Evocación. Séptima entrega

Me desperté temprano y decidí levantarme y marcharme al periódico para tratar de arreglar mis asuntos. El director me llamó en cuanto supo que había llegado. Me había elegido para cubrir la información del viaje que los reyes iban a iniciar para visitar algunos países de Centroamérica. Serían diez días y saldríamos dentro de tres. Tuve, por primera vez en mi vida profesional, que fingir. Haberme elegido era una distinción, una prueba de lo que me valoraban en mi trabajo, pero había llegado el premio en mal momento, pues descubrir el misterio de la historia de la abuela era para mí una obsesión. No obstante dominé mi contrariedad y me puse a realizar las gestiones necesarias.

El viaje resultó maravilloso política, económica y humanamente hablando, no se podía pedir más. Gracias a eso olvidé un poco el tema estrella y disfruté de todo lo que tenía a mi alcance, aventura sentimental incluida. Volví a Madrid feliz y con nuevos bríos para seguir con mi investigación familiar. En cuanto tuve ocasión propuse al director mi plan sobre el trabajo de Salamanca, me dijo que lo estudiaría, pero que, en principio, lo veía complicado, casi imposible, tenía otros planes para mí. Me resigné, tendría que esperar.

Aquella tarde llegué pronto a casa. En el contestador tenía un mensaje de mi hermana, siempre preocupándose por mí. Decidí llamarla y, si tenía sitio, invitarme a pasar el fin de semana con ellos. La casa de mi hermana era, como sus dueños, acogedora y alegre. Me sentaría bien estar allí. Marta quedó encantada con mi plan y me contagió su entusiasmo. Estaba deseando que llegara el viernes. Cuando me vi en el coche camino de Salamanca, volví a sentir emoción e impaciencia. Mi pensamiento traía al presente hechos del pasado produciendo en mí una sensación de añoranza por conocer más aquel tiempo.

Hice un viaje rápido. Pensé pasar por la casa de la abuela, pero al fin me arrepentí y fui directamente a la de mi hermana. Llovía y hacía frío aunque estábamos en abril, y deseé de pronto sentarme ante la chimenea que Marta tendría encendida y tomar una taza de su delicioso chocolate con picatostes. Estaban en casa además tres de mis cinco sobrinos, que me hicieron reír con sus peripecias. Me sentía muy feliz y dije en voz alta: ¡Qué acogedora es tu casa, Marta! Ella sonriendo me besó y dijo: Tú también lo eres.

Tras una agradable cena y un rato de tertulia con mi cuñado y mi hermana nos fuimos a dormir. Marta y yo quedamos temprano para dar un paseo por el casco antiguo y desayunar en la Plaza Mayor. Para mí eso era como un rito y, en esta ocasión, la manera de hablar a solas con Marta y contarle mi descubrimiento. La mañana estaba nublada, pero la temperatura era buena y dimos un estupendo paseo en el que procuré que la conversación girase en torno a la abuela. De esa forma, cuando nos sentamos a desayunar, estaba preparada para hablar de su secreto.

Entonces, sin más preámbulos, le conté a Marta la historia que había conocido a través de las cartas que había en el cajón de la cómoda y mi obsesión por encontrar las que faltaban para tener la historia completa. Con gran sorpresa por mi parte Marta, con expresión seria, me dijo: las tengo yo. Cuando murió la abuela, Lupe hizo lo que, al parecer, era su deseo: me dio un paquete como el que tú encontraste: una mantilla y dentro unas cartas, pero me dijo que las leyera cuando ella no estuviera ya, no quería contestar preguntas, y yo así lo hice. Nunca pensé que fuera tan importante el contenido. Lo que no entiendo es la separación en dos partes si quería que las tuviese yo todas. Tal vez, dije yo, su muerte tan repentina le impidiera arreglar bien sus cosas. Tal vez. Bueno, yo te las doy a ti y en algún momento nos reunimos para comentarlas, no en mi casa, claro, porque allí siempre hay alguien. No te preocupes, Marta, en la mía no hay nadie, allí nos veremos. Volvimos a casa charlando tranquilas, pero haciendo conjeturas sobre la historia, que era la nuestra, la de la familia. El día transcurrió  tranquilo, por la tarde empezó a llover con fuerza y por esa razón la pasamos jugando una interminable y divertida partida de parchís de seis jugadores. Fue estupendo, me hizo mucho bien aquel baño de familia.

El domingo, a media mañana, salí para Madrid con un nuevo misterio a bordo, pero en esta ocasión estaba más tranquila. Conducía sin prisa aunque sin dejar de hacer cábalas sobre el contenido de las cartas. Comí en un restaurante de la carretera y paseé un rato, luego reemprendí la marcha. A las cinco estaba en casa. Me puse cómoda, llamé a Marta y, después de coger mi almohada y el paquete de cartas, me senté en mi sillón. Mis manos temblaban mientras lo abría, y mi garganta lanzó un grito cuando vi el contenido: eran facturas, anotaciones, pero ni una sola carta. Volví a llamar a Marta. Estábamos las dos sorprendidas, incrédulas, había que hablar con Lupe. Marta, siempre tan dispuesta, se ofreció a hacerlo, la visitaba con cierta frecuencia y no le extrañaría. Lupe era la mejor informadora porque vivió pegada a la abuela, fue su confidente y mantenía una lucidez mental extraordinaria. La idea me pareció bien; la espera, mal, pero no había otra solución. Me consolé releyendo las cartas, noté entonces que había cosas que no quedaban claras, pero ya no tenía remedio.

El lunes vino Mati y desayunó conmigo. Me preguntó por el fin de semana, por Marta y su familia. Yo, pensando animarla a la confidencia, contestaba  a todas sus preguntas y le conté además la peripecia de las cartas, pero ella no habló de nada, solo comentó, con tono como de reprimenda: _ María, no entiendo tu interés por conocer el pasado, fuera como fuera tú nada puedes cambiar ni remediar, los protagonistas ya no están para hacer aclaraciones, para defenderse, si fuera preciso, ya sabes la máxima: lo hecho, hecho está, pero a ti, tal vez, el conocerlo te venga mal. Mati, ¿tan horrible fue? Yo no lo viví, pero ya te dije que, aunque supiera mucho, no diría nada. Y dicho esto, se levantó y empezó su trabajo.

Me admiró su firmeza y no tuve más remedio que dejar el tem. Me levanté, le di un beso y me marché al periódico.

Por la noche me llamó Marta. Había ido a visitar a Lupe y le había contado el descubrimiento de las cartas, el contenido del paquete que ella le había dado y la necesidad, por esa razón, de que fuera ella quien terminara la historia de la abuela. Se había enfadado mucho. Por lo visto, la abuela y ella habían estado ordenando papeles, quemando incluso lo que no valía. Las cartas debieron ir, por descuido, al fuego, y ahora, decía, yo tengo que hacer lo que nunca quise: contar la vida de otro, descubrir secretos, no, no lo haré. Hablad con Pablo, al fin y al cabo es su historia y él es vuestro abuelo. Lupe, como Mati, no quería hablar ni juzgar, pero dijo: Si queréis encontrar a Pablo fuera de su casa en sábado o domingo, id al cementerio.

–  María, eso es todo lo que he sacado en limpio. ¿Qué piensas hacer el fin de semana? Podías venir, Jaime tiene cacería y estaré más libre.

– Entonces iré.

Cuando colgué el teléfono, me sentí presa de una nueva inquietud. ¿Cómo reaccionaría Pablo? ¿Hablaría o callaría también?

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