Por entregas: La casa encantada

CAPÍTULO I

La  vi por primera vez un suave atardecer del mes de mayo cuando realizaba el trayecto Madrid-Alicante. Estaba allí, a la orilla de la carretera, en las afueras de una población llamada Sax. Me cautivó. El coche corría veloz y no pude apreciar ningún detalle que me permitiera decir por qué me gustaba: fue su conjunto. Me pareció mágica, me pareció encantada y, poco a poco, en cada uno de los muchos viajes que he realizado pasando por ese lugar, fui conociendo mejor su físico, y mi loca imaginación fue hilando historias de ella, que nada tienen que ver con la realidad, creo yo, porque no he tenido medios para conocerla, quizá la moderna tecnología me lo permita algún día.

Tras su descubrimiento, los viajes por esa carretera tenían para mí un singular interés. Recuerdo que, al principio, no la situé bien en el espacio, creí que estaba en Villena y, buscándola en esta población, cuando quería darme cuenta, la pasaba de largo. Esto me producía gran desazón porque tendría que transcurrir bastante tiempo para que pudiera verla de cerca, pues en los viajes de vuelta a Madrid la casa quedaba alejada de la carretera. Tal vez fuera esa la razón por la que empecé a fantasear sin tener ningún conocimiento real sobre sus orígenes, sus habitantes y su historia.

Lo primero que imaginé fue que había sido la casa de un indiano, uno de esos hombres que marcha a otras tierras para hacerse rico y vuelve luego dispuesto a hacer el bien entre los suyos. Pensé eso porque la casa me recordaba por su forma a una de Perú de la época colonial, la mejor para los indianos, que yo había visto en un libro de historia, y sobre esa frágil base monté mi fantasía acerca del indiano Juan de Dios. Este hombre salió de su pueblo cuando tenía veinte años, marchó a Argentina, la rica tierra donde era fácil ganar “la plata”, dejó en su pueblo una familia muy pobre y un amor. El amor era una joven, la más bella del lugar. Tenía su misma edad y le había jurado amarle toda su vida. Con esa ilusión y ese acicate marchó en busca de la fortuna. Pasaron diez largos años hasta que pudo volver rico y poderoso, pero lo consiguió, y era todavía joven y estaba enamorado. El mundo entero se rendía ante él.

Cuando llega a su pueblo todos salen a recibirle y le agasajan como a un héroe, pero alguien falta allí, alguien que ha sido en sus años de lucha la estrella que le ha guiado, falta su amor. Con la angustia haciéndose dueña de su ánimo y de su corazón pregunta por ella. Todos bajan la cabeza con aire triste. Insiste Juan de Dios y, por fin, una mujer, su madre, se atreve a darle la fatal noticia: ha muerto. Murió hace diez días. Unas fiebres desconocidas y para las que no se tenía el remedio se la llevaron. Juan de Dios siente que se le va la vida a él también, que su vida deja de tener sentido, pero es fuerte y el sufrimiento es un viejo compañero bien conocido. Lo recibe una vez más, pero no se deja vencer por él y, al día siguiente, sin esperar más,  empieza a realizar sus proyectos.

Da a cada vecino del pueblo el dinero suficiente para que remoce la casa y mejore su hacienda, hace que todos trabajen con ilusión y energía. Él, mientras tanto, manda construir una casa, la casa que con su amor tantas veces había soñado. La hace donde ella quería, como ella quería. La amuebla y la decora como tantas veces ella le había explicado y, cuando está terminada, tal y como ella deseaba, pone en la puerta una frase: CASA DEL AMOR DE JUAN DE DIOS. La cierra con una llave, que guarda en su bolsillo con sumo cuidado, prepara su equipaje y marcha para siempre de aquel lugar. Y allí queda la casa solitaria, habitada solo por el fantasma de la mujer que inspiró su construcción y el fantasma del amor.

Me gusta mucho esa historia por lo romántica, pero la encuentro un poco incompleta, pues no hablo de la época en la que tiene lugar, por ejemplo, aunque realmente describe una situación que ha podido darse en cualquier tiempo, porque salir de su tierra en busca de una vida mejor es algo que ha ocurrido desde que el hombre habitó por primera vez el planeta hasta nuestros días, por lo que doy el visto bueno a mi fantasía y dejo volar mi imaginación en busca de otras mejores.

En unos de mis viajes el tráfico, tranquilo por casualidad, me permitió pasar lentamente junto a la casa y ver lo que había tras ella. Eran unas cuantas casas bajas, al parecer, deshabitadas. No daban la impresión de ser restos de un pueblo, parecían más bien las casas de las personas al servicio del gran señor, dueño de aquellas tierras y de la casa, para mí “encantada”, y con esa idea urdí otra fantástica historia. Sucede en los primeros años del siglo veinte. La casa está habitada entonces por el último descendiente de una importante y poderosa familia de gran prestigio, ya que muchos de sus miembros habían participado en las más brillantes hazañas de los ejércitos españoles. El actual representante de tan honrosa familia es, por el contrario, un hombre sin ningún mérito personal, que vive de las rentas y del nombre de sus antepasados. Es además colérico y mezquino y muy dado al abuso de su poder, humillando con frecuencia a sus servidores, que le obedecen con sumisión, pero le odian.

Su familia sufre también por su mal carácter, y sus miembros más jóvenes tratan por todos los medios de vivir alejados de él. La componen en este momento una esposa desgraciada, pero resignada, porque no ve otra salida para su vida, tres hijos varones inquietos y decididos a marchar de su lado y una hija dulce, sumisa y bella que, como su madre, se somete a los deseos del padre y cumple perfectamente con el papel de la mujer de su tiempo, pero que es además romántica y soñadora, por lo que se siente desgraciada con la idea de tener que hacer un matrimonio por interés. Ella espera y sueña con un amor, que ya tiene, cuando menos, un nombre: Rafael.

Rafael es su hermano de leche. Su querida chacha María los crió a los dos al mismo tiempo. Juntos crecieron y jugaron bajo la vigilancia amorosa de María que no puede impedir aquella perfecta armonía que siempre tuvieron, aquella compenetración, aquel gusto por las mismas cosas, que fue creciendo con ellos de tal forma que eran insustituibles el uno para el otro. Al cumplir los doce años, el desalmado padre piensa que ya está bien de juegos y separa a los niños, que utilizan a todas las personas que están a su favor primero para seguir jugando, y más tarde para empezar a quererse. María observa el cambio y siente una gran inquietud. Ese amor es tan imposible como grande. Tiene que existir la manera de separarlos sin herirlos demasiado. Al cumplir los jóvenes dieciocho años, María toma una dolorosa decisión: convence a su hijo para que se aliste en el ejército como el medio mejor de hacerse un porvenir. Rafael queda anonadado ante el hecho de tener que dejar de ver a su amor, pero comprende que su madre tiene razón. Necesita tener algo digno que ofrecer a su amada. De ese modo la convence también a ella y marcha decidido a triunfar.

Los proyectos del padre son otros. Están prácticamente arruinados, y un matrimonio de su hija con alguien conveniente podría ser la salvación, y así, de una forma tan poco delicada, se lo hace saber a la joven, que rápidamente comunica a Rafael la situación en que se encuentran. La boda ha quedado fijada para dentro de seis meses. El joven le pide paciencia. Él, de momento, está sujeto a unas normas que no puede dejar de cumplir. El ejército es algo muy serio, no puede desertar. Y van pasando los días y los meses sin que la ansiada solución llegue.

Y conoce al que ha de ser su marido. Es un hombre de la edad de su padre más o menos. No lo puede soportar. Sin decírselo a nadie, coge lo más imprescindible y sus ahorros y se va de la casa dispuesta a llegar a Madrid, donde está Rafael. El padre, al saber lo ocurrido, sale con un grupo de hombres en su busca. No se me ocurre por qué pero van armados. A la incierta luz del amanecer uno de ellos dispara sobre lo que cree es un jabalí. El disparo coge de lleno a nuestra heroína, que se escondía entre los matorrales, y que tras corta agonía muere.

La desolación y la pena se adueñan de la familia y de todos los que conocieron a la joven. Los padres venden la casa y viven humildemente en Albacete, dejando a los criados el disfrute de las suyas y el trabajo en las tierras. El amo al fin había sido generoso, decían. Rafael, desesperado, se alista voluntario para ir a la guerra. Participa en la contienda de África, dando ejemplo de valor y disciplina, y muere en aquel continente, de donde nunca volvió. Me ha salido un tanto truculenta mi historia fantástica, pero la acepto porque es mía y además me parece verosímil. No lo es tanto el sueño que estas dos historias me inspiraron.

CAPÍTULO II

Sucede en una clara noche de verano, noche de luna llena, noche de extraños sucesos, de perros locos que aúllan a la luna. Volando ligera como una pluma, llego hasta la casa. Todo a su alrededor está oscuro y silencioso, allí no vive nadie, hace tiempo ya que huyó de ella la vida. Mi corazón, impaciente, acelerado, me avisa de que va a suceder algo extraordinario y así es. Se encienden las luces. Me asomo curiosa a las ventanas y veo dos fantasmas que se saludan cariñosos con estas palabras: ¿Qué tal, amiga mía, damos una vuelta a ver como está la casa? Y cogidas de la mano las dos sombras van y vienen, suben y bajan, al fin se detienen. Todo está como siempre. El fantasma del amor de ello se encarga para que aquellas dos sombras de las jóvenes enamoradas, cuando vengan a ver la casa, no la encuentren cambiada. Se apagan las luces. Noto sobre mi cara dos suaves roces y veo dos sombras que suben hacia la luna clara. Me sorprendo diciendo en voz alta: ya la bauticé yo como la casa encantada, está encantada.

 En mi último viaje, hacía tres años que no recorría ese camino, encontré la casa muy deteriorada. Parecía que no pertenecía a nadie, y pensé que era una buena inspiración para una fantasía, donde los protagonistas fueran gentes que vivían errantes. Dudé entre los gitanos y los ocupas, finalmente me incliné por los últimos. El grupo que elegí se componía de ocho miembros. Todos eran húngaros, y eso quería decir que no tenían sitio fijo para vivir y que su alma era de artista. Formaban un afinado coro que recorría pueblos y ciudades cantando los aires de su tierra. Estuvieron cuatro días en la casa, que llenaron de alegría con sus canciones y su desenfadado modo de vivir. Oyendo sus comentarios me enteré un poco de cómo era su interior. Tenía tres pisos. El piso bajo estaba ocupado por varios salones y un amplio recibidor: era  donde se celebraban las fiestas y se recibían visitas. El segundo era la vivienda de la familia: allí estaban los dormitorios, el comedor y una acogedora salita de estar. En el último piso había desvanes y trasteros.

En uno de esos desvanes se encuentran las tres mujeres del grupo. Han estado curioseando la casa y terminan allí porque están intentando renovar su vestuario para las representaciones, y saben que en estos sitios siempre se encuentran cosas bonitas. Me admira la facilidad con que se adueñan de lo ajeno. Como si hubieran oído mi pensamiento, una de ellas pregunta: ¿no es esto robar? No, contestan a coro sus compañeras, esto está abandonado, lleva años aquí sin que nadie lo utilice y yo lo necesito, no lo cojo por capricho, es para mi trabajo, para poder vivir, y sin dar más explicaciones abren los baúles, que efectivamente están llenos de ropa. Sacan uno por uno los vestidos, las capas, los abrigos, los sombreros y cantidad de adornos que allí se guardan. Todo está como si lo acabaran de hacer. Parece que para ellos no hubiese pasado el tiempo: ni una mota de polvo, ni un descosido, ni una arruga. Aquello es sorprendente. Las tres jóvenes se miran desconcertadas.

Ninguna se atreve a ponerse aquella ropa. Al fin una de ellas vuelve a colocar con sumo cuidado cada traje y cada adorno en su sitio y dice con voz muy suave: dejemos estas cosas donde están porque no se puede usar lo que todavía tiene dueño. Las tres salen del desván sigilosamente como si temieran que las viera alguien. La más joven de las tres pregunta quién es el propietario, porque ni la gente más vieja del pueblo había conocido aquella casa habitada. Su compañera le explica que ha sentido que alguna de las que había sido dueña de la casa todavía estaba allí, estaba su espíritu. Había notado como, cada vez que pensaba coger un vestido, una voz muy suave, muy joven le decía: ese no, coge otro. Se había repetido tres veces aquella situación, y ella sabía que la existencia de los espíritus en los sitios donde habitaron sus cuerpos era algo real. Miran las tres furtivamente a su alrededor y van al encuentro de sus compañeros.

Cuando les cuentan su experiencia quedan tan impresionados como ellas, y más todavía cuando uno de los muchachos dice que él también ha sentido esa presencia. Había colocado los muebles de la habitación donde dormía de otra manera y una voz joven y suave le había dicho: Cuando te vayas, deja los muebles como estaban antes. Se sienten cohibidos. Ellos ocupan lo que está vacío y esta casa es, con toda seguridad, posesión de los espíritus. Se deciden en el momento, se van. Han estado allí cuatro días y no quieren abusar de su hospitalidad. Hacen su equipaje y todos juntos recorren la casa, colocando cada cosa en su lugar. Al salir, se vuelven y dicen adiós a esa presencia invisible que les dice en un susurro: buen viaje.

Y la casa vuelve a quedar allí, junto a la carretera, callada, sin vida, encantada.

Me está ayudando mucho en la narración de mis fantasías la presencia de esos amables espíritus, pero creo que debo hacer algo más serio. Se me ocurre una fantasía en un período de guerra, por ejemplo, durante la Guerra de la Independencia, en los comienzos del siglo diecinueve. La guerra se inicia en Madrid, pero pronto se extiende por España entera. La casa está habitada entonces por un joven y valiente general. Su familia la forman su esposa y tres niños de corta edad. Esta guerra contra los franceses, que poseen un poderoso ejército, los españoles, que tienen un ejército inferior, la ganan a base de valor e ingenio. Es el momento de la guerra de guerrillas y de las heroicidades personales.

El general que habita ahora mi casa encantada será el protagonista de alguna hazaña memorable. Pertenece a un regimiento que tiene su base en Alicante, pero el inicio del conflicto le sorprende en su casa y sin posibilidad de acceder a un medio de transporte que le lleve allí: todos están tomados por los franceses. Conoce, a través de las noticias que unos y otros traen y llevan, sus intenciones de hacerse dueños de España y decide que, si no puede participar en la guerra con el ejército, hará su guerra personal para defender a la patria. La cercana población de Sax tiene un hermoso castillo situado en un lugar escarpado de difícil acceso. Ese será el lugar de la emboscada que tenderá a los franceses.

Su primera tarea será reunir a todos los hombres útiles que queden en el lugar, explicarles su idea y realizar todas las prácticas posibles. Hombres que puedan participar solo hay veinte, pero se entusiasman rápidamente con la idea del general de hacer daño al ejército francés y tienen la ventaja de conocer el terreno a la perfección, hasta hay mujeres que se ofrecen a participar. Por ese motivo, porque hay que aparentar que son un gran ejército, el general las admite. El siguiente problema son las armas, de fuego no tienen ninguna, pero saben manejar la “honda” con destreza. Hacen falta piedras para eso y todo el pueblo participa llevándolas al castillo en gran cantidad. Esas serán sus armas.

Mas el general tiene una ingeniosa idea: ¿no sería posible que alguien hiciese petardos? Estamos en la tierra que celebra con ellos sus fiestas, ¿no? y claro que saben hacer petardos y hasta una traca. Se trabaja con entusiasmo y con prisa pues el enemigo avanza. El general decide que todo el pueblo se refugie en el castillo. Allí se lleva todo lo necesario para poder vivir por un tiempo. Es tan rápido el ritmo de trabajo que todo queda terminado antes de lo que él pensaba. El viejo castillo se llena de vida. Hay muchos niños y su particular algarabía colabora en gran medida a crear esa sensación de que hay mucha gente allí. Cuando los franceses llegan al pueblo lo encuentran vacío. No hay ejército con quien luchar, ni material para hacer su botín de guerra. Quedan desconcertados.

Pero allá a lo lejos, en el castillo, observan gran movimiento de gentes. Sin pensar en las dificultades, el general francés que manda aquel batallón, que en alguna medida se siente burlado, ordena ir hacia allí. Algunos de sus ayudantes le hacen ver lo escarpado del terreno, pero él no hace caso y emprende la marcha. Los españoles los esperan con una singular lluvia de piedras que hace retroceder a los franceses que, en gran número, mueren despeñados por aquellos riscos, y el resto huye enloquecido, asustado por una traca digna de las mejores fiestas de Fallas. Han vencido al enemigo con ingenio y sin tener ninguna baja. El general, libre el camino de franceses, se dirige a su regimiento para comunicar la hazaña de aquel pueblo que recibe una placa, que conmemora el hecho, y protección militar.

Y puedo asegurar que esto, que es una fantasía mía para hablar de lo que pudo ocurrir en mi casa encantada a lo largo del tiempo, es una realidad histórica. Con muchas actuaciones así se ganó una guerra.

Puesta a pensar en hechos guerreros, me trasladaré a la época medieval, cuando el precioso castillo de Sax era la defensa de los cristianos en su lucha contra los moros invasores de nuestra tierra, que tuvimos que reconquistar palmo a palmo. El dueño del castillo era el señor de todo lo que le rodeaba: era señor de vidas y haciendas. Algunos se distinguieron por el abuso que de su poder hicieron y otros por la generosidad con que lo usaron. Yo me voy a quedar con uno generoso. Mi casa estaba entonces habitada por un pundonoroso caballero español, uno de esos que hacía de su palabra un contrato y que había probado su valentía en diferentes hechos bélicos. Era muy considerado por su señor, porque además de valiente era prudente y sabio. Sus opiniones eran siempre tenidas en cuenta por todos. Vivía  en la casa de mis sueños con su joven y bella esposa. Solo le faltaba para ser completamente feliz un hijo que heredara su nombre y sus bienes, pero el hijo tardaba en venir. Llegó cuando ya consideraban que era imposible y todos le recibieron con alegría.

El niño fue hijo único. Creció fuerte, vigoroso y dando muestra de hermosas cualidades. No había otro tan alegre, tan simpático, tan generoso, tan hábil para los juegos, tan despierto para aprender. Sus padres sentían que no podía haberlo mejor y daban rienda suelta en todo momento a su orgullo. Llegado el tiempo oportuno, se le empezó a instruir para que, en el futuro, fuera un perfecto caballero. Todo lo aprendía con suma facilidad y, aunque le exigieran en exceso, nunca protestaba. Solo había una cosa que tenía preocupado a su padre: el gusto que mostraba por la música.

Había aprendido con su madre a tocar el clavicordio. Ella era una virtuosa de este instrumento, que enseñó a tocar a su hijo en las largas veladas de invierno. Lo hacían como un juego, pero pronto se convirtió en una auténtica afición. Todo el tiempo libre que tenía el joven se lo dedicaba a la música. Interpretaba con maestría tal que superó pronto a su madre. Tocaba además la vihuela: le enseñaron unos artistas que estuvieron varios días en el castillo y con los que hizo gran amistad. Eran unos músicos excelentes que vieron con rapidez la facilidad que aquel joven tenía para la música; además cuando tocaba se le notaba completamente entregado y feliz. Era un músico nato y decidieron ayudarle.

Siempre que pasaban por allí trataban  de ampliar los conocimientos del joven. Le traían nuevas partituras y corregían la interpretación de las que había estudiado, es decir, le formaban para ser un buen músico, pero su  padre no veía con buenos ojos esta actividad, y el chico procuraba estudiar música cuando él no le veía, por esta razón el buen señor creyó que la había dejado de practicar y quedó más tranquilo. Además la dedicación a sus obligaciones era irreprochable. No había ninguna razón para estar inquieto. De esta agradable manera siguió pasando el tiempo. Cada día estaba más cerca el momento en que nuestro joven sería armado caballero. No sentía ninguna alegría especial, por el contrario, notaba cada vez con más claridad que aquella no era su verdadera vocación. La música era el motor de su vida, pero no tenía el valor suficiente para decírselo a su padre.

Faltaba solo un mes para que tuviera lugar la entrega de las armas cuando decidió hablar con alguien de su problema. Eligió al señor del castillo y de su vida. Siempre le había tenido especial cariño y sería un consejero imparcial. Le escuchó con atención mientras hablaba y, cuando terminó, le dijo: “no me importa perder un caballero que defienda mis tierras, si gano a otro que cultive mi espíritu”. A partir de este momento te nombro mi músico de cámara. Lo haré saber públicamente, y no temas nada que con tu padre hablaré yo. El buen señor pidió al noble caballero que consintiera en que su hijo fuera su músico privado. Este accedió, sintiéndose muy honrado, a los deseos de su señor porque de cualquier forma su hijo estaba a su servicio.

Y de esta sencilla y bonita manera aquel buen señor solucionó un asunto, que habría acarreado graves problemas a uno de sus más queridos vasallos. Por otro lado él consiguió algo que siempre quiso tener, pero que nadie en su feudo le había podido proporcionar hasta la llegada de este muchacho tan bien dotado para la música. Y así fueron todos felices y mi casa encantada se alegró durante mucho tiempo con las magistrales interpretaciones del joven músico.

Me parece exagerado seguir retrocediendo en el tiempo, porque no creo que una casa pueda estar ahí durante varios siglos sin derruirse y manteniendo su estructura, claro que como la mía está encantada podría ocurrirle, pero no es el caso.

El último encuentro real con la casa lo tuve hace unos quince días. Me llevé una sorpresa porque la estaban arreglando y, esto es verdad, desde el momento en que vi andamios y cemento fresco sobre sus paredes dejó de parecerme encantada, pasó a ser una casa como todas, una casa que nota el paso del tiempo y hay que repararla. Me tenía que despedir de ella, no podía seguir creando historias, y llamé a sus queridos fantasmas para que me ayudaran.

Esperé a que hubiera luna llena y los hice venir a mis sueños para la despedida. Me saludaron con su suave roce y empezaron a recorrer la casa. No hacían comentarios, solo suspiraban. Cuando terminaron el recorrido, uno comentó: creo que no volveré más a visitarla, ya no están nuestras cosas en el desván, las han tirado, ya no es nuestra casa, la están cambiando. No, no contestó el otro, faltarán nuestras cosas, pero nuestros espíritus siguen ahí y ellos no las necesitan, vivirán en ella hasta el fin de los tiempos. Tienes razón, seguirán siempre aquí. Se cogen de la mano y salen por la ventana, sobre mi mejilla dejan caer dos lágrimas. Agito la mano en mudo saludo y repito emocionada: es cierto, el espíritu del amor no muere, él hará que la casa esté siempre encantada.

CAPÍTULO III

Quizá uno de mis escritos más inspirados y queridos sea el de La casa encantada, la misma que me produjo el tremendo desencanto que quiero contaros. Cuando di por terminada la narración de la vida de los  diferentes moradores que tuvo la casa, que para mí fue siempre misteriosa y especial, la dejé habitada y protegida por el espíritu del amor y no apta para ser  ocupada por simples mortales, y así estuvo durante muchos años

Hoy, como el día en que la vi por primera vez, es también un suave atardecer, pero no de mayo, sino de abril. Esperaba ansiosa ver aparecer su imponente silueta y, cuando esto sucedió, quedé como petrificada. Ante mis incrédulos ojos había una casa que parecía recién hecha, impecable. Me sentí como estafada.

 Aquella casa, según yo creía, no tenia dueño, llevaba años abandonada. Visto desde el lado práctico eso era lo mejor porque su restauración  resultaría  muy costosa. Por eso me pareció buen lugar para el espíritu del amor y para los de aquellas jóvenes que vivieron en ella amores apasionados y desgraciados a la vez. Quien osó cambiarla había sido, en mi opinión, un cretino, que destruyó encantos y fantasías de siglos, solo presentes en mi imaginación, claro.

No obstante, a pesar de la desagradable sorpresa y mi  disgusto tuve que  reconocer que su aspecto había mejorado infinitamente, aunque hubiera perdido aquel toque que me hizo llamarla “encantada”.  Busqué  cómo salir de la carretera. Quería saber qué estaba sucediendo en la casa, pero no pude hacerlo. El progreso y la fantasía no se llevan bien. En una autopista hay que guardar ciertas reglas, que no me permitían acercarme a la casa sin hacer un recorrido distinto al que llevaba. Seguí, pues, mi ruta pero el resto del camino lo pasé pensando qué habría ocurrido para originar semejante cambio.

La imaginación  tomó  entonces las riendas. La loca de la casa me estaba haciendo variadas sugerencias. Me resistía a seguir sus dictados pero, al cabo de un rato, caí en sus manos y me dije: Si inventé historias cuando la creí encantada, nada ni nadie puede impedirme hacerlo también en su fase de desencantada. Me suena rara la frase, pero creo que expresa mi idea. Me pregunté quién desearía vivir en aquella casa enorme: tres pisos, más otro de buhardilla, trastero o desván, que de todas esas formas se podia llamar el cuarto piso.

Una familia de hoy seguro que no la querría. Entonces me  pregunté en voz alta: ¿Qué utilidad tendrá  ahora? Una voz me contestó:

–Será una residencia de espíritus ancianos.

–¿Puedo saber con quién hablo?

–Claro que  puedes, soy el anciano espíritu del amor.

–Yo creía que los espíritus eran siempre jóvenes y que,  además, nunca morían.

–Pues sí y no. Podemos estar al día, conservarnos bien, pero los años van dejando su huella y envejecemos también. Además, me parece que tanto entre los  espíritus como entre las personas, los hay que nacen ya viejos y otros que son eternamente jóvenes.

–Yo creo que la casa sería buena para un internado de chicos y chicas.

–Sí, esa es  una buena idea que no hace imposible la otra. Expóngala,  si le parece bien.

–Me parece.

Septiembre de 1958. Un nuevo curso empieza en el internado de LOS LLANOS, un colegio de mucho nivel económico y cultural. Solo hay cien  alumnos, de edades entre los ocho y los diecisiete años. De allí salen preparados para iniciar una carrera y con una formación de jóvenes responsables.

No parece, con esas premisas, que sea muy agradable estar en el internado, sin embargo lo es. Se nota en el ambiente alegre y distendido. En este primer día de curso hay muchas risas y saludos en las primeras horas y luego en la instalación  de todos los trastos, así  llaman los alumnos a sus cosas. A las siete se hace la inauguración del curso, con la bienvenida a los alumnos por parte del director y profesores, y a las nueve hay una cena extraordinaria. La fiesta dura hasta las doce.

 Estuve observando todo con sumo cuidado y tengo que confesar que me pareció excelente el sistema. Llamó mi atención el orden y los buenos modales, que parecían algo natural. Me fijé en los grupos que se formaban. Hablaban sin parar, pero sin gritos, sin estridencia. Hubo uno entre todos ellos que me fascinó. Lo formaban tres chicas y un chico, como de doce años,  que eran gemelos dos a dos y de un parecido extraordinario porque, eso lo supe luego, eran además primos

Los cuatro son altos y delgados, de pelo negro y tez bronceada, los ojos grandes y oscuros. Hablan sin necesidad de palabras, visten con sencillez, pero se nota que la ropa es cara. Me llamaron la atención las insistentes miradas al último piso de la casa. Me acerqué con disimulo y escuché esta historia.

–¡Qué bonita ha quedado la casa reformada! –dijo María.

–Sí, contestó Juan. Ahora es bonita y  misteriosa, porque al cuarto piso no le han hecho ninguna reforma.

–¿Te has atrevido a subir? preguntó su hermana Mónica.

 –Si vuelves a subir, yo voy contigo, dijo el cuarto miembro del grupo y hermana de Maria, que se llamaba Manuela.

–¡Alto!, dijo Juan. No he subido. Pregunté a mis amigos, los que hicieron el trabajo, y me dijeron que al curto piso ni subieron. Tenia una puerta cerrada con llave.

–Entonces, ¿cómo vamos a investigar? preguntó María.

–Me parece que no podremos hacerlo nunca. Si la puerta está cerrada con llave, es imposible que descubramos el misterio que cada día veo más claro tras esos cristales.

–Manuela, con expresión pícara y bajando la voz, pregunta: ¿Y si se tiene una copia de esa llave?

–¿La tienes tú?

–Sí.

–No lo puedo creer. Cuéntanos cómo la conseguiste y por qué no comunicaste al grupo tu hazaña.

–Fue a finales del curso, cuando estábamos preparando la función. Vi que el profesor de literatura subió y bajó varias veces.

–¿Y qué hacías tú fuera de clase?

–Me mandó “madame” a buscar unas cosas a secretaría. Entonces, una de las veces que él bajó, yo subí y, en el chicle que llevaba en mi bolsillo, hice un molde de la llave. No dije nada porque no sabía si con ese molde saldría y además quería hacerla en un sitio donde no me conociera nadie. Esperé al último día que pasamos en la playa y aquí está la llave.

–Has obrado como Harry Potter. Estuviste genial, dijo Juan con entusiasmo.

–¿La has probado? preguntó Mónica.

–No. Creo que será mejor hacerlo cuando todos los profesores estén en su clase y el director en su despacho o, mejor, haya salido. Probarla hoy es correr un riesgo inútil, es mi opinión, pero aquí cuenta la de  todos, dijo Manuela.

Los cuatro estuvieron de acuerdo y decidieron reunirse con los demás. No debían levantar sospechas. Sabían que el misterio del cuarto piso llamaba la atención de muchos colegiales. Yo no salía de mi asombro. La joven generación traía ideas nuevas y pensaba con lógica. Decidí hacerme  amigo suyo.

–Por favor, ¿me podéis decir en qué piso está el despacho del director?

–En el piso primero, pero ahora él no está  allí.

–¿Entonces tiene un horario?

–Claro, vaya a la planta baja, a secretaría. Allí le informarán.

–Es enorme este colegio. ¿Se usan todas las plantas?

–La última no, dijo Manuela. Es un misterio saber qué hay allí.

–Y a vosotros os encantaría conocerlo.

–Lo mismo que a usted. ¿Vive por aquí?

–Tenéis razón. Para mí esta casa siempre tuvo el sello de lo mágico, lo misterioso. La llevo viendo año tras año en mis viajes a la costa, porque vivo en Madrid, y tengo mis fantasías de lo que la casa fue en otro tiempo. Pero hoy, cuando me he detenido ante ella, casi me da un pasmo al ver el cambio: llevaba tres años sin pasar por aquí.

–¡Qué interesante! ¿Y no podía contarnos alguna de sus fantasías?

–¿Podéis hablar con desconocidos? ¡Qué tontería preguntaros eso hoy que vienen todos los padres! Sí, os contare como soñé yo que fue la casa en otro tiempo. Vamos a sentarnos en esos bancos.

Según mis fantásticas ideas la casa estuvo habitada por un caballero medieval, un general de la Guerra de la Independencia, un indiano, que no pudo vivir en ella con su amor porque murió, el último miembro de una familia aristócrata, que permitió  que su hija fuera asesinada, y los artistas ambulantes, que yo llamo “ocupas”.

CAPÍTULO IV

La última vez que vi la casa, cuando decidí que sería la morada del espíritu del amor, me ocurrió algo singular. Era una noche de luna llena y, a su luz, vi dos sombras que se colaban en la casa por las ventanas del cuarto piso. Las seguí  y vi como, cogidas de la mano, recorrían la casa y decían: Ya no están nuestras cosas en las habitaciones, las han guardado para que nadie sepa que vivimos aquí.

Al fin, después de mucho ir y venir por todas las habitaciones, fueron al sitio donde se encontraban guardadas sus pertenencias y se consolaron un poco. Todo estaba como recién lavado y planchado y guardado de manera que no se arrugara. Se miraron y pensaron, sin ponerse de acuerdo, que no volverían a visitarla más.

Y resulta curioso que yo, en ese mismo momento, nombrara a la casa “morada del espíritu del Amor”, y así fue  durante años. Las dos sombras abandonaron al fin la casa. Al salir rozaron suavemente mi mejilla y noté sobre ella la humedad de una lágrima. Dije adiós a las jóvenes pensando cuándo las volvería a ver y sinceramente pensé que nunca.

Recuerdo que  cuando era la casa  encantada, en una de mis historias, un grupo de artistas, que formaba parte de un teatro ambulante, se alojó en ella y subieron al cuarto piso. Querían renovar el vestuario y sabían que en los desvanes, o como quiera que se llamen esos sitios, hay en ocasiones objetos interesantes. Las mujeres del grupo encontraron un baúl lleno de ropa, escogieron lo que podía ser útil para su trabajo y fueron a probárselo.

Pero de las cuatro mujeres que lo intentaron ninguna lo hizo, porque una voz muy dulce y muy joven les decía: Ese no te lo lleves, por favor, elige otro. Asustadas, llegaron a la conclusión de que aquella ropa tenía dueña todavía, y ellas no robaban, usaban solo lo que estaba abandonado, lo que nadie quería ya. Y lo más sorprendente fue que, cuando dejaron cada cosa en su sitio, la misma voz les dio las gracias y ella misma, cuando abandonaron la casa, salió a despedirlos y les deseó buen viaje.

Sonó la campana que llamaba a los alumnos, que acudieron rápidos después de una breve despedida. Recodar esta historia me reafirmó en la idea de que aquella casa estaba habitada por los espíritus de unas jóvenes enamoradas, cuyos amores fueron un tanto desgraciados.

Quise hablar con el espíritu, que sería anciano ya, pero no pude localizarlo, igual se había ido al cuarto piso, claro, como era invisible,  podía hacer lo que quisiera. Me pareció que eso era jugar con ventaja. Y, curiosamente, en el momento que tuve ese pensamiento apareció.

Venía fatigado porque llevaba dos horas andando en busca de una casa que reuniera las condiciones necesarias para ser una residencia de espíritus cansados. Vio muchas,  abandonadas la mayoría y medio caídas. No resultaban confortables. Además los dueños estaban dispuestos a venderlas o derruirlas, porque el solar valía para construir bloques de pisos, y eso significaba mucho dinero.

Le escuché con atención y luego le conté lo que había oído decir a los cuatro primos. Añadí mi historia de los “ocupas”, que así califiqué yo a los artistas ambulantes. Todo le pareció interesante pero estaba rendido y quería dormir. Yo también tenía sueño y le acompañé, pero con su firme promesa de que al día siguiente visitaríamos el cuarto piso. Como yo había pensado, él podía traspasar las paredes y, una vez dentro, abrir la puerta.

Cuando desperté eran las diez. He dormido como un lirón, pensé. Pedí el desayuno y, después de asearme, fui en busca de mi amigo, el espíritu, que me esperaba pacientemente sentado en una butaca de aquella casa antigua acondicionada para hotel coquetón y acogedor. Llevaba dos horas allí, pero no quiso despertarme. Le encontré  bastante desanimado y le pregunté qué le pasaba.

Pasarme nada, lo que sucede es que cada vez me gusta menos esta zona. Tiene un clima riguroso: mucho calor en verano, más frío en invierno. El paisaje es seco, árido, y luego está el tema de los negocios con el terreno y las casas y si, donde antes había una y vivían diez, doce personas a lo sumo, construyen un bloque, por muy pequeño que fuera, menos de treinta personas no habría por bloque: demasiada gente, demasiado jaleo. Creo que me voy a buscar un lugar más sosegado: Galicia, por ejemplo.

–Te vas de aquí, me dejas tirado, eres un malqueda.

–Perdona. Tú tienes una idea y yo otra, que podemos desarrollar de  forma independiente.

–Sí, pero tú juegas con ventaja, eres invisible.

–No entiendo eso del juego. Yo, por lo menos, no pensaba que esto lo fuera. Yo solo  busco un lugar para descansar en paz.

–En un principio, creo que así quedó planteado.

–Si es  verdad eso, te pido mil disculpas.

Siento de veras no vivir una fantasía aquí, porque para mí esta casa, aun en su desencanto, tiene un cierto aire misterioso. Me conformaré con verla cada año en un suave atardecer de mayo o de abril, que más da. Cuando haga el trayecto Madrid-Alicante y cuando mis ojos dejen  de verla, la imaginaré a la orilla de la carretera, misteriosa, callada, encantada.  

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