa donde se formaban y vivían las modelos. Esto me resultó al principio muy atractivo. El sitio era precioso. Se respiraba en todo él ese aire refinado y sencillo a la vez que distinguía a su dueña y poseía todo lo que se podía desear en cuanto a confort. Lo compartí con otras seis jóvenes más o menos de mi edad y deseosas como yo de alcanzar el éxito.

El camino hacia la gloria fue duro. Yo, que estaba dispuesta a llegar a ser alguien importante costara lo que costara, tuve muchos momentos de flaqueza. Me costó algunas noches de llanto desesperado y días de profundo abatimiento. Hubo momentos en los que quise escapar y volver a Irlanda. Aquel lugar, que en un principio creí tan delicioso, llegó a parecerme una cárcel. Todas nos sentíamos igual. Se notaba en nuestras conversaciones, en los momentos de descanso cuando podíamos dejar de notarnos  calificadas, pero nadie osaba manifestar ese sentimiento, tan natural después de vivir sometidas a la dura disciplina que gobernaba nuestras vidas y a la falta de libertad que sufríamos, y digo sufríamos, porque, al menos para mí, eso era lo más duro.

Miss Hamilton era una mujer incansable, perfeccionista y exclusivista. Para ella no existía el tiempo trabajado, solo contaba el fruto conseguido y la calidad del mismo. Nuestra actividad, por tanto, no tenía horas, pero cada hora tenía una actividad que había que realizar con la máxima perfección. El tiempo libre se limitaba a una hora después de comer y al descanso nocturno. El ejercicio físico ocupaba al menos dos entre gimnasia, natación y marcha, luego estaban las clases donde se tocaban temas culturales, de actualidad, protocolo y  todo aquello que fuera útil para conseguir una  completa formación, a fin de que pudiéramos alternar con el mismo rey si fuera preciso. Otra actividad que nos ocupaba mucho tiempo era lo que llamábamos hacer pasarela,  cambiándonos de traje como si fuera un desfile real. Resultaba agotador.

Llegábamos al comedor desfallecidas y con un apetito atroz, por lo menos en mi caso, pero también en eso había que seguir una norma. La comida era sana, variada, perfectamente condimentada y servida, pero escasa. Una modelo no podía tener ni una talla superior a la cuarenta ni un ápice de grasa. La comida tenía que ser la justa, pero para mí resultaba no justa, resultaba insuficiente. Llegué a pasar hambre hasta que conocí a Mauren, una cocinera de la casa, irlandesa como yo que, conociendo los hábitos alimenticios de nuestra tierra, sabía que necesitaba comer más y me obsequiaba diariamente con un delicioso bollo de manteca, que no sé con qué artes conseguía poner en un lugar seguro de mi cuarto y que para mí fue la salvación porque creo que, sin ese suplemento en mi dieta, hubiera llegado a enfermar.

Después de la comida había una hora de absoluta libertad. Casi todas la usábamos para descansar porque la actividad de la tarde no era menor que la de la mañana. A las cinco en punto estábamos dispuestas para la clase de baile. Entonces aparecía Charles, que era el profesor, y que, aunque vivía en la casa, el resto del día permanecía invisible. Era apuesto y amable y como profesor me parecía magnífico. Tenía una cierta autoridad, pero en el fondo era, como todas nosotras, posesión de miss Hamilton. Practicábamos con él baile de salón, es decir, baile con los ritmos entonces de moda en las fiestas a las que solíamos asistir, todas de lo más selectas. Era para mí este tiempo lo mejor del día. Bailar me había gustado siempre mucho y hacerlo con Charles lo convertía en algo aún más apetecible. Creo que siempre estuve enamorada de él y hasta me parecía que el sentimiento era mutuo, pero una simple mirada de miss Hamilton ante un gesto afectuoso de Charles me hizo comprender lo inconveniente que podría resultar esa relación para lograr mi meta y terminó con mi sueño.

Las actividades de la tarde se completaban con una charla, con práctica incluida, que nos daba miss Hamilton, en la que se trataba de aprender a combinar traje, peinado, maquillaje, calzado, incluso los gestos y el tono de voz oportunos para conseguir ese toque de distinción y elegancia que toda buena modelo debía tener. Aquí se notaba más que en cualquier otra cosa lo perfeccionista y exigente que esta mujer podía llegar a ser. Podía maltratar, psicológicamente incluso, si no alcanzabas esa perfección que ella quería conseguir. Este tiempo era temido por todas nosotras pero, sin lugar a dudas, era el más provechoso. Una tarde, especialmente complicada, en la que no salíamos adelante con nuestros “deberes”, miss Hamilton tuvo una tremenda explosión de mal genio en medio de la cual nos habló de su vida.

Con la mirada furibunda y la voz temblorosa por la rabia contenida nos decía: Me tenéis miedo, ¿verdad? Creéis que soy inhumana y, sin embargo, al mismo tiempo envidiáis mis modales, mi belleza, mi clase, mi estilo, y tal vez pensáis que nací con ellos. Estáis en ese caso muy lejos de la verdad. Pocas personas en este mundo han tenido una cuna tan humilde como yo, pocas han vivido rodeadas de tanta vulgaridad como yo, pero también pocas, de eso estoy segura, han tenido la fuerza de voluntad y la constancia en el trabajo para conseguir otro tipo de vida. No exijo nada que un ser humano no pueda hacer, porque os aseguro que yo soy humana, muy humana, y he podido conseguirlo en unas condiciones infinitamente peores. El camino para llegar a tener cualquier cosa que merezca la pena es siempre difícil mas, cuando se logra lo que se desea, se olvidan pronto las dificultades. Hay que confiar en el triunfo y dar lo mejor de nosotras para conseguirlo sin que la ambición nos ciegue y nos impulse más allá de lo debido.

Quedamos todas muy sorprendidas ante la confesión. En realidad nadie sabía nada de la vida de esta mujer, que era aceptada en todas partes y admirada siempre por ella misma, nunca por títulos o antepasados  famosos. Aquella explosión de sinceridad fue muy beneficiosa para nuestra relación. Aprendimos a mirarla como a un ser más cercano, dejó de causarnos temor, aumentó nuestra admiración hacia su persona y evolucionamos con más rapidez. La actividad que completaba el día eran las fiestas, recepciones o desfiles a los que asistíamos siempre acompañadas por miss Hamilton y Charles. Pronto empecé a destacar en ellas, pero mi objetivo no era ser una muñeca de salón, y siempre me mostré distante con los admiradores, actitud aplaudida por mi protectora con entusiasmo porque coincidía plenamente con su concepto de lo que una modelo debía ser: una profesional seria y distinguida. Tuve también ofertas de otras agencias para trabajar con ellas pero, como ya dije, desde que la conocí supe que miss Hamilton sería mi guía, y no las acepté.

CAPÍTULO III

Llevaba un año de formación y los frutos obtenidos me hacían sentir feliz y orgullosa de mí misma. La disciplina, que tan dura me pareciera al principio, era en la actualidad como mi segunda piel. Estaba perfectamente adaptada a ella, hasta pude dejar de tomar, con gran disgusto por parte de Mauren, mi suplemento alimenticio. Fue en ese momento cuando un representante de la casa Dior me eligió para pasar su colección de todo el año en Londres donde querían introducirse. Miss Hamilton aceptó la proposición y fijó las condiciones que me convirtieron en modelo de la casa Dior en Londres. Cuando quedó formalizado el contrato, por primera vez desde que la conocía, me felicitó por mi trabajo; yo, más espontánea, le di un abrazo y mil gracias por su firmeza que tan buenos resultados había dado.

Quise compartir el éxito con mi familia, pero mis padres y mis hermanos, lejos de sentirse orgullosos de mis logros, quedaron horrorizados: una noble irlandesa exhibiendo su cuerpo, debían pensar que iba a desfilar desnuda o algo así. Eran puritanos en exceso y la religión no les permitía aceptar, o mejor consentir, aquello. Luché cuanto pude para que entendieran mi profesión, pero no quisieron escucharme. Cuando hice mi primer desfile, les mandé una invitación con la esperanza de que vendrían, pero no fue así. Solo mis parientes de Londres me acompañaron y se sintieron felices con mi éxito, que fue total. Mi familia rehusó en todo momento relacionarse conmigo desde que empecé a ejercer la profesión. Quise prestarles ayuda económica y tampoco la aceptaron. Creían que era dinero sucio y preferían pasar penalidades. Cansada de tanta incongruencia, dejé poco a poco la relación, que actualmente no existe. Sentí mucho que las cosas sucedieran así, porque la familia era muy importante para mí, pero ellos no quisieron abandonar los prejuicios que, al parecer, eran más importantes que yo.

Mi vida al principio del ejercicio de aquella fascinante profesión fue relativamente tranquila. Seguía viviendo en la residencia, miss Hamilton continuaba guiando mis pasos, porque tenía pocos años y aquel mundo no dejaba de tener sus complicaciones. La envidia y la competencia eran las principales maldades, aunque no las únicas. Procuraba mantenerme al margen de las intrigas, a pesar de lo cual me vi involucrada en ellas con gran disgusto por mi parte. Era curioso aquello, porque mi carácter es fuerte y siempre supe hacer frente a los problemas, pero en todo lo relativo a mi profesión tenía un temor inexplicable, tal vez porque quería que fuera todo seguro y perfecto.

La casa Dior, a medida que pasaba el tiempo y aumentaba mi experiencia, empezó a insinuar la posibilidad de hacer algún desfile en París. Había ciertas prendas, las clásicas de la casa, que parecían estar hechas especialmente para mí. Miss Hamilton se negó a esta posibilidad y a mí me pareció bien su decisión al principio, porque cinco años después acepté sin pedirle opinión hacer un desfile cada semana en París. Aquello fue un motivo de desencuentro entre nosotras. Ella dejó de actuar como una educadora y empezó a portarse como una madre. Me acompañaba en todos los viajes, vigilaba todo lo que hacía y me recordaba con demasiada frecuencia las normas de conducta que tan buen resultado me había dado observar. Empecé a cansarme de todo eso. Necesitaba volar sola y decidí romper los lazos que me unían a aquella mujer maravillosa que me había dado todo lo que tenía. Fui al fin una ingrata y pagué cara mi ingratitud.

Habían pasado diez años desde mi llegada a Londres. Me sentía muy satisfecha de cómo los había vivido, pero necesitaba un cambio. Por eso decidí trasladarme a París. Me fascinaba su luz, su animado ambiente y la absoluta libertad que allí tenía. Mi éxito fue total en las pasarelas y en las fiestas de la alta sociedad parisiense, donde pronto  fui insustituible, en ningún sitio pasaba inadvertida. Las mujeres envidiaban mi belleza y mi elegancia, los hombres se rendían a mis pies. Me sentí tan importante que me convertí en una muñeca vacía, caprichosa y orgullosa, olvidando las normas y los principios que miss Hamilton me enseñó y que me hubieran mantenido en el camino del éxito de manera permanente, porque la gloria que da la belleza tiene corta duración si no está avalada por algo más sólido. Esta verdad la supe demasiado tarde para mi desgracia.

Mi vida se hizo de pronto desordenada y llena de altibajos. Empecé a frecuentar demasiado asiduamente las fiestas hasta altas horas de la madrugada y, algo peor aún, empecé a beber hasta convertirme en una alcohólica. Todo comenzó de la forma más inocente. Yo siempre tomaba bebidas sin alcohol como lo hacían miss Hamilton y todas mis compañeras. Nadie en Londres se extrañaba por eso, pero París era otro mundo. Allí por la noche se tomaba alcohol y yo también lo hice, no iba a ser la excepción. Además una copa no podía hacer mal a nadie, y así fue al principio. Después, al prolongar las veladas, aumentó  el número de copas hasta llegar a la embriaguez. Cada mañana, cuando despertaba con esa horrible sensación que deja el exceso de bebida, me prometía no volver a probar el alcohol, no ir a ninguna fiesta más, pero al dar las diez de la noche, con suma puntualidad, salía rumbo a una de ellas.

Pasados dos  años era una alcohólica incapaz de realizar cualquier actividad sin haber tomado antes una copa. Se resintió mi salud, mi belleza, mi trabajo y mis amistades. Profundas ojeras rodeaban mis ojos. La piel vital y luminosa se tornó mate y arrugas impropias de mi edad la surcaban. Aumentó mi peso y la casa Dior me dijo, de una forma muy diplomática, que mis nuevas medidas no se adaptaban a sus modelos y prescindió de mí. Pero lo más doloroso fue la reacción de los que se llamaban mis amigos. Los hombres, que antes se rendían a mi encanto y yo manejaba a mi antojo, me huían; y las mujeres, que tanto envidiaban mi belleza y mi elegancia, se burlaban de mí. Mi situación económica empezó a ser preocupante. Tuve que cambiar mi lujoso apartamento de la rue D’Aussant por otro infinitamente peor a las afueras de la ciudad y prescindir de todo lo que había dado a mi vida ese toque de refinamiento y bienestar que antes tenía. Si quise trabajar, tuve que hacerlo para alguna tienda que hacía  pases de los modelos a  sus clientes y, pasado un tiempo, ni eso pude hacer.

La primera vez que me asomé a la ventana de mi nuevo apartamento sentí lo miserable que era mi situación y tuve una especie de propósito de enmienda, que duró el tiempo que tardé en necesitar una copa. Yo había oído decir muchas veces, sin dar crédito a esas palabras, que el ser humano, mejor dicho su mente, se acomoda con rapidez a las circunstancias y doy fe de que es así. La elegante modelo que había alternando con lo mejor de la sociedad parisiense bebía ahora vino tinto en una oscura taberna de barrio con unos hombres toscos y malolientes a los que, en el colmo de la degeneración, llegué a vender mi cuerpo cuando no tenía dinero para pagar la copa de vino que necesitaba beber, y lo hice como si fuera lo indicado en ese momento, sin sentir humillación, sin sentir arrepentimiento.

Una noche en la que sentí por primera vez en mucho tiempo vergüenza y desaliento ante mi situación porque no sabía como cambiarla, uno de aquellos hombres con los que compartía mis turbias noches de alcohol me insultó. Posiblemente lo hacía todos los días, pero fue esa noche cuando me ofendió, cuando me hizo notar lo degradada que estaba. Por eso, en un arranque de dignidad, quise defenderme y, sin saber bien lo que hacía, le golpeé la cabeza con una botella dejándole inconsciente. Más tarde supe que la lesión fue tan grave que necesitó más de un año para su completa recuperación. Vino la policía, como es lógico, y me llevaron detenida a comisaría. Tras mi declaración,  como no quise dar el nombre de ningún familiar o amigo que pudiera pagar mi fianza, me internaron hasta que tuviera juicio y sentencia.

Lo primero que pedí al llegar a mi celda, que tuve la suerte de no compartir con nadie, fue una copa. Las celadoras que me acompañaban me miraron con cara de sorpresa, pero no dijeron nada. Cumplieron su cometido y se despidieron con un seco saludo. Cuando me quedé sola y miré a mi alrededor, mi corazón empezó a latir con fuerza, a ritmo de taquicardia. Asustada empecé a gritar como una loca. Nadie vino a socorrerme. Yo seguí gritando mucho tiempo hasta caer al suelo desmayada. Desperté en la habitación de un hospital que, después de la desidia con la que había vivido últimamente, me pareció confortable. Todo era blanco, pulcro. Yo estaba recién aseada, mi larga melena, suave y brillante, recogida en una especie de moño. Llevaba puesto un camisón y tenía mi ropa, colocada al lado sobre una silla, limpia y planchada.

CAPÍTULO IV

A los pies de mi cama había dos personas vestidas de blanco. Cuando abrí los ojos, se acercaron y me hablaron con suavidad. La pregunta era la obligada: cómo me encontraba. Yo contesté con otra pregunta obligada también: quería saber dónde estaba. Me lo explicaron todo con detalle. Me encontraba en un hospital psiquiátrico. Ellos eran el doctor y la enfermera que me habían atendido desde que me ingresaron, hacía tres días ya, con un síndrome de abstinencia. Había estado sedada todo el tiempo. Era la primera vez que hablaba en los tres días. Mi estado general no era bueno, por lo que estaría una temporada de recuperación en el hospital y, si estaba  dispuesta a ello, podría seguir una terapia de desintoxicación cuando estuviera repuesta. Pero eso sería más tarde. Ahora debía descansar y eso hice. Cerré los ojos y me dormí dulcemente con una sensación de  tranquilidad que hacía tiempo no sentía.

Aquel hospital y aquel médico fueron para mí como la tabla salvadora que se lanza a un náufrago que bracea luchando impotente con las embravecidas olas. Me devolvieron las ansias de vivir con dignidad y la fuerza para luchar y poder lograrlo. Michel Valorge estaba completando su formación. Un año más y sería psiquiatra. Era un hombre joven, de agradable presencia y enamorado de su profesión. Había nacido en París y allí vivía con su familia, pero su proyecto de futuro pasaba por ejercer su profesión en algún país del tercer mundo, lejos del ambiente frívolo y sin metas que dominaba aquella sociedad. Poseía una personalidad arrolladora y una alegría contagiosa. Todo parecía sencillo cuando él lo exponía. Me tomó a su cargo en la complicada tarea de luchar contra mi adicción. Fue mi guía y mi apoyo constante.

A las dos semanas de estar en el hospital sentí que me había recuperado físicamente. Pude levantarme, pasear, hacer una vida normal aunque vigilada, porque estaba pendiente de un juicio. Dependía, eso sí, de un tratamiento que controlaba  mi síndrome de abstinencia. Cada tarde Michel daba conmigo un largo paseo, durante el cual me iba preparando para empezar la terapia y, a veces,  hablábamos de cualquier cosa. Me hacían mucho bien su  charla y su presencia pero, a pesar de todo, no quería hablar de mi vida, de cómo había caído en aquella adicción. Él no se mostraba impaciente, aunque me exponía con claridad la necesidad de conocer ciertos detalles para formar un juicio más acertado y darme el mejor tratamiento.

Tardé casi un mes en hablar de mí, de cómo llegué a tocar el cielo y de cómo bajé al infierno, con absoluta sinceridad. Al terminar mi confesión, me sentí tranquila y esperanzada y, como ocurriera en otro tiempo con miss Hamilton, supe que mi futuro estaba en manos de Michel Valorge. Alabó mucho mi valentía y sinceridad, augurándome muy buenos resultados con la terapia que empezaríamos en breve. Ella me devolvería la personalidad que siempre tuve, la que me permitiría dejar de ser “una muñeca rota”. Yo, con la seguridad y la confianza que me inspiraba, creí firmemente que aquello era posible y le pedí empezar cuanto antes aquel camino, que ya sabía que era difícil, pero que me convertiría otra vez en una persona normal.

Empecé mi terapia y puedo asegurar que nada en la vida me había resultado tan duro. Aquella época de formación con miss Hamilton, que tan fuerte me pareció, era suave comparada con la lucha que mantenía minuto a minuto conmigo misma para no caer de nuevo en el oscuro pozo del alcohol. Supe además algo que me pareció terrible: siempre sería una enferma en permanente estado de convalecencia, pues la frontera entre un estado normal y la recaída era muy frágil. A pesar de todos los inconvenientes conseguí sacar a flote aquella fuerza de voluntad que me permitió lograr la gloria y, gracias a ella, volví a saborear la victoria. Tres meses de tratamiento intensivo fueron suficientes para conseguirlo. Como un recuerdo quedaron aquellos sudores nocturnos que empapaban mis sábanas, aquellos temblores, aquellas convulsiones incontroladas, aquellos sollozos que se oían en toda la casa, aquel rechinar de dientes apretando los puños hasta hacerme daño y aquellos monólogos tan intensos, tratando de valorar la diferencia entre mis dos vidas.

Recuperada mi salud y mi personalidad, fue más fácil el encuentro con la justicia. Mi problema con el alcohol fue una circunstancia eximente y mi lucha para recuperarme y el informe sobre mi conducta me permitieron salir absuelta en el juicio. Lo que me quedó como una lacra de aquella desgraciada etapa fue estar fichada por la policía. Terminado el tratamiento, ya no podía permanecer en el hospital, que tan cálido refugio había sido para mí. Salir de nuevo al mundo me asustó, pero Michel me brindó su ayuda, que acepté sin ningún escrúpulo porque sabía que era desinteresada y sincera. Tenía que trabajar, pero no quería volver a saber nada de la moda y su mundo. Michel me propuso entonces hacerlo en su “fundación” benéfica y me ofreció una habitación en su casa, porque ya me advertía que mi sueldo sería pequeño. Con gran entusiasmo y mucha gratitud empecé a vivir de nuevo. Tenía solo treinta y tres años. Había tiempo para remediar la parte negra de mi pasado.

Lo que Michel llamaba su “fundación” era un local de amplias dimensiones dividido en tres partes. Una se dedicaba a consulta médica, otra a guardería-escuela, que servía para recoger a los niños del barrio de madres trabajadoras y evitarles la soledad en casa o en la calle, la tercera parte era la sala de recepción-administración-reunión, de todo un poco. Dentro de su gran sencillez resultaba muy acogedora aquella “fundación” y sobre todo muy útil para aquel barrio de las afueras de la ciudad. El dinero que la mantenía era una pequeña subvención del Ayuntamiento y las aportaciones que de manera voluntaria hacían las familias que se beneficiaban de sus servicios. Pero el barrio era de gente muy humilde y las aportaciones escasas. El personal que trabajaba allí lo hacía como voluntariado, cuando podía. Por eso Michel tenía la idea de contratar a una persona que estuviera de manera permanente, y esa persona podía ser yo si el sueldo me parecía suficiente. No quise ni hablar de eso. Yo sería una voluntaria más, pero, como necesitaría comprar algunas cosas, decidimos hacer un fondo para este fin. Abandoné el hospital con una mezcla de pesar y alegría y con la promesa de volver a visitar a los amigos que allí dejaba. Llena de buenos proyectos me dirigí a mi nueva casa.

El apartamento de Michel era amplio, luminoso y alegre, sencillo en cuanto a la decoración, pero confortable y acogedor. Estaba situado en el mismo barrio que la “fundación”, pero en la zona más próxima al centro de la ciudad. Esto me produjo al principio cierta intranquilidad porque podía encontrar por allí algún antiguo amigo y no lo deseaba. Quería una nueva vida en todos los aspectos. Los padres de Michel tuvieron la amabilidad de venir a saludarme. Eran muy sencillos y agradables en su trato y de una exquisita educación que noté en los mil pequeños detalles que tuvieron conmigo. Ellos iban a la “fundación” siempre que podían y se alegraban de que yo pudiera estar allí todos los días y organizarla mejor porque, a pesar de la buena voluntad de todos, en ocasiones aquello era un desastre. Martine, así se llamaba la madre, me llevó a la habitación que me habían preparado. Me pareció perfecta. Me enseñó el resto de la casa y, después de darme una llave del apartamento, dijo a su marido que sería mejor dejarme sola para que pudiera instalarme con tranquilidad y se marcharon.

Cuando ellos se fueron, volví a recorrer la casa mientras murmuraba una pequeña oración de acción de gracias. La vida me daba otra oportunidad y estaba decidida a sacar el mayor provecho de ella. Coloqué mi equipaje y, cuando todo estuvo en orden, me dirigí a la cocina para preparar la comida. En ese momento llegó Michel que me mandó sentar en el salón. Otro día guisarás tú, hoy eres mi invitada, dijo. Al cabo de diez minutos me llamó y puso ante mi unas riquísimas viandas presentadas primorosamente. Mientras me hacía sentar, me decía con gesto orgulloso: es cosa de mamá. Fue una deliciosa comida. Mientras tomábamos café, diseñamos un nuevo plan para la organización de aquella pequeña gran obra que teníamos entre manos, y a las cuatro, hora de la consulta de Michel, entré por primera vez en la “fundación” en una lluviosa tarde de octubre: esperándole había ya diez pacientes. La guardería también estaba concurrida: una docena de niños y niñas leían cuentos en alta voz  dirigidos por una joven profesora, Eve.

Después de las presentaciones ocupé el puesto de Eve en la guardería, porque su  tiempo se había terminado. A lo largo de las cuatro horas que permanecí allí entraron y salieron un buen número de niños y personas mayores, pero en todo momento me sorprendió el orden con que lo hacían y la pulcritud y los buenos modales de aquellas personas, por otro lado tan humildes. Se notaba que apreciaban lo que se trabajaba por ellas y respetaban, mejor aún, querían a Michel. La guardería se abría a las ocho de la mañana y funcionaba de forma continuada hasta las ocho de la tarde. Las dos primeras horas las llevaba una psiquiatra, compañera de Michel. Yo hacía el turno de diez a dos y era sustituida por diferentes personas del voluntariado hasta las cuatro, hora en que volvía para quedarme allí hasta las ocho. Durante esas ocho horas hacía las cosas más diversas, ayudada por los voluntarios que venían cada día y que, por regla general, nunca eran los mismos, con lo que se producía un pequeño caos que había que arreglar.

Jamás pensé que tuviera tanta disposición como organizadora, pero los resultados de mi trabajo fueron visibles. En poco tiempo cada enfermo tuvo su ficha de seguimiento y de tratamiento, algo que Michel agradeció mucho por el control que suponía. Necesitábamos, eso sí, un voluntario de ayudante y, como no eran siempre los mismos, hicimos, unos cursillos de información para que todos estuvieran preparados y su trabajo resultara provechoso al máximo. La idea sirvió también para los que ayudaban con los niños. En poco tiempo aquellos voluntarios, universitarios la mayoría, estaban entusiasmados con el nuevo sistema, al que ellos  habían aportado sus ideas, pero que ahora tenía una línea uniforme de actuación. De esta forma el tiempo se duplicó y pudimos hacer nuevas actividades. Incluso los mayores, ayudados por los voluntarios, hacían los trabajos de clase y estudiaban sus lecciones, siendo con esto la “fundación” aun más útil.

Cada noche cuando cerraba la puerta de aquel local y, acompañada por Michel, daba un paseo o tomaba un café, mi pensamiento volaba al tiempo en el que, a esa hora más o menos, me arreglaba para una fiesta. Veía el vestido, las joyas, olía mi perfume, notaba sobre mis hombros desnudos la suavidad de mi capa de visón, la colección de zapatos aparecía ante mis ojos fascinándome, oía el claxon del coche que me llamaba y por último veía mi entrada espectacular en el elegante salón y la bandeja llena de copas que ponían ante mí. ¡Qué falso me parecía todo! Pero había sido mi vida durante mucho tiempo y tenía que recordarlo. Michel debía notar que me ocurría algo, porque presionaba mi brazo suavemente y me decía: ¿puedo compartir tus pensamientos? Los compartía y sentía una deliciosa paz y comprendía lo que era tener un buen amigo, algo que hasta conocerle no sabía lo que era. Él había dado sentido a mi vida con aquel trabajo, que ocupaba el tiempo y llenaba el alma, y con su amistad.

La convivencia era tan perfecta que alguna vez tuve la impresión de que estaba viviendo un sueño. Sin acuerdo previo, cada uno se adjudicó las tareas de la casa que tenía que hacer y cumplía escrupulosamente con ellas. El dinero, que podía haber sido un problema porque verdaderamente resultaba escaso, aprendimos a emplearlo tan bien que hasta podíamos permitirnos algún capricho. Claro que, en honor a la verdad, debo decir que nos aumentaron la subvención por considerar nuestra obra de interés social. Aprendí a comprar mi ropa en sitios económicos, recordando a miss Hamilton y su elegante sencillez. Sabía que sencillo y barato no tenían que ser sinónimos de feo, y debía de ir bien vestida porque hasta la madre de Michel, que era muy fina y distinguida, me preguntaba donde compraba la ropa, aunque sin duda haber recobrado mis medidas de modelo también haría algo. Todo lo dicho se podía resumir en tres palabras: era completamente feliz, tan feliz que me daba miedo pensar en el futuro, porque Michel tenía sus proyectos. ¿Qué sería entonces de mí?

No me atrevía a preguntarle. Esperaba que no se fuera lejos, esperaba no tener que prescindir de su cálida presencia, de sus acertados consejos profesionales cuando sentía deseos de tomar una copa, de aquel trabajo enriquecedor y gratificante. Pero el tiempo pasaba  y cada vez estaba más cerca ese día, deseado y temido por mí, en el que finalizaría la carrera. Me habría gustado saber qué pensaban sus padres de su proyecto, pero no me parecía oportuno hacer yo esa pregunta, aunque ellos en diferentes ocasiones me habían hablado de lo feliz que veían a Michel y de nuestro buen entendimiento, como con la idea de lo bien que verían una relación de pareja entre nosotros. Visto desde ese prisma tenía una opción razonable para preguntar  su opinión, pero nunca me atreví y preferí que fuera el tiempo quien me diera las respuestas y, entre tanto, disfrutar del  presente tan satisfactorio sin ir más allá con mi pensamiento.

CAPITULO V

La “fundación” seguía su ritmo mejorando día a día la vida de los ancianos y de los niños del barrio. Sobre todo ya no había, como en otro tiempo, chiquillos recorriendo las calles sin rumbo, porque sus padres estaban trabajando y ellos no tenían sitio en un colegio. Nosotros los acogíamos a todos y procurábamos hacer agradable su vida. Por  la mañana venían los niños entre dos y cinco años y por la tarde los que ya iban al colegio, pero terminaban su clase a las cuatro. La edad de este grupo iba desde los cinco a los doce años. Como ya dije, los de más edad hacían allí los deberes y los profesores estaban encantados con los progresos: todo gracias a los voluntarios. Además, con la ayuda de los padres que sabían hacerlo, la clase-guardería se dividió, mediante tabiques, en tres partes para que cada grupo tuviera su independencia. Hicieron también hamacas para que los más pequeños durmieran siempre que lo necesitaran. Fue maravillosa aquella colaboración, porque sirvió de punto de partida para que otros pintaran y las madres se ofrecieran para limpiar, con lo que nuestra obra fue de todos y se vio muy beneficiada.

Me sentía muy orgullosa de mi trabajo. Era muy halagador ver todo lo que había mejorado la “fundación”con mis iniciativas. Me sentía querida y valorada por  aquellos padres, que se iban tranquilos sabiendo que sus hijos estaban cuidados. Pero, a pesar de todo, sufría una continua inquietud, porque me parecía que aquello no iba a durar demasiado. Llegó a ser tan fuerte aquel sentimiento que todo el mundo lo notó y me preguntaba qué me pasaba, y lógicamente Michel el que más. Tanto me presionó que al fin le conté el motivo de mi inquietud. Cuando terminé de hablar dijo con mucha seriedad: siento mucho no haber tratado antes este tema. No lo hice porque siempre creí que tu vendrías conmigo como colaboradora fuera yo donde fuera. Tal vez he sido un creído, pero me parecía que sin mi ayuda te resultaría difícil seguir adelante.

Sentimientos de alegría y tristeza me invadieron al mismo tiempo, porque no estaba tan segura como él de querer ir a cualquier sitio, pero sí sabía con seguridad que él era imprescindible para mi estabilidad emocional, para mi vida. Michel supo, como ocurría siempre, lo que pensaba, lo que angustiaba en aquel momento mi corazón, y supo, como ocurría siempre también, decir las palabras que necesitaba oír para recobrar mi equilibrio y sentirme bien dispuesta para pensar positivamente en su proyecto. Anochecía. Paseábamos lentamente por la orilla del río. Michel me había tomado por los hombros en un gesto muy cálido, como con deseo de transmitirme su entusiasmo y su energía. Yo, así arropada, me sentí segura, me sentí capaz de cualquier cosa siempre que contara con su apoyo y su calor, y me di cuenta, como en una súbita revelación, del gran amor que aquel hombre me inspiraba. Sí, le seguiría a cualquier parte, lo acababa de descubrir.

Mientras yo quedaba deslumbrada por mi descubrimiento, él hablaba con voz suave pero firme de su proyecto. Pensaba ejercer su profesión en cualquier lugar de la India, en los barrios marginales de una gran ciudad: Calcuta era la que más llamaba su atención. Soñaba con hacer allí algo parecido a la “fundación”, algo que dignificara a los más necesitados en aquella gran ciudad de tan marcadas diferencias sociales. El proyecto era ambicioso y se necesitaba tiempo para poderlo realizar. En  primer lugar estaba el idioma. Hacían falta por lo menos dos años de estudio para dominar lo más elemental, otro tanto sucedía con las costumbres y el conocimiento del medio. Por eso esperó a terminar la carrera para poder prepararse a conciencia. Al oír que pasarían por lo menos dos años antes de tener que marchar, mi corazón latió con más calma. Tenía tiempo para tomar la decisión. ¿Qué haría mientras tanto con mis sentimientos recién descubiertos? No quería ni podía romper el perfecto equilibrio que dominaba nuestra convivencia. Tenía que estar muy segura de lo que sentía.

Cuando terminó de hablar, Michel soltó mis hombros, me colocó frente a él y mirándome fijamente dijo: quiero saber tu sincera opinión sobre lo que has oído y que me digas si estás dispuesta a colaborar conmigo. Su mirada era ansiosa. Supe que mi parecer contaba mucho para él. Me sentí halagada y conmovida. La respuesta fue un resuelto: sí, iré donde tú vayas, porque donde tú estás mi felicidad es completa. Tienes todo lo que necesito para que sea así. No hicieron falta mas palabras. Michel me contestó con un apasionado beso que fue como la  firma inmaterial en un contrato sin escribir. De esta forma tan inesperada nuestro amor salió a la luz colmándonos de felicidad a nosotros y a todos los que nos querían bien y llevaban mucho tiempo esperando este final feliz, que para ellos estaba muy claro.

Celebramos una sencilla boda tres meses después cuando Michel obtuvo su título, haciendo por ese motivo doble la celebración. Nuestros amigos de la “fundación” prepararon allí una estupenda fiesta y todos participaron de ella y de nuestra felicidad. Fue maravilloso. Los padres de Michel estaban muy emocionados. Habíamos tenido con ellos una larga conversación sobre nuestros proyectos para el futuro. Eran los únicos que los conocían Se habían sentido conmovidos por nuestra generosa entrega a los demás y un poco tristes porque ellos nos perdían, pero se comprometieron formalmente a mantener en marcha la “fundación” mientras tuvieran fuerzas para ello. Decidimos que los demás conocerían el proyecto cuando se fuera a realizar. Nos pareció lo mejor para poder seguir la vida con normalidad y así lo hicimos.

A partir de ese momento dedicábamos diariamente al menos dos horas a nuestra preparación. Era un trabajo agotador porque el resto del día la actividad seguía siendo la misma. Las horas de estudio las sacábamos quitándonoslas del sueño. Tuvimos muchos momentos de flaqueza, sobre todo yo. En más de una ocasión traté de convencer a Michel de que cometíamos un gran error abandonando una obra que cumplía los mismos objetivos que la que pensábamos emprender. Me parecía cometer una injusticia con nuestros actuales enfermos y alumnos. Dos veces abandonamos la nueva idea para dedicarnos con más energía a la “fundación” y dos veces volvimos a trabajar en ella acosados por los remordimientos, sintiendo que teníamos ya adquirido un compromiso ineludible con la India. Pero mi salud empezó a resentirse porque estaba esperando un niño. Nos parecía imposible, era algo que no habíamos previsto. Absorta nuestra mente en sublimes ideales, olvidamos las cosas más naturales de la vida.

Michel no asimiló la idea de ser padre, ni tenía en cuenta lo que a mí ser madre me afectaba física y mentalmente. Estaba empeñado en que siguiera adelante con mi trabajo a pesar de mi creciente fatiga y mis frecuentes desmayos. Llegó incluso a ser un poco duro e injusto conmigo, llegó a hacerme sentir culpable, más que eso, débil. Decía que me fijara en las mujeres del barrio: trabajaban hasta el último momento de su embarazo y volvían a hacerlo otra vez a los pocos días de nacer su hijo. Le miraba con ojos de sorpresa pensando que eso era lo que estaba haciendo yo, pero callaba lo que pensaba. Por primera vez desde que le conocí, y por primera vez también en todo ese tiempo, un sentimiento que quería ser rencoroso nació en mi corazón Traté de que no creciera y me propuse hablar sinceramente con él si hacía otro comentario de ese tipo. Y seguimos nuestro agotador ritmo de trabajo. Martine estaba muy preocupada  y muy en contra de que siguiera ocupándome de todo. Cada día se me veía peor y en  una semana me caí desmayada dos veces.  Me obligó a reposar varias horas durante el día. Michel aceptó de mala gana, y siempre que tenía ocasión mostraba su desacuerdo, con lo que aumentaba mi malestar interior.

CAPÍTULO VI 

La maternidad había dado a mi vida una nueva dimensión, un nuevo sentido, algo que no parecía sucederle a Michel. Me parecía imposible, porque el hijo era algo que nos pertenecía a los dos, era nuestra obra más intima y personal, era una parte de nosotros. Y si éramos capaces de amar, de luchar y dejar la vida, de cambiar el modo de vivirla por los hijos de otros, ¿cómo podía dejarle insensible el hijo propio? Me atormentaba la idea de esa falta de amor hacia él que, en el fondo, me parecía era falta de amor hacia mí y, sobre todo, me preocupaba la separación que estaba causando en nosotros no tener el mismo sentimiento. Ya no lo compartíamos todo. Aquella vida que yo notaba latir con brío dentro de mí había sido la causa, sin saberlo, de desencantos, de desencuentros y, para ser completamente sincera, de resentimientos. Intenté superar la nueva situación  poniendo toda mi voluntad en ello. Si era preciso, lucharía yo sola por el hijo de los dos, pero no le faltaría el amor y la dedicación que fueran necesarios.

Había pasado un año desde aquella romántica noche a orillas del río en la que decidimos unir nuestras vidas para siempre, cuando nació Mónica, una preciosa niña llena de fuerza, rebosante de vitalidad. Sentir el contacto de su piel y su calor junto a mi piel fue una sensación única que tuvo la virtud de borrar todas las malas sensaciones tenidas anteriormente. Ella solo podía hacer sentir amor, amor que rezumaba mi cuerpo por todas partes llenándome de paz. Todo el mundo estaba encantado con nuestra hija. Su padre creo que también, aunque no lo exteriorizara demasiado, porque más de una vez le encontré haciendo muecas para hacerla reír,  la bañaba y le daba la comida, pero todo muy en privado, casi diría que estando él solo hasta mi presencia en esos momentos le resultaba molesta. No podía entenderlo y me dolía, pero prefería ese trato antes que ninguno. Me repuse pronto del parto y volví a mi trabajo con renovada ilusión. Mi hija venía conmigo y se quedaba en la guardería como los demás niños, menos el tiempo que sus abuelos la llevaban a tomar el sol . Todo parecía estar otra vez en orden.

Michel me propuso  hacer un viaje a Calcuta durante el verano: quería por supuesto llevar a la niña también. La idea era ver cómo nos adaptábamos al clima. Serían solo quince días. Me habló con tono suave y convincente, pero no me convenció la idea de hacerlo con ella. Se lo dije claramente, pero él argumentaba que sería necesario saber su grado de adaptación puesto que iba a vivir allí. De muy mala gana acepté. Todas las personas que se enteraron del viaje, sus padres incluidos, opinaban que era una locura. Michel no cejó en su empeño y el quince de julio emprendíamos el viaje los tres. La ciudad de Calcuta tuve la impresión de verla como de refilón, no me enteré de nada Era enorme y se advertía una importante superpoblación con clases sociales muy diferentes.  La clase alta lo era, yo diría en exceso, y la clase baja alcanzaba un grado de pobreza inconcebible. A Michel la ciudad no le interesaba: es una más, decía. Él solo quería conocer lo mejor posible la zona donde íbamos a trabajar y las ayudas con las que podíamos contar. Fue deprimente: ninguna ayuda económica. Nos cedían un terreno rodeado de pantanos, de donde salían constantemente nubes de mosquitos. Tratamos de conseguir que hicieran la zona salubre y nos contestaron que eso siempre había sido así,  es decir, que no pensaban hacer nada para mejorar el sitio.

El clima, por otro lado, era insoportable por la tremenda humedad. Ninguno de los tres lo resistíamos. A los cinco días de estar allí tuvimos unas  fiebres, muy típicas de la zona, con bruscas subidas y bajadas de temperatura que duraron siete días y nos dejaron agotados. La niña fue la mas afectada porque se deshidrató y hubo que internarla en uno de aquellos tétricos hospitales con tan pocos medios y tan poca higiene. Cuando tuvimos que dejarla sola allí, fue la primera vez que Michel exteriorizó sus sentimientos de padre y su ternura. Tan afectado estaba que hizo uso de sus derechos como médico para que nos dieran un trato especial y poder estar con ella todo el tiempo. Me sentí otra vez segura y protegida, porque supe por ese gesto que Michel había recuperado su modo de ser tierno y delicado y que fue su hija quien lo consiguió. La niña estuvo en el hospital tres días, se recuperó bien y su padre comentó que verla sonreír otra vez era lo mejor que le había pasado en mucho tiempo. Al oír esa bonita frase yo sonreí también.

Volvimos a París desilusionados y debilitados por aquellas fiebres agotadoras, que se repitieron dos veces más. Con pena decidimos abandonar el proyecto, que alteraba de aquel modo nuestra salud. Trabajar en esas condiciones era un suicidio, opinaba yo; y someter a nuestra hija a semejante prueba, algo que no iba a consentir. Michel, no obstante, seguía estudiando la manera de luchar contra las fiebres y, como buen científico, inició la investigación. Eso me hacía pensar que, a pesar de los obstáculos, no abandonaba la idea de su “fundación” en la India, lo que me producía verdadera angustia, porque yo, con lo que había visto, no estaba dispuesta a volver allí. Sus padres, que conocían bien el tesón de Michel, sospecharon, como yo, que para él no había terminado el proyecto, y aplaudían mi decisión de no seguirle si decidía ponerlo en marcha. Lo menos que se le puede ofrecer a una criatura, decían, es un sitio salubre para vivir. De momento decidimos no hacerle ninguna pregunta sobre el tema, que fuera él quien hablara, si es que tenía algo que decir.

Y pasó un año durante el cual Michel no dejo de estudiar e investigar. Lo hizo hasta llegar en ocasiones al agotamiento. Aquel empeño por encontrar una vacuna contra la “fiebre del pantano”, como la llamábamos nosotros, se convirtió en una obsesión. Pasaba fines de semana completos en el laboratorio del hospital, olvidándose hasta de comer. Dormía cuatro, cinco horas como máximo, porque sus obligaciones en la “fundación” las cumplió siempre con exactitud. Lo que olvidó fue que tenía una hija y una mujer que le echaban de menos, que necesitaban su apoyo. Yo procuraba tener muchas ocupaciones para llenar de alguna manera mi vacío interior, y ocupaciones tenía muchas, pero el vacío era mucho también, tanto que en más de una ocasión pasó por mi cabeza la idea de tomar una copa para evadirme, para olvidar mi soledad. Luché cuanto pude contra esa idea, pero un sábado, después de llevar toda la semana sin ver a Michel, totalmente desilusionada, compré una botella de ginebra y la subí al apartamento dispuesta a beber.

Preparé una comida especial pensando que, como era sábado, tal vez él vendría a comer a casa. Quería darme todas las oportunidades para no recaer en la antigua adicción. Acosté a Mónica a dormir su siesta y me senté en el salón a esperar. Dieron las cuatro. El sonido del reloj fue como un aviso para que me diera cuenta de que estaba sola, de que Michel, aquel hombre que me conquistó por su extraordinaria sensibilidad, se había convertido en un robot. Su corazón había dejado de tener sentimientos, actuaba mecánicamente, había perdido el sentido de la relación con las personas. Su vida, la que verdaderamente vivía, era la del laboratorio; y sus acompañantes preferidos, los tubos de ensayo, los ácidos, los reactivos y las reacciones. Y lo más terrible era que él pensaba que estaba trabajando para salvar vidas, sin ver como destruía las nuestras. Estaba, por otro lado, dominado por un exceso de amor propio. Había muchas personas pendientes de su investigación. Tenía que triunfar costase lo que costase y triunfaría, pero ¿a qué precio?

Fui a tomar algo porque me notaba desfallecida. La idea de beber una copa seguía presente en mi pensamiento, empezaba a obsesionarme. Podía tomar una copa, solo una para relajar la tremenda tensión, luego podía incluso tirar el resto. Una voz interior me decía que no lo hiciera. Sin pensarlo más, tomé la copa y la botella,  las dejé sobre la mesa y me senté. Necesitaba una justificación para empezar a beber, y me dije a mí misma: nadie se va a enterar si bebo, nadie soporta conmigo las terribles soledades. Quien es lo más importante en mi vida me cambia por un frío laboratorio. Soy dueña de mi vida y no tengo que dar explicaciones de mis actos a nadie. En ese momento, como para dar solución a mi dilema, Mónica me llamó. Su voz llegó a mi como un mensaje que me decía: yo te necesito, yo te acompaño, yo no te cambio por nada, tú eres mi mamá. Contesté a su llamada y, antes de ir a su encuentro, guardé la copa y tiré la bebida. No era dueña de mi vida, tenía una hija, que en aquel duro momento fue mi salvación. Cuando llegué a su cuna me llenó de besos y abrazos. Parecía haber entendido mi necesidad de amor y caricias.

Luché con toda mi alma contra la idea de llenar mi soledad con el alcohol. Volví, sin decir nada a Michel, a unas sesiones de terapia en el hospital y deposité en mi hija todo mi amor y mi ternura. Olvidé así mi desafortunada idea, aunque tal vez fuera porque, poco a poco, estaba olvidando también a Michel. Le veía solamente algún momento en la “fundación” porque, para aprovechar más el tiempo, dormía y vivía en el hospital, hasta su ropa la llevó allí. Perdimos totalmente la relación. No conocía tampoco sus hallazgos o sus fracasos. A veces, por lo inexistente, llegué a pensar que había sido un sueño en mi vida. Y por fin llegó la noticia. El éxito había coronado su obra. Me alegré como lo hubiera hecho ante cualquier avance científico, pero sin valorar a la persona que lo había conseguido. Fui incapaz de felicitarle con calor. Lo notó y me lo dijo. Le contesté sin enfado pero con frialdad: la ciencia ha ganado mucho no cabe duda, tanto como he perdido yo.

La primera noche que pasó en casa después de su triunfo fue muy violenta. Yo me había acostumbrado a la soledad y me había costado tanto que volver a compartir me resultaba duro. Fui correcta pero nada más. Michel comentó que estaba rendido y se acostó. Mañana hablaremos: tenemos muchos problemas que solucionar. Yo asentí, pero creo que con distinta intención. Debía de estar agotado, pues durmió sin interrupción toda la noche y todo el día siguiente. Cuando Mónica y yo regresamos a casa al anochecer, nos llevamos una agradable sorpresa. Todo estaba perfectamente ordenado. Michel, recién aseado, leía una revista en el salón con aspecto relajado y de la cocina salía un delicioso olor a comida casera. Mónica corrió a ver a su papá y suavizó con sus ocurrencias la tensión que flotaba en el ambiente. Cuando ella estuvo acostada y todo en orden, nos sentamos en el salón, como en otro tiempo, para hacer un rato de tertulia.

Michel empezó a hablar. Lo primero que hizo fue pedirme perdón por el abandono. Sabía lo que me había afectado por la frialdad de mi actitud y lo sentía mucho. El trabajo de investigación es así, me decía, o le dedicas todo el tiempo o no consigues ningún resultado, pero ya se acabó, y podemos volver a nuestra vida normal. Es mi mayor deseo. También es lo que yo más deseo, le contesté, pero creo que no será posible si antes no hablo con sinceridad sobre muchas de tus actitudes que me han herido y he callado, pero que poco a poco me han alejado de ti. Me animó a que hablara y yo lo hice. Me desprendí de todo lo que desde mi embarazo me estaba haciendo daño. No callé nada, ni siquiera mi tentación de volver a beber. Terminé llorando en su hombro consolada por sus dulces palabras y con la creencia de que la mala época había pasado y volveríamos a ser felices. Aquel día Michel fue otra vez el de antes tierno y amable. No obstante, yo no dejaba de preguntarme qué iba a pasar con su descubrimiento. ¿Estaría pensando en llevarlo a la India o no?

Siguió un mes de auténtica vida de familia. Estábamos relajados. Los fines de semana íbamos de excursión e incluso tomamos unos días de vacaciones para ir a la playa. Mónica estaba sorprendida y loca de contenta. Su alegría era contagiosa. Nos hizo jugar con la pelota, saltar olas y perseguir gaviotas hasta caer en la arena agotados Yo, allí tendida, cerraba los ojos y murmuraba una oración de acción de gracias por aquellos maravillosos momentos y pedía que Michel olvidara la idea de ir a la India, que siempre sería un motivo de desencuentro entre nosotros. Volvimos felices a París, iniciamos un nuevo curso en la “fundación” y celebramos el segundo cumpleaños de Mónica. Fue precisamente ese día cuando un compañero del hospital sacó el tema de la vacuna y preguntó a Michel cuándo iba a probar sus efectos. Michel dijo que había mandado un protocolo al gobierno francés con los resultados de su investigación, porque creía que podía ser interesante que fuera él quien pusiera en marcha el proyecto, pero no le habían contestado aún. Empecé a preocuparme:  la idea seguía en pie.

El  Ministerio de Sanidad contestó al cabo de dos meses. Primero fue una carta de felicitación al científico autor del descubrimiento, más tarde otra para concertar una audiencia con el ministro y luego otra promoviendo una campaña de vacunación para hacer el ensayo de la nueva vacuna contra la “fiebre del pantano” en la India, claro. Michel estaba radiante y yo, de momento, participé de su alegría. Poner en marcha la campaña de vacunación no significaba quedarse allí. Tenía que esperar y ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Con el patrocinio de la sanidad francesa se puso en marcha el proyecto. Michel, como es natural, fue nombrado director del mismo y, al frente de un equipo de tres médicos y tres enfermeras, marchó a Calcuta. El Ministerio financiaba los gastos de un mes y la vacuna necesaria para la población de la zona de los pantanos, nada más. Aquello me tranquilizó, porque sin ayuda económica no se podía hacer nada y de momento solo la había para un mes.

Las personas que formaban el equipo las eligió Michel entre las que sabía interesadas en obras sociales. Me pareció que las enfermeras eran demasiado jóvenes, pero habían trabajado en países asiáticos en varias ocasiones ya. Pensaban que la vacunación, según el número de habitantes, se podía realizar en dos días, pero había que hacer un reconocimiento previo y luego un seguimiento de las reacciones a la vacuna, además del  tratamiento de otras posibles enfermedades. El mes venía justo para todo, pero se arreglarían. Le vi marchar con un sentimiento inexplicable de angustia, como si nunca más le fuera a ver. Me refugié en el trabajo y traté de no pensar. Mónica, por otro lado, era una distracción y una ocupación continua y con sus gracias y sus preguntas no quedaba tiempo para aburrirse.

El correo funcionaba mal allí, pues pasaron quince días antes de recibir la primera carta que contaba el viaje y la llegada. Todo había ido bien y sin nada digno de mención. La segunda carta llegó al mes de su marcha. Rezumaba optimismo en cuanto a los resultados de la vacunación, que eran mucho más efectivos de lo que había previsto, y me daba una noticia que empezó a preocuparme: había establecido contactos más directos con los responsables sanitarios de la ciudad para obtener más ayudas. Se interesaron mucho cuando vieron los resultados de la vacuna y decidieron aplicarla a los habitantes de otra región más del interior, igualmente pantanosa y muy castigada por la fiebre. Aquella nueva campaña duraría unos tres meses, pero es, me decía, una ocasión única para ayudar a estas pobres gentes y no la pienso desaprovechar. Hablaba con entusiasmo del equipo, totalmente entregado al servicio de los más necesitados y sin ninguna atadura que les impidiera hacerlo.

Me dejó completamente descorazonada la carta por dos motivos: por la certeza de que duraría largo tiempo su ausencia y porque en ningún momento Michel hacía un comentario sobre nosotros. Volvíamos a ser inexistentes ante su obra. Hablé del tema con sus padres. Eran las únicas personas con las que podía expresar mis sentimientos con sinceridad. Quedaron como yo descorazonados. No entendían para qué había formado una familia. Él era un apóstol. Estaba bien ayudar a los demás, y en eso siempre tuvo la colaboración de todos, pero para lo que ahora pretendía hacer  no se podían tener ataduras y él las tenía. ¿Cómo no contaba con ellas? Decidimos esperar. No teníamos más remedio. Con gran habilidad todos los fines de semana sus padres organizaban algo para pasar un tiempo juntos y aliviar en lo posible mi soledad. Se unía a nosotros con frecuencia Lucile, la hermana de Michel, con su marido y sus hijos, que eran una compañía estupenda para Mónica.

Las noticias que recibíamos eran cada día más escasas. El trabajo era agotador por la humedad del clima y las ínfimas condiciones en que lo realizaban, y todavía no estaban en la peor zona. Se alegraba de que no estuviéramos allí pasándolo mal. Eso y poco más decía: las cartas eran como partes médicos, no había una expresión cariñosa por ningún lado. Y pasaron los tres meses previstos, pero no vino. Recibí en su lugar una nota de un compañero. Me comunicaba, en nombre de Michel, que iba de avanzadilla con otro médico y una enfermera a la zona más pantanosa. Había pocos habitantes, pero él no se iba sin vacunarlos por muy peligrosa que fuera la misión. Creció mi malestar. Aquel anuncio de peligro lo percibí como que algo realmente malo iba a suceder. La siguiente carta tardó tres meses en llegar. La letra del sobre era de Michel. Lo abrí con ansiedad y tuve que sentarme para no caer por lo que estaba leyendo, que decía  así:

Perdóname. Si llegas a leer esta carta, eso querrá decir que hace tiempo ya que dejé de pertenecer al mundo de los vivos. Me he contagiado de una variedad de la fiebre para la que la vacuna no es efectiva. Fui un soberbio. Mis colegas me advirtieron de que, según las observaciones que habían realizado, eso era así, pero no hice caso a sus sensatas palabras. Me creí omnipotente, más  aún, me creí el ángel salvador y arriesgué mi vida inútilmente. Perdóname por ser un egoísta, por pensar más en la realización de mis proyectos que en las personas que dependían de mí. En mis largas noches de dolor e insomnio he meditado mucho sobre eso y he llegado a la conclusión de que me movía tanto la caridad como comprobar lo efectivo de mi descubrimiento. Perdóname porque te elegí, aprovechándome de tus circunstancias, para ser mi colaboradora, pero no mi mujer, aunque en ocasiones lo pareciera. De ahí que no te apreciara cuando actuabas como tal. También eso lo he descubierto ahora y estoy horrorizado por mi frialdad, por mi capacidad para actuar haciendo un papel que nada tenía que ver con lo que  pensaba y sentía. Perdóname por haber condicionado tu vida  y que me perdone mi hija por no haber sabido ser un padre. Para completar tu sacrificio quiero pedirte dos cosas: sigue adelante con la “fundación” que, tal como hoy está,  es obra tuya, y nunca más vuelvas a pensar en lo que te hizo ser una “muñeca rota”. Hazlo así para que pueda, desde el más allá, sentirme redimido y perdonado. Adiós.

Así, con la misma frialdad que había actuado en ocasiones, me comunicó su muerte. Quedé destrozada y todos los que habían formado parte de nuestra vida, también. En su recuerdo permanece como un mártir: de alguna manera dio su vida por salvar la de otros; en el mío, no. Quedó como el héroe mediocre que aparenta unas bellas cualidades que no posee en realidad. No obstante decidí, desde el momento en que leí su carta, cumplir su petición. No, no volvería a ser “una muñeca rota”. Iba a concederle un mérito. Sería una heroína anónima, que de alguna manera el forjó, porque fue capaz de sacar del fondo de mi alma grandezas que nunca supe que poseía y fue capaz de que yo las pusiera  al servicio de los demás. Por esa razón  seguiré adelante con la fundación hasta el fin de mis días, Michel Valorge.

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