Evocación. Primera entrega.

Hoy, de una forma inesperada, he vuelto a la tierra de mis mayores, he vuelto a mis raíces. Cuando inicié el viaje, no podía imaginar los profundos sentimientos, la tremenda añoranza, los dormidos recuerdos, el dulce retorno a la niñez que en mi alma se iba a producir.

Había hecho aquel recorrido en multitud de ocasiones, sin fijarme con detenimiento en los sitios por donde pasaba. Nada era nuevo para mí, pero sin duda lo miraba con ojos distintos, tal vez porque sabía que a la vuelta de aquel viaje me habría desprendido de algo que perteneció a mi familia durante varias generaciones y, aunque no lo hubiera vivido muy de cerca, me hacía sentir que algo muy mío se perdía también, perdía algo que pertenecía a mis raíces, a ese vínculo invisible que une  a las generaciones y te dice donde están tus orígenes.

Mientras el motor del coche donde viajaba ronroneaba incansable, mi imaginación ronroneaba también, evocando otros tiempos, otra edad. Nada tenía que ver la mujer madura que hoy era yo con aquella niña o aquella adolescente que miraba todo con curiosos y sorprendidos ojos. Entonces todo lo comentaba en voz alta con las personas que tenía al lado, ahora todo lo interiorizaba, comparando el hoy y el ayer. Cuando aparecieron, allá en la lejanía, las torres de Salamanca, mi corazón empezó a latir desacompasado.

La lluvia, que me había acompañado durante todo el viaje, cayendo a borbotones, impidiéndome a veces ver el camino con claridad, se había convertido en la ciudad en algo suave, caía mansamente, parecía no mojar, acariciaba.

Antes de ir a mi destino hice un recorrido por el casco antiguo. ¡Cuánto me gustó siempre! Nunca me canso de contemplar los diferentes estilos que se pueden admirar en sus monumentos, desde el románico al barroco. ¡Qué escaparate de arte es! Incluso me senté a tomar un café en uno de los animados bares de la Plaza Mayor. La Universidad y sus estudiantes dan a la ciudad un toque alegre y vital que la hace parecer diferente cuando ellos se van.

Por fin llegué a la casa motivo del viaje, donde ya me esperaba la familia. Habíamos quedado para dejarla libre de muebles y de recuerdos. Hice un recorrido rápido por ella, terminando en la habitación de la abuela. Todo estaba oscuro, abrí las cortinas para dejar que la luz del día diera al cuarto un aspecto real. La lluvia seguía cayendo, ahora un poco más fuerte. Estuve un rato mirándola caer, oyendo su sonido para serenarme, para no romper a llorar.

Ya tranquila, me dirigí a la cómoda, lo único que yo quería de la casa. Los cajones estaban cerrados con llave, ya me lo esperaba. La abuela, como una urraca ladrona, escondía allí dentro sus tesoros, pero yo sabía donde la guardaba y aunque nunca se me habría ocurrido usarla viviendo ella, hoy sí lo haría. Sin pensarlo más, me dirigí a la repisa, tras la cual estaba, y la cogí. Con mano temblorosa abrí cajón por cajón, todo estaba en perfecto orden: sus ropas, en uno; sus adornos, en otro; fotografías de toda la familia clasificadas por años, en otro. Estaba un poco decepcionada, francamente. ¿Y para esto tanto misterio?

Casi sin interés abrí el último cajón, mi corazón empezó a latir con fuerza. Allí, envuelta en papel de seda y con un saquito de hierbas olorosas, estaba mi almohada, con la que siempre tenía que dormir de pequeña, y que o llevaba en los viajes o lloraba sin parar. ¿Cómo se la quedó ella? No lo recuerdo. La cogí emocionada y no lloré, sonreí recordando los buenos momentos de aquel tiempo en que dormía abrazada a ella.

Seguí mirando el cajón. Había otro envoltorio, lo abrí, apareció una mantilla y, al cogerla, noté que había dentro algo duro: era un paquete de cartas cuidadosamente atado con una cinta. ¿Sería aquello el misterio?

Con almohada y cartas me senté en la mecedora de la abuela. ¡Qué agradable momento! La cabeza recostada en mi querida almohada, la lluvia acariciando los cristales con sonido tranquilizador y ante mí un secreto por conocer. Me desconecté de la realidad.

Abrí una carta al azar. Decía: Querido tesoro mío… No pude seguir, el sonido del móvil y mi hermana que me llamaba rompieron el encanto Guardé las cartas, dejé sonar el móvil sin contestar y salí al encuentro de mi hermana que, con más sentido práctico que yo, se estaba ocupando del traslado de los muebles. Con ella estaba su hija Elena, mi sobrina favorita, que, al entrar en la habitación, miró la cómoda con ojos de admiración y dijo:

– Ese mueble sí que me lo llevaba yo con gusto.

– Tuyo es, le dije sonriendo.

– ¿Seguro, tía?, y me abrazó mimosa.

– Sí, Elena, y correspondí a su abrazo.

Para mí, una vez averiguado el misterio que siempre pensé encerraba, el mueble había dejado de tener interés. Recogí mis cosas y las llevé al coche, no quería dejar las cartas al alcance de cualquiera, y volví a la casa. Traté de ser útil, pero aquello no era lo mío, no sabía moverme entre tanto mueble; mi hermana, sin embargo, parecía que se había pasado la vida haciéndolo. Ante mi expresión de no saber qué hacer me dijo que, puesto que ella vivía allí, no le importaba ocuparse de todo. Fue un gran alivio para mí, se lo dije mil veces, le di las gracias otras mil, me despedí de todos, recorrí la casa una vez más y me marché rumbo a Madrid.

Hice el viaje en un estado de ánimo entre impaciente y melancólico, tenía prisa por llegar a casa para ver las cartas con tranquilidad. La lluvia seguía cayendo suave pero sin pausa y al ritmo del limpiaparabrisas iba mi pensamiento. ¿Dónde estaría el autor de las cartas? ¿Viviría aún? ¿Desde dónde las escribiría? ¿Estaría luchando en alguna de las guerras de su tiempo o habría ido a algún país lejano en busca de fortuna? ¿Sería tal vez de condición social diferente a la de la abuela y contaría con la oposición de la familia? En este caso, ¿las cartas habrían pasado por las manos de un tercero, por las manos de un amigo o amiga fiel que protegería aquel amor?

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De nuevo con vosotros.

Como ya os adelantaba hace unas semanas, no pensaba permitir que este espacio de mis creaciones literarias se quedara abandonado como tantos otros blogs y webs en Internet. Yo he venido para quedarme y para ir mostrando lo que he hecho… y lo que me queda por hacer.

Os anunciaba también que empezaría a publicar por entregas un relato al que le tengo especial afecto: Evocación. Su extensión hace imposible publicarlo en un solo post, por lo que lo iré sacando por entregas ¡espero que no me abandonéis en este -espero- interesante viaje al pasado en forma de relato literario que es -casi, casi- una novela!

Muchas gracias por estar y por seguir ahí, os dejo ya con el primer capítulo de Evocación

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Nuevos intentos de ser escritora

Queridos seguidores de mis humildes escritos, equiero daros las gracias y además pediros un favor. Me falta energía a mi y a las letras las tengo fatigadas con mis intentos de ser escritora, por otro lado el duende de la inspiración se ríe despiadadamente de mis intentos de escribir algo original.

Iré publicando por entregas el relato Evocaciòn y añoranza y paralelamente, siempre que las letras y el duende me lo permitan, introduciré nuevas aportaciones.

Espero contar con vuestra colaboración y aplauso. Muchas gracias y un fuerte abrazo.

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¡Limpio estrellas!

Las estrellas me fascinan y siempre soñé con verlas de cerca, por esa razón me hice limpiaestrellas. Propuse mi idea, pero en el cielo hay cuidadoras que se ocupan de hacerlo y eso les pareció una ofensa. Era llamarlas descuidadas.

A pesar de todo seguí mirando al cielo con la esperanza de encontrar  estrellas sucias. Habían pasado  muchos días cuando  vi  una que parecía no tener vida. Cogí  rápidamente mis bártulos y fui hacia ella. ¡Pobrecita, tenía fiebre  pero nadie le hacía caso! Me decían: déjala dormir. La tomé bajo mi protección y le puse cariñosamente de nombre Pachucha.

Pachucha, a pesar de tener fiebre y estar enferma, era preciosa. Cuando te miraba, te sentías envuelto en una suave luz que te hacía ver hermoso todo lo que te rodeaba. Pero se la notaba sin fuerzas. Comprendí que yo sola no podía curar a Pachucha. Llamé entonces a la estrella más potente, el sol, que, dándole su calor y su energía, la curó. ¡Qué alegría me dio contemplarla corriendo y saltando!

 Y de pronto la vi. Era una mancha negra y horrible en su mejilla derecha. A gritos llamé a las encargadas de su cuidado y les hice ver su fallo, luego la bañé y la envolví en una cálida nube. Esperé hasta que se durmió y, aprovechando un rayo de sol que me dejaba cerca de casa, me marché del cielo. Estaba contenta, muy contenta, ya era de verdad una LIMPIAESTRELLAS.

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El novato

Era el primer juicio al que asistía,  estaba un poco asustado, y eso que no era ni el acusador ni el defensor. Era un novato, iba de oyente, escuchaba todo con  atención para aprender.

El juicio se alargaba, la voz de su señoría hablando de letras y vencimientos le arrullaba. Empezó, para calmar sus nervios, a dar vueltas al muñeco antiestrés, que llevaba en el bolsillo de la cazadora, y se relajó  tanto que al poco tiempo dormía dando sonoros ronquidos

Tan sonoros que tuvieron que interrumpir el juicio. Lo hicieron  tocando reiteradamente una graciosa campanilla, que el avieso    funcionario de sala llevaba escondida y que agitaba con fuerza cuando creía que alguien intentaba alterar el orden de la misma

El novato sintió una oleada de calor. Todo el mundo le miraba. Su señoría preguntó: ¿Terminó ya su siesta? Entonces continuemos la sesión. El joven  salió corriendo, escoltado por las risas de los que llenaban la sala.

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El retrato del bisabuelo

Siento mucho que haya desaparecido, que no lo podáis ver porque estoy segura de que, como a mí, os habría impresionado. Cuando se propuso el tema de componer un cuento que se basara en una fotografía, supe al momento que sería la del bisabuelo la elegida. Para mí ha sido una fuente de inspiración de increíbles fantasías hasta que un día desapareció.

Era un retrato de tamaño mediano. Mi abuela lo tenía colgado en lo que ella llamaba su “gabinete”, que no me explico por qué ese nombre. A mí entonces me parecía raro, yo habría dicho que era su cuarto de estar, donde tenía sus cosas y se reunía con las amigas a charlar o a jugar a la canasta y a tomar café y, otras veces, cuando estaba sola, donde cosía o leía.

Volviendo al retrato diré que la pared estaba llena de ellos. Los había de todos los tamaños, pues bien, el del bisabuelo, no siendo de los más grandes, destacaba. Tenía mucha luz pero no se veía ningún paisaje. Él estaba de pie, apoyado en algo, que siempre creí que era una roca, alto, muy alto y guapo, o a mí me lo parecía, rubio, con el pelo rizado, grandes y expresivos ojos azules y boca que parecía estar dispuesta siempre a la risa. Vestía pantalón y chaqueta blancos y miraba al frente con expresión soñadora, y esa expresión era lo que me llamaba la atención, era de intensa felicidad, de placer, pero ¿qué miraba? ¿Por qué ese adorable gesto?

Había visto el retrato mil veces allí colgado, pero la primera vez que me causó tanta impresión y me  fijé en esa faceta tenía quince años. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido hoy. Había ido a pasar, como todos los veranos, unos días con la abuela. Una mañana, que amaneció lluviosa y desapacible, nos fuimos al “gabinete”. Ella se puso a hacer ganchillo, yo pensaba escribir a mis padres, pero antes de sentarme miré los retratos y le vi, y observé su expresión. Me atrajo poderosamente aquel gesto y sentí curiosidad por conocer más cosas acerca de  él.

-Abuela, ¿quién es este señor tan guapo?

-Es mi padre, es decir, tu bisabuelo.

-¿Sabes dónde le hicieron este retrato?

-Se lo harían en la isla.

-¿En cuál?

-En una que no recuerdo el nombre. Se retiró allí una temporada a pensar. Quería escribir un libro y lo hizo, pero no sé dónde fue a parar cuando el murió. Yo le quería mucho, pero reconozco que estaba un poco loco.

-¿Por escribir?

-No, por su manera de vivir y pensar, porque solo le gustaban las cosas que fueran distintas a lo que la mayoría pensaba o hacía. A mi madre le amargó la vida.

-¿Y a ti?

-Yo era su tesoro, me daba todo lo que quería. Además me casé a los veinte años, no me dio tiempo a sufrir su extraño carácter.

-¿Y en qué trabajaba?

-Administraba sus bienes. Podía vivir de las rentas, pero malgastó mucho dinero.

-¿Y él fue feliz aunque los demás sufrieran?

-¡Ay, hija, yo que sé! Deja de preguntar y escribe la carta.

Yo  me puse a fantasear pensando en el bisabuelo y la felicidad que su cara expresaba en el retrato. Él era un escritor nato y quería trasladar al papel las mil ideas que bullían en su cabeza, pero allí en su tierra no le entendían y por eso se marchó a la isla caribeña de la que nadie conocía el nombre. La isla era muy pequeña y sus habitantes no pasaban de treinta, pero era preciosa, pertenecía a un  millonario que había construido en ella unos cuantos bungalós de lujo para personas que quisieran descansar y pudieran pagar su astronómico precio, claro.

Todo lo que los habitantes de la isla necesitaban lo traía un barco, que partía con la lista de cosas para comprar por la mañana y volvía al atardecer con las compras hechas. El bisabuelo, el día que le hicieron ese retrato, esperaba el barco y estaba tan feliz porque le traía una máquina de escribir, el último modelo de la marca. Llevaba varios días descansando en la isla y había decidido que era el momento de empezar a trabajar.

Sin tener fijado un horario, el barco salía y entraba a la misma hora, pero ese día venía con retraso y todos estaban impacientes porque dependían de él. Por fin se le divisa en la lejanía. El viento, que sopla fuerte, es la causa del retraso. Los tres hombres que forman la tripulación reparten las compras con un original sistema: uno dice el nombre de la persona, otro lo que le ha traído y el precio y el tercero entrega la mercancía y cobra. Todo se hace con rapidez.

El bisabuelo recoge con ilusión su máquina y camina a buen paso, a pesar de lo voluminoso y pesado que es el paquete. Tiene mucha prisa por estrenarla: el duende de la inspiración le había visitado aquel día y él sabía lo peligroso que podía ser no corresponder a su visita a tiempo. Había pasado la mañana haciendo esquemas que quería desarrollar cuanto antes. Prepara todo lo necesario para escribir, más café y cigarrillos y empieza su trabajo, que dura hasta la madrugada, arrullado por un viento ya más suave y el canto de cien aves.

Salvo las horas de sueño, una para hacer ejercicio y otra para las comidas, que respeta escrupulosamente, el resto del día escribe. La actividad es intensa. De pronto se encuentra sumido en un laberinto, tiene tres enfoques diferentes para desarrollar la vida de sus personajes, no sabe por cuál decidirse y eso le mantiene paralizado. Al fin  escribe las tres historias, y ese fue su mayor acierto. Al cabo de un año de trabajo vio la luz una deliciosa trilogía, que se publicó en Méjico y fue el libro más vendido del año. En España no tuvo mucha difusión. Se dijo que había escrito un libro, y en la casa hubo uno que luego, según palabras de la abuela, se perdió.

La voz de la abuela, un tanto brusca, me sacó de mi mundo de fantasía. Me hablaba enfadada.

-¿Puedes decirme en qué pensabas? Ha pasado más de media hora y no has escrito una palabra, has estado en otro sitio.

-Pensaba en el bisabuelo, pensaba en el motivo que hizo que su cara reflejara esa dulzura, esa felicidad. Me ha dado la impresión de que estaba en paz con todos y con todo. He sentido a través de esa expresión calma yo también.

-Me parece que habrías tenido buena relación con él, eres igual de fantástica, pero de fantasías no se vive.

-Claro que se puede vivir de fantasías: el cuerpo no, pero tenemos algo más que cuerpo, abuela.

-Mira, vamos a dejar el tema, no quiero regañar contigo, no quiero comprobar, como me pasó con él, que tenemos diferente manera de pensar. No me gusta que las personas que me rodean me agobien con cosas nuevas.

-Y lo dices tan tranquila, eres una tirana. Y tu madre pensaba igual, claro. Luego os extrañaría que él se marchara de vuestro lado, a la isla o a la luna.

-Sal de aquí ahora mismo, eres una descarada.

-Lo siento abuela, no quería ofenderte pero pienso así.

Salí de la habitación con muchas ideas nuevas en la cabeza y me las había dado ella, precisamente ella, que no quería nada con lo nuevo. Para empezar me desilusionó su manera de pensar: con muchas mujeres como ella seguiríamos ancladas en el pasado, sin poder avanzar. Ellas, porque eran muchas las de su clase, tenían su vida bien cuadriculada: misa mañanera, organización de la casa, comida, momento de reunión de la familia, visitar o que te visiten, con partida de canasta y merienda incluidas. Como el lugar es frío, el rosario el cura lo reza a las seis en invierno, en verano hay otras normas. Y mañana, con ligeras variaciones, otra vez lo mismo, sin sobresaltos, sin tener que pensar. Pero entérate, abuela, hay otras personas cuya vida es una lucha constante.

Lo decidí en aquel momento: no volvería a pasar más veranos en aquella casona de Medina del Campo, y eso que me divertía mucho, pero no quería discutir con ella. Este año me quedaban seis días, trataría de dominarme y seguiría buscando información sobre el bisabuelo. Me pareció que la fantasía de que su expresión tan feliz y maravillosa se la producía una máquina de escribir era algo burda, que la debía borrar de mi pensamiento. Aun cuando con ella llegara a conseguir su obra, no era el motivo, no, debía ser otra cosa y  tenía que saber cuál.

La comida fue un momento desagradable para mí. Menos mal que estaban dos amigas suyas, que la venían a visitar desde Astorga y se quedaban ese día en casa. Eran muy charlatanas y bromistas y la abuela se tuvo que poner a la altura de las circunstancias, pero me miraba con el ceño fruncido. Comimos  con verdadero gusto, todo estaba riquísimo, y ellas se deshacían en alabanzas a la cocinera. Aquel día la partida era en casa a las seis y, como solo eran las tres, se fueron a dar una “cabezadita”. Yo no quería dormir pero, como seguía lloviendo, me fui a sentar en la galería en una de las butacas que allí hay  a leer una revista.

Me pareció que había comido demasiado, porque empecé a sentir unos deseos enormes de dar yo también la “cabezadita”, como dijeron aquellas señoras, y me dormí y soñé, ¡cómo no! con el retrato del bisabuelo, pero era un sueño un poco absurdo. Aparecía un geniecillo horrible de aspecto, pero que tenía una preciosa voz y, después de bailar alrededor de mí una extraña danza, cogía un violín y me cantaba una canción en la que decía, que le vendiera mi alma a cambio de saber por qué tenía el abuelo aquella expresión que me fascinaba. Su voz era tan dulce que poco a poco fui cediendo a sus mandatos.

Me iba a quitar el alma rasgando mi cuello, cuando apareció otro geniecillo, este muy bello, y su voz más todavía. Empezaron los dos a cantar canciones más y más hermosas. Estaban haciendo una especie de competición y yo debía ser el juez, y la que me pareciera mejor podía ser que me hiciera perder el alma o conocer el secreto sin más problemas. Pero el geniecillo malo se cansó del juego, tomó su cuchillo y avanzó hacia mí. Iba directo a mi garganta, el miedo me impedía defenderme y empecé a gritar. Lloraba y estaba empapada en sudor cuando María, el ángel de aquella casa, vino en mi ayuda.

María era una viejecita encantadora, tenía más de noventa años, pero ni su cuerpo ni su mente los aparentaban. De estatura mediana, su espalda se mantenía erguida como a los veinte, era delgada pero no arrugadita, solamente sus azules ojos acusaban la edad: se iban apagando poco a poco y en breve estaría ciega. Su mente era   clara y su memoria prodigiosa, recordaba fechas y acontecimientos de toda la familia y de todo el barrio. Cuando la memoria de alguien fallaba acudía a María.

Yo la recuerdo toda mi vida en la casa. Vino cuando la abuela nació. Tenía solo dieciocho años, pero había criado ya a tres de sus ocho hermanos, y aquí vivía desde entonces. Le habría gustado, me dijo un día, tener más niños en la casa, pero la abuela fue hija única y tuvo solo dos hijos: no éramos familia numerosa, no. María fue siempre la encargada de los pequeños y nos entendía muy bien.

Por eso me ayudó como nadie a salir de mi pesadilla y a refrescarme, porque estaba empapada de sudor. Me pidió que le contase mi sueño porque parecía estar muy impresionada, y cuando eres capaz de repetirlo, ya despierto, pierde su importancia, y así lo hice. Cuando hablé del retrato y de la cara del abuelo, se interesó mucho y me preguntó:

-¿Dónde dices que está el retrato?

-En el gabinete de la abuela, colgado en esa pared que tiene tantos.

-¿Y le has preguntado a ella?

-Sí, pero no sabía donde se la hicieron. Me dijo algo de una isla.

-Bueno, estaré pendiente y cuando se vayan del gabinete me dices cuál es. ¿Te parece bien?

-Ya lo creo. Gracias, María.

Estuve toda la tarde esperando pero no se iban. Me pareció muy raro que la abuela faltara al rosario. María me contó que sus amigas consideraban que eso era una beatería y no iban, y la abuela, cuando ellas venían, tampoco. Hubo canasta hasta las diez y ninguna quiso cenar. Yo salí a dar una vuelta con dos amigas y volví enseguida a casa, no quería enfadarla más. Fui a dar las buenas noches y me enteré de que sus amigas habían pensado quedarse dos días en vez de uno. Me alegré  porque contribuían a hacer más distendido el ambiente.

María me dio otra opción para entrar en el “gabinete”: levantarme temprano. Yo dije que sí, pero, cuando llegó la hora de hacerlo, consideré que era muy pronto y que ocasiones para ir con María al “gabinete” habría muchas. No fue así. Las amigas de la abuela lo habían tomado y pasaban allí el día. Era sin duda muy acogedor. La habitación estaba amueblada con mucho gusto, tenía mucha luz y mucha amplitud. Según me dijo María, la decoró el bisabuelo para hacer un regalo a su esposa. Era un hombre especial, tal vez difícil de entender por las personas normales, pero especial.

Las célebres amigas, al parecer, se encontraban muy bien en casa porque decidieron quedarse unos días más. Lo malo es que no dijeron cuántos y yo me tenía que marchar dentro de tres. El “gabinete” seguía siendo su lugar preferido y además se movían poco. Eran muy buenas conversadoras, y entre las partidas de canasta y las largas charlas pasaban el día, y muy divertido, porque las risas sonaban continuamente. Como el tiempo se había estropeado yo también pasé algunos ratos con ellas. La abuela ya no tenía cara de enfado, pero no dejaba de mirarme de una manera extraña. Creo que fue la primera vez que estudié con atención su cara y me di cuenta de la belleza que debió ser en su juventud.

No tenía más remedio que madrugar si quería que María me hablase del cómo, dónde y cuándo del retrato, y así lo hice. A las siete de la mañana, un poco dormida aún, entraba con María en el “gabinete” y señalaba el lugar donde estuvo el retrato, porque ahora el sitio estaba vacío

-María, se han llevado el retrato. ¿Recuerdas por el sitio cuál era?

-Creo que sí, pero con esta luz veo muy mal. Espera a que haya más  luz del día.

-Está bien, esperaré, pero ya no me acuesto.

-Ven conmigo a la cocina a tomar algo caliente, la mañana está fresca.

Desayuné con María y subí a vestirme. Eran los últimos días de agosto y empezaba a refrescar. Me arreglé con calma, haciendo tiempo, sin querer pensar por qué la abuela había quitado el retrato de su sitio. Cuando estuve lista, fui a reunirme con ella y sus amigas, que ya estaban levantadas. Iban a dar un paseo antes del desayuno y las acompañé. La mañana se había templado y estaba muy agradable. Anduvimos a buen paso primero y más suavemente después, alrededor de una hora, y a las nueve y media con absoluta puntualidad nos sentamos a desayunar. Yo volví a tomar algo porque el paseo me había abierto el apetito.

La abuela seguía mirándome con aquella extraña expresión, cuyo significado no entendía. Terminado el desayuno, las tres mujeres subieron a recoger su habitación y volvieron al cabo de una hora. El sol había vuelto a nublarse, las negras nubes invadían el cielo con rapidez, pronto llovería de nuevo. Con esa perspectiva decidieron no salir y me invitaron a jugar con ellas. Lo hicimos al parchís porque yo no conocía otro juego. Me reí como una loca, mejor dicho nos reímos.

Aquella tarde se fueron a las cuatro. Iban de visita y volvieron a la hora de cenar: la abuela muy seria, pero no enfadada; sus amigas, risueñas como siempre. Cenamos hablando todas con facilidad y buen humor. Terminada la cena, la abuela sacó un paquete, que se veía hecho con mucho cuidado, y me lo dio

-¿Es un regalo para mí?

-Más que un regalo es un recuerdo. Ábrelo.

Lo hice sabiendo ya lo que era. Cuando terminé de quitar el papel, apareció el retrato del bisabuelo. Visto de cerca era más imponente su figura y más cálida su sonrisa. Ella con voz temblorosa me dijo: “Es tuyo porque lo has sabido interpretar, has visto más allá del gesto, has visto el sentimiento que le producía lo que miraba, y como ese sentimiento se traducía en una expresión ideal. Me has dado una lección: setenta años mirándolo y no acertaba a ver más que lo alto y lo guapo que era mi padre”.

-Gracias, abuela. ¿Sabes qué miraba?

-Sí, miraba como yo daba mis primeros pasos. Mi madre y él uno frente a otro y yo entre los dos caminando insegura, pero el fotógrafo solo le cogió a él. Debía de ser muy malo, porque no quisieron repetir el retrato. Eso fue lo que me contaron siempre.

-Tenías que ser muy importante para él, te miraba con el alma en los ojos.

-Sí, era su debilidad, todo le parecía poco para mí.

-¿Intentabas desacreditarle cuando me dijiste que se lo habían hecho en la isla?

-En cierto modo, sí. Me dio envidia ver la admiración que demostrabas por él. Nunca me  dijiste a mí nada tan agradable.

-Lo hago en este momento, abuela, me rindo ante tu sinceridad.

Nos abrazamos y las dos dijimos lo mismo: “el retrato del bisabuelo ha destruido muchas barreras entre nosotras”. Lo que nunca entendí, pero no me atreví a preguntarle fue por qué, si sabía toda la historia del retrato, me la había ocultado. Su disculpa no me convenció en absoluto, pero no quise violentarla más. Lo conservé durante muchos años, pero sin saber cómo desapareció en el último traslado que hice de casa, causándome un gran disgusto.

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Un día especial

Me llamo Juan Antonio Valle Bustamante y creo que no habrá demasiados hombres en Salamanca, lugar donde nací, que hayan tenido tantas posibilidades como yo de ser  mimado, inútil y atontado, porque, para mi bien o mi mal, soy hijo, nieto y sobrino único, con el agravante de que no tuve jamás un referente masculino: me criaron la abuela Dolores y mis tías Virtudes y Olvido.

Mi madre, Soledad Bustamante Rivas, murió al nacer yo, y mi padre me dejó, creo que con alivio, al cuidado de la abuela. Él era madrileño, estaba en Salamanca de forma accidental. Como ingeniero de minas,  buscaba junto con su equipo los yacimientos de wolframio que, al parecer, había en la zona. Conoció a mi madre, se enamoraron, se casaron. La última parte ya la he contado.

Encontraron la veta del mineral pero, como no era muy importante, la explotación no resultaba interesante, y el proyecto se abandonó. Mi padre volvió a Madrid y se casó de nuevo. Poco más puedo decir de él porque, de manera insensible, fuimos dejando de vernos hasta perder totalmente el contacto.

La abuela Dolores era todo un carácter. Fue mi padre y mi madre. Creo que jamás siguió las normas de aquella sociedad provinciana a la que provocaba constantemente. Ella y mis tías tenían un excelente humor, reían con facilidad.  Para mí inventaban juegos que eran la admiración de mis amigos, que siempre querían venir a jugar conmigo. Jamás ponían  inconvenientes, y la casa se llenaba de risas. Yo sabía que podía jugar lo que quisiera, pero tenía que estudiar después. La abuela en eso era inflexible.

Las tías actuaban como unas mujeres modernas: montaban a caballo, en bicicleta y conducían el viejo coche, es decir, estaban al día. Lo que no tenían era novio, pero no parecía preocuparlas. Sabían resolver sus problemas y, como su madre, se reían de las costumbres y usos pasados de moda. Se reían hasta de sus melancólicos nombres, elegidos por la abuela con intención. Las quiero y las admiro.

Viví una infancia feliz, estudié, jugué, crecí, en una palabra hice todo lo que un chico normal suele hacer. Siempre tuve buenas notas y la abuela me decía que debía ser ingeniero, pero yo era amante de las letras y odiaba los números, por eso elegí derecho, que era la siguiente carrera en el orden de sus preferencias con la que me podía olvidar de ellos. La realicé con buenas notas y sin costarme gran esfuerzo.

Se celebró con mucha alegría el fin de mi carrera. Hicimos hasta una fiesta a la que vinieron mis amigos y amigas y los de la abuela y los de las tías también. Yo creí que iba a ser un aburrimiento, pero debo reconocer que la gente mayor era muy animada. Pusimos música y salió todo el mundo a bailar con mucha gracia. La merienda estuvo soberbia, lo único que no me gustó fue que la abuela solo permitió de bebida limonada y, cuando me quejé, me dijo: “Es la única manera de que a nadie le siente mal la bebida y se ponga patoso”

Disfruté unas estupendas vacaciones: fui con mis tías a Santander. Conocer el mar me pareció emocionante. No me cansaba de mirar sus cambios de color, su fuerza, su poder. Hicimos excursiones a los pueblos cercanos, todos ellos preciosos, y por las noches bajábamos al salón del hotel donde se bailaba y había un ambiente muy agradable. Las tías hicieron amigos enseguida y a los pocos días parecía que estábamos en casa. Pasamos allí tres semanas y me costó marchar. Mi vida de estudiante terminaba en ese punto. Empezaba a ser un adulto, tenía veintidós años y sentía un poco de angustia ante la nueva etapa de mi vida.

El primer día de septiembre la abuela me llamó. Estaba en el salón y las tías también. Sin dar rodeo alguno fue directa a lo que le interesaba y me dijo: “Hijo, desde que nos hicimos cargo de ti vengo pensando en tu futuro. Parecía muy lejano, pero yo sabía que el tiempo vuela. Por eso empecé desde entonces a guardar dinero para que no tuvieras problemas económicos en tu vida. Hoy tienes una cantidad que te permite montar tu propio despacho donde te guste más”

No supe qué decir. Debía sentir gratitud, pero me invadió un profundo rencor hacia aquella mujer que parecía saberlo todo, tener la solución para todo. La odié. Sólo supe dar las gracias y pedir que me permitiera pensar un par de días la proposición. Después salí de la habitación dando un portazo y me fui a la calle. No quería ver a nadie, necesitaba pensar cómo actuar, porque tenía mis proyectos. Había hecho una carrera, por si acaso, pero mi idea era otra.

Yo, como todos los humanos, tenía un sueño: ser escritor. Nunca había escrito, pero sabía que llevaba ese don en los genes. Veo la blanca hoja de papel y siento que es mi campo de trabajo. Mi apellido Valle no dice nada por si solo pero, si añadiera Inclán, todo el mundo se descubriría. Sí, yo soy bisnieto de D. Ramón María del Valle-Inclán y siento la llamada literaria aunque, debido a la falta de contacto con mi padre, no conocí a ningún otro Valle. Por otro lado también soy nieto de Dolores, esa estupenda mujer que me cuida en el presente y, mientras lo hace, piensa además en mi futuro. No puedo defraudar a ninguno de los dos.

Pasé dos días horribles buscando una solución que diera satisfacción a todos Y al fin se me ocurrió poner el despacho con dos compañeros que trataban de hacerlo, pero les faltaba dinero. Yo lo puse con la condición de que no trabajaría, para poder escribir. Y ha sido esa la combinación perfecta, combinación que no conocía la abuela. Los tres hemos trabajado mucho y bien. Ellos han logrado empezar a ser conocidos,  que nuestro despacho goce de cierto nombre y yo he conseguido escribir mi primera novela: “Virtudes, Olvido y Dolores, mis tres amores”, que, en tono de humor, cuenta la vida de estas tres maravillosas mujeres a las que debo todo lo que soy. La crítica y el público la acogieron con entusiasmo y ya va a publicarse la tercera edición.

Hoy, 30 de enero de 1950, es un día muy especial para mí. Mi editorial me pidió que hiciera la adaptación de la novela para el teatro, y aquí está lo que hice. Hoy va a ser la primera representación de ella y ustedes los primeros espectadores. Perdonen si la introducción, a modo de prólogo con pequeñas pinceladas de mi vida, les ha parecido larga o innecesaria. Una fuerte ovación ahogó mis últimas palabras.

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La casa de Juan

Me gustaba mucho la casa de mi amigo Juan y siempre que podía iba a jugar  allí. Estaba en las afueras de nuestro pueblo, un viejo pueblo castellano, donde había aún gente buena y sencilla por un lado y gente engreída y con prejuicios por otro, y digo esto porque esta circunstancia tuvo mucha importancia en mi vida. Juan, mi amigo del alma, y yo pertenecíamos a clases distintas, para nosotros eso nunca contó pero mis padres, por ejemplo, no lo asimilaron jamás.

Pasaré por alto ese problema porque no afectó jamás a nuestra  amistad y evocaré aquella casa, de la que no puedo definir donde estaba su encanto para mí. Era muy sencilla, muy parecida a otras del pueblo, pensándolo bien tal vez el encanto estuviera en sus habitantes. Me daba sensación de armonía y de paz. En verano sobre todo parecía un oasis en medio del desierto, los campos que la rodeaban estaban entonces secos y amarillos, ella en cambio aparecía toda verde: verde el seto de aligustre, verdes los árboles, los rosales, los geranios y, por ser verdes, hasta las rejas de sus ventanas.

La casa no tenía nada de particular, me refiero a su forma. Era rectangular, con tejado rojo, pintada de blanco y de una sola planta. Se adornaba por delante con un porche y una amplia terraza de forma alargada. Allí, María, la madre de mi amigo, tenía sus geranios en tiestos pintados de colores: los había rojos, amarillos, azules y verdes que ponían una agradable nota de color en terraza y ventanas.

Detrás había un rústico cenador con emparrado y un pozo que daba agua a la casa. Aquello me hacía mucha gracia: un motor subía el agua del pozo a un depósito colocado sobre el tejado y de allí pasaba a la casa. Cándido, el padre de Juan, me lo explicó muy orgulloso por tener agua corriente, que pocas casas en el pueblo la tenían. Había además un pequeño huerto, que él cuidaba con esmero y conseguía frutos estupendos de una tierra que no era apropiada para ellos.

Las habitaciones eran amplias y luminosas; el mobiliario, sencillo, pero poseía algo especial, que entonces no sabía definir, y que hoy llamo calor de hogar. Juan era el pequeño de la familia, y los dos teníamos once años, sus tres hermanos mayores trabajaban ya. Yo era hijo único y mis padres, los más ricos del lugar, no querían mi amistad con Juan porque tenía una categoría social inferior y eso contaba mucho para ellos. Yo, sin embargo, le consideraba mi hermano y él pensaba igual.

Los padres de Juan me parecían perfectos: siempre tenían un momento para nosotros. Recuerdo las meriendas en la espaciosa cocina de aquella casa ideal. Mientras María preparaba generosas rebanadas de pan con mantequilla y azúcar, Cándido cargaba su pipa y se sentaba a fumarla charlando con nosotros de las cosas más diversas, se interesaba por lo que hacíamos en el colegio y, cuando había frutos para recoger en el huerto, nos dejaba ir con él, nos permitía cogerlos, nos hablaba de sus cualidades y  algunas veces comíamos alguno fresco, recién cogido de la planta.

Siempre se me hacía tarde cuando estaba allí. Cándido sacaba entonces su vieja moto y me llevaba a casa, donde me esperaba una regañina que no escuchaba. Me distraía pensando en el mimo con que María me ponía el gorro y la bufanda de Juan para que no me enfriara, porque la moto es muy traicionera, decía. Mis padres no tenían un solo detalle de ese tipo, vivían obsesionados con las clases sociales, para ellos Juan y su familia eran un peligro para mí; yo, por el contrario, pensaba que eran  un cálido refugio, la compañía perfecta.

Una de esas noches que llegaba tarde me dieron la noticia: el próximo curso iría interno a un colegio. Lloré, supliqué, amenacé, pero no conseguí nada. Me sacaban del pueblo, iría a Salamanca, se acabarían las amistades peligrosas. Comprendí que no iba a lograr nada con mis lamentos, todo estaba bien pensado y mis protestas de nada servirían.  Decidí por tanto disfrutar el momento, y cuando llegaron las vacaciones estaba todo el día en casa de mi amigo.

Pasé grandes ratos grabando en mi mente las cosas que más me gustaban de la casa y hablé mucho con Juan. Él pensaba que llevarme interno era una injusticia y que, si todo lo hacían para separarnos, se equivocaban: seríamos siempre amigos. Entre risas y llantos llegó el día de la marcha. Fueron todos a la estación: mi familia y la suya. Mi madre no les saludó y me pareció fatal, una humillación que nunca le perdonaría; yo, para compensar, los besé a todos varias veces.

El colegio no se parecía en nada al del pueblo y me costó adaptarme, pero terminé el curso con buenas notas. Al principio me aislé bastante porque ninguno de aquellos chicos se parecía a Juan, siempre estaban hablando de las cosas que tenían y del dinero de sus padres, pero al cabo de unos meses hice buena amistad con dos de ellos, y aún la mantengo.

En una de las cartas de Juan había unas palabras, que me dejaron muy intranquilo, decía así: “Todo el mundo está muy contento, por fin hacen la carretera que comunica nuestro pueblo con la ciudad. Nosotros estamos tristes dentro de la alegría que la noticia nos da, porque el pueblo mejorará mucho con ella, pero atraviesa nuestra tierra y nos tenemos que marchar de allí. Creo que la casa desaparecerá, lo que no sé es cuándo”.

No podía ser cierto lo que había leído: que hicieran la carretera, pero me parecía que había sitio para todo, seguro que no tocarían la casa. Juan en ocasiones es un poco exagerado, pensaba. No fui al pueblo hasta el verano, mis padres vinieron a pasar las vacaciones de Navidad y Semana Santa conmigo. No me atreví a preguntarles lo que podía pasar con la carretera y la casa de mis amigos. Juan no me volvió a decir nada y yo  tampoco pregunté, creo que por miedo.

Y por fin llegó el verano, las vacaciones y las notas. Las mías ya dije que fueron buenas, y mis padres estaban tan contentos que hablaron de darme un premio. Acepté encantado y pedí que nos fuéramos al pueblo enseguida. Se sorprendieron pero cumplieron lo prometido. Escribí a Juan y traté de ser amable con ellos el tiempo que pasamos en la ciudad. Me dieron un poco de pena, al fin ellos hacían lo que les parecía lo mejor para mí, de eso estaba seguro.

¡Qué alegría me dio estar de nuevo en casa! Lo primero que hice fue ir al encuentro de mi amigo: saludos, risas, comentarios y después…la mala noticia: ya no vivían en la casa, se habían mudado en enero.

-¿Cómo no me avisaste?

-Para evitar que pasaras malos ratos.

-¿Dónde vives ahora?

-En una casa del pueblo, mis padres la arreglaron y está muy bien.

-Vamos a verla

-No tiene nada especial, es como las demás.

-Me refería a la de antes. Vayamos.

-¿Para qué? esa ya no es nuestra, está destrozada.

-Yo necesito verla. Acompáñame por favor.

Vino de muy mala gana. Hicimos en silencio el camino, que antes recorríamos felices y bulliciosos, lo empezamos con un paso ligero que se fue haciendo cada vez más lento, yo porque temía el encuentro, Juan porque temía mi reacción. Al fin la casa apareció ante mis espantados ojos.

Mi primer pensamiento fue lo triste y deprimente que es una casa deshabitada. La que antes fuera un oasis había palidecido: su seto y sus árboles se habían emparejado amigablemente con las amarillas hierbas, que crecían desmesuradas por todas partes; los rosales parecían zarzas de duras espinas, que se aliaban para hacer el jardín intransitable; la parra casi seca mostraba con timidez unas hojitas verdes en lo alto; las ventanas me parecieron bocas abiertas en un grito de protesta, sin rejas, ni cristales, ni tiestos de colores. Me asomé por una de ellas: todo estaba sucio y polvoriento, no había un solo detalle que hablara de nuestro paso por allí. La idea me deprimió más aún. Miré hacia el huerto: no había ninguna planta, unos aparatos desconocidos lo ocupaban, no quise seguir más tiempo viendo aquel desastre.

Llamé a mi amigo con fuertes gritos para desahogar mi rabia y mi pena. Acudió rápido, como si hubiese estado esperando mi angustiosa llamada, no dijo nada, me cogió del brazo y me sacó de aquel lugar, que ahora nos resultaba extraño.

La casa de Juan sucumbió ante el progreso, su lugar lo ocupa hoy una amplia carretera, y en el huerto, que Cándido cuidaba con tanto esmero, hay bloques de pisos, pero Juan y yo, que seguimos siendo amigos, mantenemos clara su imagen en nuestra mente y su recuerdo imborrable en nuestros corazones, y allí permanecerá sin cambios y para toda la vida, como nuestra amistad.

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Va de teatro

Domingo, tarde lluviosa, aburrimiento, tal vez pensando en el fin de la fiesta y el comienzo de una semana de trabajo. No tengo ninguna actividad prevista, pero necesito moverme. Me lanzo a la calle sin rumbo, avanzo por una al final de la cual se ven luces que anuncian  un espectáculo. Me decido en un momento: voy a verlo. Se trata de una obra de teatro de un autor novel. La sala sin embargo es muy antigua. Compro una entrada y paso al patio de butacas que está completamente lleno. Casi al mismo tiempo que me siento se alza el telón.

El decorado es lujoso. Representa un amplio salón de estilo moderno por donde, a grandes zancadas y haciendo grandes aspavientos, se pasea un hombre joven vestido de etiqueta que grita: “¡Esto no puede haberme pasado a mí, a mí, que siempre tuve a las mujeres a mis pies, no puedo creer que, cuando me decido a sentar la cabeza y elijo a una para compartir con ella el resto de mi vida, me deje plantado y ante el altar! Parecía tan enamorada, tan feliz conmigo que consiguió ilusionarme, me hizo añorar el hogar, los hijos, la calma. Estaba todo tan hablado, tan claro para los dos.  No lo puedo entender”.

Cesa en los paseos, se sienta en un sillón con la cabeza entre las manos y dice en un susurro: “Tais, Tais, mi dulce y adorada geisha, vuelve a mí, dime que todo ha sido un sueño, que estás dispuesta a compartir conmigo el resto de tu vida. Yo no puedo ya  seguir adelante sin ti, sin tu compañía. Eres mi perfecto complemento, eres lo que yo necesito: varias mujeres en una, delicada y fuerte, dura y tierna, mimosa y adusta, coqueta y seria, apasionada y fría, amante y amiga, compañera, todo, todo eso y más eres para mí desde que te conocí en el frío y triste hospital de Tokio, donde me llevaron cuando tuve aquel terrible accidente de coche, durante las vacaciones más aciagas y a la vez más felices de mi vida, y donde tú estabas por casualidad. Habías ido a buscar a tu padre que era médico allí. La atracción entre nosotros fue instantánea. Tu padre curó muy bien mis heridas y, al saber que estaba solo en la ciudad, me hizo el regalo de tus visitas.

Estuve allí tres meses. Tú venías a diario. La atracción primera se fue convirtiendo en un cálido sentimiento que nos hizo pensar a los dos en vivir juntos para siempre. Hablé con tu padre, viniste aquí, conociste a mi familia, mis amigos, mi trabajo. Sabías mis antiguos devaneos: no tuve secretos, para ti fui transparente. Si tú estabas de acuerdo con todo, por qué este horrible comportamiento, esta humillación, este dolor innecesario para todos. Si no te parecía bien alguna cosa, por qué esperar al último día para tomar   tan drástica decisión. No puedo creer que tú, tan delicada y angelical, hayas podido maquinar una venganza tan cruel, una venganza tan humillante para una familia, no solo para mí, que tanto te admira, que tan bien te acogió y te trató.

La puerta del salón se abre sigilosamente y con igual sigilo se cierra dando paso a un hombre maduro y apuesto, igualmente vestido de etiqueta, que se acerca al joven y le presiona suavemente el hombro.

-Carlos, hijo, ánimo, hay que hablar con los invitados.

-Yo hablar,  ¿para qué?  ¿para decirles que me han tomado el pelo o, peor aún, para decirles que me han dado una lección? No, no hablaré.

-Hijo, por Dios, sé valiente. No hagas que la gente crea que eres un donjuán y cobarde

Carlos mira a su padre con gesto compungido y dice: está bien, daré la cara, pero realmente nada puedo decir, porque nada sé de los motivos que ha podido tener Tais para tomar una decisión tan extrema.

 -¿Estás seguro? No hay otra mujer que pueda tener razones para hablar con ella y hacerle saber tu verdadera personalidad. Reconoce que tu vida ha sido una sucesión de calaveradas, algunas muy sonadas, muy dolorosas para quien las tuvo que sufrir. Recuerda que más de una vez has anunciado un compromiso y cuando empezaban los preparativos te has vuelto atrás, sin poder alegar motivos lógicos que avalaran tu decisión, que parecía más bien la de un niño caprichoso y aun sin escrúpulos.

 -Tu boda es un acontecimiento en la ciudad. Sé que hasta se han hecho apuestas sobre si te casarías o no. La mitad de los invitados han venido solo para saber de primera mano la solución al dilema. Reconocerás que si esto llega a oídos de una mujer, por muy enamorada que esté, la puede hacer dudar, hasta puede hacer que despierte en ella la idea de vengar a esas otras mujeres burladas y sumidas en la tristeza más terrible, de hacerte sentir el mismo dolor que tú causaste.

-Tal vez estés en lo cierto, pero ella sabía que yo no había sido un santo, conocía   toda mi vida.

-¿Toda, Carlos? ¿Sabía tu relación con Malena y sus consecuencias?

-No. Eso es lo único que no le conté.

-¿Y te parece, si se ha enterado, poco motivo para dejarte plantado?

-Malena tenía firmado un pacto conmigo: ella callaría siempre.

-Claro, hijo, termina la frase. Callaría siempre que tú no adquirieses otro compromiso. Recuerda que tú alegabas para eludir tus obligaciones incapacidad para una convivencia permanente debido a que padecías  inmadurez mental, y lo más trágico es que yo, tu padre, conociendo tus aventuras, firmé eso como psiquiatra. Fue una actuación indigna. Solo el deseo de un padre por solucionar los problemas de su hijo la puede disculpar.

-Padre, no tienes motivos para sentir remordimientos. Fuiste muy generoso con ella: tiene todo lo necesario para llevar una vida digna, más que digna, holgada.

-Sí, hijo, sí, pero una compensación económica no nos exime de nuestra responsabilidad moral, procura no olvidarlo. Puede que si lo hubieras tenido presente, la situación actual no se habría dado. Malena ha podido reclamar siempre los derechos de esa hija de la que tú nada has querido saber, pero que puede fácilmente demostrar que es tuya, ha podido enternecer el corazón de Tais pidiendo un padre para ella. En fin, hijo, tiene muchas cosas para poder hacerte daño.

-Vale ya, papá. Esto es insoportable. Como sigamos así, tendrás que firmar mi ingreso en el psiquiátrico. Vamos a dejar de hacer conjeturas. Pero sí me gustaría saber si no te parece muy extraño que Tais quisiera venir sola a la capilla, según nos ha comentado su padre, que era su acompañante. Se lo pidió casi con histerismo, y luego aquella mujer oriental anunciando que Tais no vendría ¿no te resulta muy raro?

-Esa joven no es ninguna desconocida para Tais y tú deberías saberlo. Es la dueña de una casa de modas que ella visita con frecuencia y según me dijo tu madre iba a vestirla de novia.

-Estás al día en todo.

-No. Simplemente me intereso por las personas, pero eso de que quisiera venir sola sí me parece raro o por lo menos una extravagancia impropia de Tais.

-Padre, nunca hablamos del tema. Tal vez no sea este el momento para hacerlo, pero quizá por lo que ha ocurrido deseo más que nunca saber tu opinión sobre Tais. ¿La encontrabas adecuada para mí, para nuestro mundo?

-Sí. La encontraba perfecta. La mujer oriental tiene una infinita capacidad de adaptación, ha sido educada para complacer. Hasta la más moderna, la más independiente, la más desligada de las tradiciones sigue teniendo esas cualidades. Reconozco que cuando la traté sentí un poco de envidia. Es tan agradable que te cuiden y te mimen de esa manera tan sutil, tan delicada que ella tiene que te consideré afortunado. Tu madre también lo veía así. Nos preocupaba un poco su adaptación a nuestra sociedad, a nuestras costumbres sobre todo, pero las  asimiló perfectamente.

-Me alegran y me tranquilizan tus palabras, ya estaba empezando a pensar que me había equivocado en la elección.

Bien, Carlos, no podemos alargar más esta conversación, tenemos que reunirnos con los demás, cumplir lo mejor posible con todos, demostrar que tenemos entereza y clase. No quiero escenas violentas. Ante cualquier comentario desagradable, sonrisa y la misma contestación que a los demás: estamos consternados y ansiosos por tener una explicación de Tais. De momento no sabemos el porqué de su actuación, pero tan pronto como tengamos alguna noticia la comunicaremos a todos.

Los dos hombres se levantan y se dirigen al otro extremo del salón donde, a través de unos amplios ventanales, se vislumbra un hermoso jardín decorado y engalanado para una fiesta, preparada para unos invitados que ya empiezan a llegar. Cae el telón.

Se encienden las luces. Me levanto para salir a fumar un cigarrillo y echar una ojeada al programa. Mi precipitad decisión me ha hecho ver este primer acto a ciegas y  quiero ponerme más en situación. Es una obra en dos actos, la primera que pone en escena el autor. De momento me parece un poco “floja”, pero ya tiene su mérito escribir una. Observo con detenimiento el teatro, debe de ser de los pocos que se conservan sin reformas. Según leo en el programa se construyó a mediados del siglo diecinueve y me gusta. Es más incómodo, no cabe duda, pero tiene una gracia especial. Absorta en mis pensamientos, no me doy cuenta de que ha pasado el tiempo del descanso y ya suena el timbre  que lo anuncia. Vuelvo a la sala.

Cuando se alza el telón, el escenario se ha transformado en un maravilloso jardín. Me produce una grata impresión el decorado por el efecto de amplitud que crea y el colorido tan armonioso. Los invitados están entrando y amables camareros los colocan en el sitio oportuno. Carlos y su padre pasan también al jardín y se reúnen con el resto de la familia tras un breve cambio de impresiones. Carlos indica  que empiecen a servir y él y los suyos van saludando a todos. Se nota que son, a juzgar por su porte y sus modales, de una clase social alta: lujosos trajes, joyas rutilantes, pausados movimientos, suave tono de voz, un toque de armonía y buena educación los distingue.

No obstante, la curiosidad es algo inherente a la naturaleza humana y la maldad y la ironía también. No son propias de una u otra clase social y por esta razón se aprecian miradas que quieren ser compasivas, pero que no lo son; palabras que quieren ser de consuelo, pero que no suenan a eso; y disimulados comentarios a espaldas de Carlos que parecen de crítica. Carlos lo advierte pero, aunque sea un calavera, le sobra clase y estilo para sonreír, decir palabras amables y agradecer la compañía de todos, haciendo oídos sordos a  las palabras necias que ha escuchado.

De entre los invitados se destaca un grupo formado por cuatro elegantes señoras y un caballero que trata con disimulo de llamar la atención de otro. Cuando lo consigue, le invita a reunirse con ellos, lo que hace de muy mala gana. Las señoras son las esposas de personas importantes de la ciudad; el caballero, un afamado psiquiatra, es el esposo de una de ellas; el llamado a este “pequeño comité”, un íntimo amigo de Carlos, razón por la que no quería saber nada con aquellas señoras de inofensiva apariencia, pero cuya capacidad para hacer juicios, y no buenos, sobre los demás era conocida por todos.

-Fernando, dice el caballero, tú que conoces bien la vida de Carlos, cuéntale a estas insaciables curiosas cómo, dónde y cuándo conoció a esa japonesa que tan mal se ha comportado. Me vuelven loco con sus conjeturas.

La más joven del grupo, con una expresión que quiere aparentar interés y preocupación por Carlos, dice.

-Te aseguro que me gustaría conocer la historia verdadera para poder cerrar muchas bocas, porque se oye decir que la conoció en un “salón de té.”

-A mí me han dicho, interviene otra de las damas, que era animadora en una especie de “cabaré” japonés de muy mala fama.

-Claro, comenta con ironía una tercera, el sitio preferido de Carlos.

-La cuarta dama exclama: eso no es nada. A mí me han asegurado que la encontró en la calle y que tardó tanto tiempo en volver porque la estuvo poniendo presentable, que lo del accidente es mentira.

Fernando las mira asqueado y calla. Ellas, una vez abierto el frasco de la maledicencia, se embriagan con su perfume y hablan sin parar, se quitan incluso la palabra. Cuando al cabo de un buen rato callan, preguntan:

-Fernando, y tú ¿qué opinas?

-Con fina ironía él responde: señoras, me rindo ante vuestra sabiduría, pero con amistades así no necesita Carlos tener enemigos. Se inclina saludando y se va sin decir nada más dejando a las damas boquiabiertas.

A pesar de la existencia de personas como estas, la fiesta transcurre sin incidentes. Carlos y su familia tienen allí a muchos de sus buenos amigos, esos que sienten de verdad el mal momento que están pasando y  prestan toda la ayuda que les es posible, comportándose con la misma naturalidad que si la boda se hubiese celebrado. Fernando ha demostrado ser uno de ellos. Va a saludar a Carlos, pero no hace ningún comentario sobre la conversación anterior. Se ofrece, eso sí, para hacerle un rato de compañía cuando termine la fiesta. Su amigo le da un fuerte abrazo, mas  no contesta.   

Una señora de edad madura y de porte majestuoso, diría yo, se acerca al joven, le da un cariñoso beso y le dice con dulzura:

-Lo siento de todo corazón. Siempre pensé que te merecías un escarmiento, pero esto me ha parecido demasiado fuerte, entre otras cosas porque no te hace daño solo a ti, afecta a toda la familia y no me parece justo.  

-Eres maravillosa. Me parece increíble que precisamente tú, que tanto has sufrido por mi causa, me compadezcas. Sabía que me tenías afecto, pero no podía pensar que pudieras pasar por alto el daño que hice a tu hija.

-Confieso que hubo un tiempo en que te odié, pero el odio no le sentaba bien a mi corazón y luché para dejar de hacerlo. Me dije que lo que había pasado era cosa de dos. Malena tenía tanta culpa como tú y si a ella la quería a ti también. No sabes lo feliz que me hizo llegar a esta solución. Por otro lado Malena sola no hubiera podido hacerme un regalo tan grande, a mí y a todos. La niña es un tesoro, además nos hizo mucho bien salir de esta ciudad. Tú ya tienes, aunque no lo creas, el castigo de no vivir su vida, no tengo por qué castigarte yo también.

-Gracias, Beatriz, gracias de todo corazón. Me gustaría, ya que tú has mencionado el tema primero, saber si  crees que Malena podía haber hablado con Tais de nuestra relación y de su consecuencia, haberle hecho creer que yo tenía que cumplir un compromiso.

-Tajantemente, no. Malena desde que tuvo la primera vez en brazos a vuestra hija solo ha tenido un temor: que se la pudieras quitar. Por eso su pensamiento es no hacer ruido, no molestar. Es imposible que quisiera hacerte daño, aunque solo fuera pensando en si tú tomarías represalias. Además ella es feliz, muy feliz, y las personas felices no encuentran nunca motivos para hacer mal, y piensa como yo que le has hecho el mejor regalo de su vida.

Beatriz y Carlos se funden en un fuerte abrazo. Los padres de Carlos vienen también a saludarla, la abrazan con la misma fuerza y le agradecen su comprensión y su bondad. Esta noble señora es hermana del padre de Carlos, pero solo de madre, y siempre mantuvieron una buena hermandad. Realmente Malena y Carlos eran primos, nadie podía imaginar una relación amorosa entre ellos, pero la hubo, y su consecuencia fue una niña de la que él nada quiso saber. Fueron los padres de ambos quienes arreglaron la situación y nadie conoció nunca la verdadera razón por la que Malena y su familia se marcharon a vivir a otra ciudad.

La relación entre ellos dos dejó de existir, pero el resto de ambas familias la mantuvo sin ningún tipo de problemas. Pensaban que los dos eran igualmente responsables. Carlos en aquel momento creyó que Malena trataría de hacerle daño y la hizo llegar al pacto ya mencionado, pero nunca existió ningún enfrentamiento. Beatriz se despidió y se marchó enseguida, no quería estar mucho tiempo en este lugar, saldría de viaje esa misma noche.

La fiesta continúa. Siguen por parte de los verdaderos amigos las expresiones del deseo de que todo se arregle. Carlos empieza a sentirse cansado y da muestras de ello. Su padre, que está en todo momento pendiente de él, se acerca.

-¿Qué sucede Carlos?

-Nada, padre, estoy un poco agotado. Me gustaría terminar con esta farsa ya para ir en busca de Tais. No puedo dejar de pensar en ella, me obsesiona la idea de que en esta reacción tan ilógica exista algún tipo de chantaje, de presión por parte de personas que quieran hacernos daño y la utilicen a ella. Empiezo a sentir miedo.

-Está bien, hijo. Trataremos de terminar lo antes posible, pero abandona esas ideas. Afortunadamente no tenemos enemigos tan grandes como para forzar a nadie a llegar a una situación así. Vuelve a pensar como al principio: esta es una reacción provocada por un sentimiento. Hazme caso, valora mis conocimientos del alma humana.

El padre se aleja. De pronto se hace un silencio absoluto, cesan todas las conversaciones, las miradas se dirigen al paseo central del jardín por donde avanza con paso ligero pero armonioso la joven oriental que anunció en la capilla la decisión tomada por Tais. Es una mujer verdaderamente hermosa, pero su hermosura no está en unas facciones perfectas o un cuerpo escultural, su hermosura está en una especie de grácil armonía, de perfecta combinación de todos sus movimientos, es difícil definirla. Se sabe observada, pero no se altera: la serenidad es otro componente de su belleza. Sonríe suavemente, inclina la cabeza a modo de saludo y se dirige a Carlos que, pálido y tembloroso, le tiende la mano y le ruega que hable. Con una voz dulce y cantarina la joven dice:

-Yo no tengo nada que decir, sólo vengo a traer esta carta de Tais para usted, y acercándose a Carlos le entrega un sobre.

Sin esperar un momento se despide y desaparece de la vista de todos caminando con ligereza. Carlos entra en el salón, se sienta en una butaca, respira hondo unos minutos tratando de serenarse y abre el sobre. La carta que contiene no es muy extensa, la letra es de Tais no le cabe la menor duda, grande y picuda, el trazo es firme, parece que estaba muy serena cuando la escribió, tiene la fecha del día y dice así:

Adorado Carlos: estaría toda mi vida pidiéndote perdón y no sería bastante, lo sé, para compensar el dolor que te voy a causar. Como puedes suponer mi decisión está muy pensada y obedece a motivos muy serios. Me habría gustado no tener que llegar al día de hoy para tomarla, pero las  circunstancias así lo han querido y he preferido que sufras ahora un tiempo por mí que no toda la vida.

Carlos, estoy gravemente enferma, y la noticia la he sabido esta mañana. Cuando tú salías para la capilla ha sonado mi teléfono y a través de él he tenido la confirmación de mis temores. Hacía más de un mes que sentía unas molestias que me obligaron a consultar con el médico, un compatriota establecido aquí y de toda confianza. Los síntomas que tenía los conocía bien, eran los de una enfermedad hereditaria: dos hermanos míos ya muertos la habían padecido, yo tenía el mismo riesgo.

Deberías haberlo sabido antes de prometernos, pero tu amor me dio tanta vida que creí que me haría inmune a la enfermedad. Además no toda la familia la padecía, estaba segura de salvarme. Me han repetido las pruebas cinco veces porque no había resultados fiables. El doctor, en vista de esto, me aconsejó esperar antes de preocupar a nadie y así ha ido pasando el tiempo. Me encontraba bien, casi me había olvidado de la enfermedad, pero para estar más segura me hice una sexta prueba hace quince días. Los resultados los he sabido hoy.

Maria estaba terminando de colocarme el velo cuando ha sonado el teléfono. Ha sido un momento terrible, me he revelado contra el destino, he dudado sobre la decisión que debía tomar, al fin he tenido la  fuerza necesaria para desaparecer de tu vida. Lo demás ya lo sabes. Entiendo que pienses lo peor de mí, que pienses que no he sido honrada, pero puedes creerme sólo he sido una mujer enamorada que creyó que el amor todo lo curaba y que por ese mismo amor te abandona.

He pensado volver a Japón hoy mismo si tengo vuelo. Me llevo lo más imprescindible, el resto de mis cosas me las envías después tú, si te parece bien.

Adiós, amor de mi vida. Mi cariño y gratitud para toda tu familia. Tais  

Carlos sale al jardín con la cara demudada, su padre va hacia él con gesto interrogante, sin mediar palabra le tiende la carta que este lee con rapidez y con la misma rapidez actúa. Llama a Fernando y le pide que acompañe a Carlos al aeropuerto. Fernando pone con presteza  su coche en marcha y los dos jóvenes se van. Después con una campanilla llama la atención de sus invitados, los reúne y les dice: Queridos amigos,  quiero leeros esta carta con la que Tais trata de explicar su comportamiento. Todos escuchan con atención, impresionados unos, indiferentes otros.

Cuando termina la lectura, la mayoría se acerca al grupo familiar para expresar su pesar, algunos ofrecen su ayuda profesional. Los padres de Tais están destrozados, pero se mantienen con dignidad en su sitio. Ha pasado una hora escasa cuando se oye el motor de un coche. Todos corren a la puerta del jardín, del coche bajan los dos jóvenes  con cara de desaliento: no han conseguido encontrarla y lo raro es que el vuelo para Japón era esta madrugada. No ha debido, por lo tanto, salir de la ciudad, pero ¿dónde puede estar?

El padre de Carlos es un hombre de acción, no cabe duda. Con rapidez organiza con todos los que se ofrecen a colaborar equipos de búsqueda, que piensa deben ir a los lugares que Tais conoce de la ciudad, no demasiados ciertamente. Ella sólo ha vivido allí temporadas, su conocimiento es limitado. Todos siguiendo sus indicaciones se agrupan y se dirigen hacia la puerta del jardín para tomar los coches, pero una voz temblorosa los detiene.

Con sorpresa vuelven la cabeza hacia donde suena la voz, una especie de glorieta con un seto recortado que oculta perfectamente lo que hay detrás, de allí con paso vacilante sale Tais. Carlos corre hacia ella para sostenerla pues parece estar a punto de caer y llega a tiempo antes de que se desmaye. Ella con voz muy débil le dice:

-Perdóname, no he tenido valor suficiente para realizar lo que en la carta decía, no he podido salir de aquí.

-Carlos, estrechándola suavemente, le contesta: Bendita sea tu cobardía.

Cae el telón. Se oyen bastantes aplausos que salen del mismo lugar. Amigos del autor pienso, no obstante también aplaudo. La obra en esta segunda parte ha tenido su punto de sorpresa, de una cierta intriga que mantenía el interés. Actores y autor salen muy sonrientes a saludar.

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Cómo clasificar a la gente y por qué

La pregunta tiene, no cabe duda, mucha enjundia e invita a profundas meditaciones, pero en este momento no estoy yo para eso y prefiero hablar del tema con cierta ligereza.

Porque, vamos a ver, ¿quién es para mí la gente? Cualquiera de las personas que tengo a mi alrededor. Y ahora, en este momento, a quien tengo más cerca es a  mi compañera de piso. La observo. Una profesional eficiente, con un estupendo trabajo, un físico sensacional, cantidad de amigos y un  montón más de cosas buenas. Todo  visto desde fuera,  claro. Desde mi perspectiva de compañera de piso la visión  es otra. Veo una mujer cansada, con deseos de estar en silencio después de un duro día de ejercer como relaciones públicas, con la cara sin  maquillaje, el cabello lleno de rulos, la bata deslucida y las zapatillas viejas, su ropa más querida para estar en casa. Dejados a un lado todos los elementos que  durante el día le han dado un aspecto ”glamuroso”, mi compañera  me parece muy corriente, muy normal, muy del montón.

Sin embargo, cuando sale por la mañana de casa,  recién  peinada y maquillada, descansada, con su conjunto verde de Armani, agitando las llaves del coche mientras habla segura y convincente por su teléfono móvil, es la imagen de la vitalidad, la belleza,  la decisión, el bienestar, la fuerza, el optimismo. ¿Cómo clasificarla entonces? Qué curioso, ¿verdad?  Es muy difícil clasificar a nadie, no hay criterio que sea perfectamente válido, que abarque  todas y cada una de las facetas que podemos mostrar cada uno de nosotros, cada uno de esos que llamamos “gente”.

Somos tan polifacéticos, para bien o para mal, que necesitaríamos un observador, o mejor, necesitaríamos que nuestro ángel de la guarda fuera en todo momento lanzando al exterior, para que nos conocieran y nos pudieran clasificar, lo que sentimos,  pensamos, queremos, lo que necesitamos dar y lo que necesitamos recibir. Y eso es muy difícil. Yo  no quiero pararme a clasificar, no me gusta el término, lo siento, prefiero pensar que todos somos únicos y maravillosos y que tenemos valores más o menos visibles, más o menos brillantes, más o menos útiles, que a todos y cada uno de nosotros, ”gente”, nos hacen ser!!!!!!!Inclasificables!!!!!!!!!!!.

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