Evocación. Novena entrega

Me levanté temprano y salí a respirar el aire puro y templado de aquella mañana de abril, poniéndome luego a recorrer el camino que me llevaba a casa de Marta. Me abrió la puerta Lupe que, como no me esperaba, primero me miró boquiabierta y luego me dio un fuerte abrazo mientras decía: por fin, por fin has vuelto. A sus gritos acudió Marta. Casi me desmayo. ¡Qué impresión! ¡Qué belleza! ¡Qué serenidad! Nos miramos largamente con avidez, con ternura. Lupe abrió la puerta de la salita y nos empujó hacia ella, donde pudimos al fin dar rienda suelta a nuestros sentimientos, y Lupe fue otra vez nuestra protectora.

Nada había cambiado en cuanto a nuestro amor se refería, cada uno seguía siendo para el otro único e insustituible, por eso decidimos hablar con don Gregorio y casarnos, aunque fuera el nuestro un matrimonio secreto, legalizar la situación de cara a nosotros mismos, los demás no nos importaban. La idea era más mía que de Marta. Yo creía que si mi paternidad no se hacía pública, mi matrimonio tampoco. Ella aceptó, un sacrificio por otro, dijo. Además, y eso lo pensábamos los dos, para los niños sería un trauma asimilar la idea de un padre en el cielo que de pronto aparece en la tierra. Cuando fueran mayores, se lo diríamos tal vez, ahora no. Esto, claro está, no ocurrió inmediatamente después de mi llegada, dejamos pasar un tiempo para madurar bien la idea – me he adelantado en el orden de los acontecimientos –. En aquellos diez años los padres de Marta habían muerto, y ella, dueña absoluta de casa y hacienda, había puesto las cosas a su gusto y, he de reconocer que el todo había mejorado. La casa había adquirido un aire más moderno y cálido, era sin duda un hogar alegre y acogedor. Para llevar la hacienda había un administrador, pero no había mayoral. Sus funciones las hacía Marta. ¡Qué valiente! Al preguntarle cómo había cogido ese cargo, me contestó riendo: No encontré a nadie que te pudiera sustituir. Me sentí feliz, sentí que empezaba una nueva etapa en mi vida y que la felicidad iba a presidirla al fin.

Enzarzado en esos deliciosos pensamientos no me di cuenta de la entrada en la habitación de los dos niños, a quienes Marta había ordenado traer. Ella dijo: Jaime, Fernando, este es Pablo. Ellos me dieron un beso como si me conociesen, con naturalidad. Yo los estreché con fuerza contra mi corazón.

Ante mi sorpresa por esa reacción, Marta dijo: Ellos sabían que tenían en Venezuela alguien que los quería mucho, habían visto tus fotos, saben lo que hacías aquí antes de irte. Entonces uno de ellos, no distinguí cual, dijo: Mamá siempre decía: Cuando venga Pablo os enseñará a montar a caballo. ¿Lo harás? Claro que sí, lo haré encantado. Y fue lo primero que hice: comprar tres caballos, porque yo tampoco tenía, y empezar las lecciones. Fue maravilloso, a través de ellas nos conocimos, aprendimos a querernos, se creó ese vínculo que yo esperaba, verdaderamente los ayudé en la tarea de hacerse hombres y tuvieron en mí un referente que procuré fuera el mejor. La vida al fin me premió, me permitió sentirme padre, vivir sus problemas, buscar la solución. Fue maravilloso.

Volví a ocupar el puesto de mayoral y vivía en casa de Marta, donde había sitio para todos. Esto dio lugar a habladurías a las que no hicimos caso, estábamos por encima de todo después de los malos ratos pasados, y las críticas cesaron.

A los seis meses de mi llegada, con Lupe y su marido como padrinos, don Gregorio nos casó un sábado a las once de la noche, con grandes precauciones, cumpliéndose por fin nuestro sueño. Contado así puede resultar algo extraño, pero os aseguro que vivido era todo de lo más natural. En la casa éramos una gran familia y la normalidad se notaba en todos nuestros actos.

Jaime y Fernando fueron buenos estudiantes, a los dos les gustaban las leyes, y eso estudiaron, aunque luego dieron a su carrera diferente orientación. Fueron muy precoces a la hora de tener relaciones amorosas y se casaron jóvenes. Vuestro padre, es decir, Fernando trabajaba en un afamado despacho de relaciones internacionales de Madrid. No necesito contaros la historia de vuestros padres, creo yo, ni la de vuestro tío. Su mujer fue siempre muy interesada para el dinero y eso a veces creó problemas, pero nosotros no le dimos mayor importancia. Ellos vivieron siempre en Salamanca.

Ahora ya conocéis toda la historia. Bueno, toda no, dije yo. No sabemos cómo fue vuestra vida una vez casados papá y el tío. ¿Qué cómo fue? Pues como la de cualquier matrimonio en esa circunstancia: la llegada de los nietos, la marcha de la hacienda y viajar. Hicimos bastantes viajes con el pretexto de mejorar la ganadería: recorrimos Europa y América. Fue para nosotros una válvula de escape.

¿Y vuestros hijos supieron la situación real? No, cada vez nos resultaba más difícil la explicación. Sois las únicas que conocéis la verdad y os ruego que así siga siendo. Y así fue, un secreto solo entre los tres, o por lo menos eso creemos. Mantuvimos a partir de entonces una estrecha relación con el abuelo, tal vez para aprovechar el tiempo perdido o tal vez por el presentimiento de que, pese a su apostura, tenía noventa años y no iba a ser eterno.

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