Evocación. Última entrega

La historia de mis abuelos, bien analizada y estudiada, parece increíble, pero puedo asegurar que así fue y que, aunque en su momento hubiese habladurías, no afectaron al perfecto desarrollo de la vida de la familia, y que ahora esta relación nuestra tan estrecha y repentina a nadie sorprende tampoco.

El abuelo nos abandonó cinco años después, lo hizo dulcemente mientras dormía la siesta en su cómodo sillón, junto a la chimenea. Lo encontró la persona que cuidaba de él y de su casa. En sus manos tenía una carta dirigida a nosotras, que es un canto de amor a la vida. Decía así:

Queridas Marta y María o, como habría dicho vuestra abuela, queridos tesoros míos:

Quiero que sepáis lo que para mí habéis sido durante los años que ha durado nuestra relación como abuelo y nietas. El pudor, la timidez me impidieron decíroslo cara a cara, por eso recurro a la hoja de papel, una confidente discreta y fiel, a la que he contado mis penas e inquietudes en muchas ocasiones. Hoy, gracias a Dios, le contaré cosas dulces y agradables.

Cuando vuestra abuela murió, yo quedé como un árbol reseco y solitario en medio de un campo, sin frutos. Perdí con ella el centro, el motor de mi vida. Había hecho yo muchas cosas buenas, algunas importantes, pero por ella y para ella. Al quedarme solo, perdí la ilusión, casi la necesidad de hacer nada. La casa, la hacienda, algo que yo había considerado como mío aunque no lo fuera, al venderse, desapareció también.

Me recluí en mi antigua casa, tan llena de recuerdos de los primeros tiempos de nuestro amor, como un ermitaño. Un paseo a caballo y llevar rosas al cementerio eran mis ocupaciones. No tenía interés por relacionarme con nadie. Huí del mundo, pero el mundo del que huía me tenía reservada una nueva alegría: dos nietas, las únicas que conocen la historia verdadera y completa de sus abuelos. Con ellas volvió a renacer en mí la vida, la ilusión, el corazón volvió a esponjarse y se llenó con vuestro cariño, volví a reír, a vivir. Fue una pena que nuestras relaciones no pudieran ser más largas, pero han sido tan gratificantes que no tengo palabras para expresar mi gratitud a la vida, mi amor hacia vosotras. Se que lo entendéis, así que sobran más explicaciones. Os quiero. Pablo.

Enterramos a Pablo en la tumba de la abuela con el beneplácito de toda la familia, pues era un miembro de ella para todos. Ahora voy con mucha frecuencia al cementerio y, lejos de entristecerme, salgo de allí reconfortada, porque al fin, igual que sus almas estarán eternamente unidas en el cielo, sus cuerpos reposan en la tierra juntos para siempre.

 El fin corona la obra.

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relatos. Guarda el enlace permanente.

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s