Evocación. Octava entrega

La semana pasó en un vuelo. Me vi junto a Marta ante la tumba de la abuela llena de rosas rojas, su flor preferida. Al cabo de un rato, vimos venir por el camino a un hombre alto, de pelo completamente blanco, pero todavía ágil y erguido, en sus manos traía un ramo de rosas. Nos miramos sin sorpresa, con ternura. Él musitó: Marta, María, y nosotras, entre sollozos, le abrazamos diciendo: abuelo, abuelo.

Pasado un rato, nos separó de él, buscó su pañuelo y secó con mimo nuestras lágrimas, arregló las flores sobre la tumba, movió los labios diciendo una oración y nos invitó a marchar con un: vamos a casa. Andaba con paso firme y ligero y con aire protector nos colocó bajo sus brazos. Su gesto me recordó aquella frase de Tagore: “Dios creó a la mujer de una costilla del hombre, la que está a la altura del brazo, para que tuviera un hueco donde cobijarse”. Fuimos al coche, me senté al volante y, siguiendo sus indicaciones, llegamos a la casa, que ya no quedaba a las afueras, como comentaba la abuela en sus cartas, pero que sí seguía oculta entre los árboles y perfectamente cuidada.

En el amplio salón había una chimenea encendida y junto a ella unas cómodas butacas. El abuelo nos invitó a sentarnos y nos preguntó si queríamos tomar algo. Dijimos que no, solo teníamos deseos de saber más de nuestra historia. Él cogió una copa, se sirvió un poco de anís y se sentó. Nos miraba sin hablar. Al fin tomó la palabra diciendo: ¡Cuánto he deseado toda mi vida un momento así! Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Me senté a sus pies, apoyé la cabeza en sus rodillas y le pregunté: ¿Qué pasó con Juan y Sergio? Conozco la historia hasta la noche en que el padre de la abuela se puso enfermo y Juan salió con el coche a toda velocidad. Ahí termina mi conocimiento. ¡Qué bueno habría sido que terminara ahí y así! Pero lo que ocurrió fue terrible. Él fue a buscar a Sergio. Nadie sabía sus intenciones. Equipaje no llevaban; dinero, sí. Iban hacia Portugal, pero ya casi en la frontera, al entrar en un puente y debido al exceso de velocidad, perdió el control y el coche cayó al río. Murieron los dos juntos, al menos tuvieron ese consuelo, no sufrieron el tormento de la separación. El coche, con ellos dentro, quedó entre las grandes rocas que bordean el río. El rescate fue una auténtica odisea, duró dos días, todo el mundo habló del accidente, solo Marta y yo presentimos otra intención en aquella huida, pero eso solo Dios lo sabe. Marta quedó en una situación angustiosa: viuda, esperando un hijo, con un padre enfermo, una madre poco acostumbrada a resolver problemas y un amor oculto que, en aquella situación, no podía salir a la luz. Don Gregorio, nuestro único confidente, así nos lo aconsejó, pues podría dar lugar a un sinfín de problemas, incluso con la justicia, de modo que mi hijo sería el de Juan y mis nietos, si los había, suyos también. Me producía malestar la idea, rabia, pero por Marta yo era capaz de todo y, claro está, también de eso. Trabajé como si la hacienda fuera mía, a ella la cuidé y la mimé. Marta actuaba con decisión y fuerza, agradecía mi actitud, hablábamos mucho y de todos los temas, pero en nuestra relación, de forma artera, fue entrando un sentimiento nuevo, la culpabilidad. Era absurdo, nosotros no habíamos roto nada entre Juan y Sergio, pero la muerte te hace pensar con una profundidad especial, no cabe duda, y creó serios dilemas en nuestros pensamientos. Los días, que pasaban rápidos, nos dieron el único acontecimiento feliz en mucho tiempo: Marta trajo al mundo, sin complicaciones, dos preciosos niños. La primera vez que los cogí en mis brazos tuve la sensación más dulce, más intensa, más plena que jamás había sentido en la vida. Al mismo tiempo supe que no podría verlos crecer, estar a su lado en todo momento, y que me llamarían Pablo en vez de padre. Para Marta esto fue también algo evidente desde el primer día, los problemas por tanto aumentaron. Jamás pude pensar que aquellas dos criaturas, apenas conocidas, pudieran tirar de mí con tal fuerza, hasta el punto de hacer mella en mis sentimientos hacia Marta, una Marta cada día más segura, más capaz, más independiente y que, al menos eso me parecía a mí, no me necesitaba, empeñada como estaba en sacar todo adelante. Hoy sé que me equivocaba, que nuestro amor era más fuerte que todo, pero entonces hui ciego de orgullo. ¿Huiste de Marta y de aquellos hijos a los que, según decías, no podías renunciar? ¿Cómo lo hiciste? ¿Por qué? Un poco también por eso, María, porque, si me hubiera quedado, habría salido a la luz mi paternidad, y eso perjudicaría a Marta, y ella estaba, en el fondo, en el centro de mis decisiones. Hablé con ella no obstante, me dio total libertad y, aprovechando que tenía un hermano que había conseguido en Venezuela la explotación de un pozo de petróleo y podía darme trabajo, me fui. No quiero hablar de la despedida ni de mis primeros años allí. Fue todo demasiado duro, demasiado monótono y triste, pero tenía treinta años y a esa edad todo se supera.

Viví en Venezuela diez años, pero nunca olvidé mis raíces y mucho menos a Marta. De esa época eran las cartas que Lupe conservaba, a través de ellas conocíamos perfectamente nuestras vidas y nos dábamos ánimo, consejos y amor. Al cabo de ese tiempo yo había ganado una importante suma de dinero, me había hecho una posición. Hubo ocasiones en las que pensé que Marta y mis hijos podrían reunirse conmigo e iniciar los cuatro una nueva vida, pero para eso tenía que convencer a Marta de algo que ni yo mismo terminaba de ver claro, por lo que abandoné la idea y volví yo a España.

Cuando, tras el largo viaje, pisé otra vez tierra española, creí ahogarme de emoción y supe al momento que no podría marcharme otra vez. El viaje desde Vigo, donde desembarqué, hasta Salamanca fue un puro sueño, una continua evocación de personas, de paisajes, de olores, de colores, de sonidos, y, en el centro de todo, dándome vida, Marta y nuestros hijos. No había mencionado a nadie el día exacto de mi llegada, quería primero saborearla, asimilarla yo solo, prepararme para el encuentro con Marta, el motor de mi vida, la mujer única e insustituible, y con aquellos hijos que nunca sabrían que yo era su padre, pero que llevaba muy dentro. Físicamente los conocía bien, Marta me había enviado muchas fotos suyas a lo largo de esos diez años, eran su vivo retrato. ¿Quién les diría que era yo? Habíamos estudiado diferentes opciones, pero ninguna nos parecía lo suficientemente buena. Al final tuvimos claro que el vínculo lo crearía mi capacidad para atraerlos, para ganarme su cariño, y así fue. En eso tuve mucha suerte, simpatizamos plenamente desde el primer momento.

Estuve tres días viviendo en un hotel sin tener relación con nadie. Medio disfrazado recorrí la ciudad como si la viera por primera vez, y me pareció más hermosa que antes. Salí al campo, me acerqué a la dehesa de Marta, estaba espléndida. Me llamó la atención que nadie me reconociera, me saludaban con el acostumbrado: con Dios, pero sin dar muestras de sorpresa. Y al fin me atreví a ir a mi casa. Todo estaba como si lo acabara de dejar, perfectamente cuidado. Marta había ordenado que se ocuparan de ella como de una parte de la dehesa. Entré y la recorrí toda. Cuando terminé de verla, me sentí con ánimo para volver a empezar. Fui al hotel, recogí mis pertenencias, pagué la factura y pedí un coche para trasladar el equipaje a mi casa. Al día siguiente empezaría mi nueva vida.

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