Evocación. Sexta entrega

Sin darme descanso, cogí la siguiente carta con fecha de dos días después.

Querido tesoro mío:

Por fin, después de mucho pensar, hemos decidido hablar con don Gregorio, el sacerdote que nos casó. Lo hemos elegido porque es joven, comprensivo y está muy al día, tanto que las personas mayores le consideran revolucionario, pero a los jóvenes los entiende muy bien. Además planta cara a los que confunden beatería y formas externas con el verdadero cristianismo. Hemos quedado en su casa el próximo domingo a las seis. Faltan solo tres días y estamos impacientes.

Por lo demás, la situación en casa ha mejorado. Como ahora Juan y yo estamos más tiempo juntos, mis padres deben pensar que sus palabras de la otra noche han surtido efecto. ¡Qué ingenuos! Si supieran, mejor que no sepan.

Esta tarde he conocido a Sergio. Juan quedó con él en el piso. Me ha parecido muy agradable y abierto. Él y todo lo que le rodea da sensación de sosiego. Hablamos de todo con facilidad, pero yo tuve la impresión de que me miraba a veces con una expresión extraña. ¿Pensaría que yo era una competidora? Nada más lejos de la realidad. El trato de Juan y Sergio era muy cariñoso. A veces, olvidando mi presencia, pero con una naturalidad que no podía ofenderme, se acariciaban. Los entendía muy bien. Para comprender las expresiones amorosas solo hace falta estar enamorado. Nos despedimos con la promesa de vernos otro día, y no fue solo un día, porque entre nosotros surgió una buena amistad.

Mañana te dedicaré la tarde, tesoro. Mandaré a Lupe con el recado, a las cinco en tu casa. Será solo una hora, pero me ha hecho ilusión decir la tarde. No, no es ilusión, es que para mí tu presencia me hace contar el tiempo de otra manera, tus miradas tan intensas y amorosas me hacen ver el cielo, y tus abrazos me trasladan a ese lugar maravilloso donde solo cabemos tú y yo, juntos en una danza sin fin. Hasta mañana. Marta.

Volví a pensar que aquellas cartas eran un diario y que aquellas personas eran ¿especiales? ¿anormales? No, eran simplemente verdaderos enamorados. Era tarde. Como siempre que leía una carta, el tiempo pasaba volando, pero tenía necesidad de saber más y me dispuse a leer otra.

Querido tesoro mío:

Y llegó el domingo y llegaron las seis y nos encontramos, nerviosos, casi asustados, ante don Gregorio; a él, por el contrario, se le veía sereno y sonriente. Nos pasó a un cuarto de estar sencillo, pero cómodo y acogedor. Había preparado café, y lo tomamos sin prisa, charlando relajadamente. Pasada una media hora, nos dijo con cierta malicia: ¿Qué, estáis ya tranquilos? Pues adelante. ¿Cuál es el problema? Nos miramos como preguntándonos quién empezaba a hablar, y empecé yo. Don Gregorio, dije, queremos que nos escuche como si lo que vamos a contarle fuera una confesión y que se prepare para oír algo muy grave. Marta, me estás asustando, habla ya. Entonces fue Juan quien habló. Lo hizo con una sinceridad absoluta, primero contó su vida familiar acomodada, sin preocupaciones, pensando solo en disfrutar, estudiando sin estudiar, en fin, un parásito. Luego expuso su vida amorosa, el descubrimiento turbador de su homosexualidad, la lucha consigo mismo hasta aceptarla, la soledad absoluta en que se había desarrollado el proceso y, por fin, la felicidad cuando encontró a Sergio. Habló de sus relaciones, de la fidelidad absoluta, de la comprensión, del amor que los mantenía unidos hacía ya trece años. Luego el final de la carrera de abogado, con treinta años, y el brutal choque con la realidad: se acabó la vida alegre. Su familia estaba arruinada y solo su boda con alguien apropiado podía solucionar el problema. Habló casi con crudeza de su repulsión ante la idea de la relación con una mujer, de su dolor ante el pensamiento de que Sergio le abandonaría. Por otro lado, se asqueaba de sí mismo, de su falta de decisión para trabajar, para solucionar el problema de otra forma.

Después de mucho pensarlo se decidió a contar a Sergio su triste realidad. Lo entendió, él tampoco era capaz de buscar una salida. Los dos reconocían que todo les había sido muy fácil, eran unos perfectos inútiles, pero nada tendría que cambiar en su relación, pues una mujer,  a la que casan sin ella elegir, seguro que casi agradecería la falta de relaciones amorosas, hasta puede que quisiera a otro. Llegaréis a entenderos, Juan, ya lo verás.

En fin, elegí el camino fácil, los padres, como parece que es costumbre en estos casos, hicieron los acuerdos. Tuve suerte, desde luego. Marta reune todas las cualidades que se puedan desear: joven, bonita, inteligente, comprensiva, decidida y rica, claro, eso ante todo. Realmente Sergio tenía razón: nos hemos comprendido, pero las razones del corazón nada tienen que ver con eso. Marta quiere a otro hombre. Los dos necesitamos una solución, no podemos seguir así. He sido cobarde, cómodo tal vez, estoy profundamente arrepentido, pero creo que tenemos derecho a la felicidad.

Mientras duró el relato de Juan mantuve la cabeza baja, cuando dejó de hablar la levanté y miré a don Gregorio. Estaba pálido, su habitual expresión relajada había dado paso a otra de preocupación, callaba. Callamos nosotros también. Al fin dijo: Jamás pensé que vosotros precisamente me fuerais a plantear un problema así. Claro que tenéis derecho a la felicidad, claro que el problema tendrá solución, pero ahora no la veo. Necesito asimilarlo, necesito estudiarlo. Nos veremos el jueves a la misma hora. Nos despedimos y salimos. Estábamos como al venir, sin saber qué hacer, pero con el corazón más ligero. Marta.

La carta no me descubrió demasiadas cosas, me dejó eso sí más tranquila, porque parecía que aquel cuarteto amoroso, que de momento no rimaba, podía llegar a conseguirlo. Aunque pensándolo bien, podían rimar los sentimientos, la parte espiritual, pero allí había otro tipo de problemas. Don Gregorio tenía ante sí una situación delicada y compleja de resolver. Eran las doce. La curiosidad me venció al fin y me puse a ojear todas las cartas que no había leído, cinco en total.

Las tres primeras estaban escritas entre el lunes y el jueves. Las leí con prisa, tampoco descubrían nada nuevo, eran simples pensamientos sobre cuál podría ser la solución de don Gregorio, cuáles las reacciones de los cuatro, pero no tenían demasiado interés, así que sin más abrí la siguiente con impaciencia. La carta era más corta de lo normal y la letra no parecía de la abuela, cuyos trazos eran tan firmes, la mano que escribía temblaba. Mi expectación aumentó.

Querido tesoro mío:

Ya tenemos cerca la solución a nuestro problema, estamos por lo menos en manos de una persona con los conocimientos necesarios y el desinterés más completo. Juan y yo hemos hecho todo tipo de conjeturas y, como suele pasar, unas veces lo hemos visto todo muy sencillo y otras veces sin solución. Por otro lado, yo me encuentro extraña, con los nervios alterados, triste y muy cansada, nada me apetece. En fin me encuentro mal.

Don Gregorio nos recibió con su amabilidad acostumbrada, volvimos a sentarnos en su cuarto de estar, trató, como el día anterior, de crear un ambiente apropiado y lo logró con facilidad, estábamos pendientes de él. Bien, dijo al fin, vamos a tratar de resolver vuestra situación. Tanto el Derecho civil como el Derecho canónico contemplan este caso como motivo suficiente para la anulación del matrimonio, ahora bien, yo creo que debéis estudiar, antes de dar ese paso, los conflictos que tal decisión puede acarrear.

Según hablaba don Gregorio, empecé a notar como una nube ante mis ojos y que unas moscas impertinentes daban vueltas a mi alrededor, una sensación extraña me invadió y me desmayé. Debí tardar bastante en recuperarme porque hubo tiempo de avisar a un médico y de que este viniera. Así, cuando desperté, tenía sobre mí dos caras con expresión angustiada y una con sonrisa feliz que me anunció que iba a tener un hijo. En un minuto pasó por mi cabeza todo lo que aquella noticia significaba y entendí las diferentes expresiones de aquellas caras. A punto estuve de desmayarme otra vez, pero me sobrepuse, sonreí y le di las gracias al médico y un abrazo, que traté que fuera efusivo, a Juan. Don Gregorio, por su parte, me felicitó también. El doctor, después de  aconsejarme tranquilidad y visitar al ginecólogo, se despidió y se fue. Quedamos solos los tres, nos mirábamos entre incrédulos y agobiados. Don Gregorio dijo al fin algo que no entendí muy bien. La sensación de mareo persistía, por eso pensamos que era mejor volver al día siguiente. Marta.

Solo quedaba una carta. Me parecía imposible que en ella estuvieran las respuestas a las mil preguntas que yo me hacía y a las que estaba dispuesta a buscar solución a cualquier precio. A pesar de mis temores, me dispuse a leerla. La letra, como en la anterior, era de trazo inseguro.

Querido tesoro mío:

¡Qué maravillosa sensación! Voy a tener un hijo tuyo, me has hecho el mejor regalo, me has dado, nos hemos dado lo mejor de nosotros en esta nueva vida que ya late dentro de mí. Eso es lo que pienso por encima de todo, esa es la idea que prevalece por encima de los negros nubarrones que tenemos sobre nosotros, los cuales van a dejar caer multitud de problemas. Como verás, la noticia, no sé por quién, ya la sabe todo el mundo y llueven las felicitaciones. Mis padres los más contentos y orgullosos, y Juan no sabe, no puede fingir. La noche es horrible para él, dando vueltas sin parar, sueña en voz alta llamando a Sergio, y hasta dormido llora. Yo creo que tendríamos que reunirnos los cuatro y buscar una solución lo más razonable posible. Don Gregorio, en la actual situación, me diría que renunciara a ti si no quiero  ser acusada de adúltera, y ¿es que acaso no lo soy? ¿Y no es esa mi mayor felicidad? ¿No significa eso estar unida con quien es mi verdadero amor? Pero realmente nadie lo entendería así, para qué soñar. Juan estaba dispuesto a contar la verdad a mis padres y a los suyos y a tratar por todos los medios de anular el matrimonio, Sergio opinaba igual: ante una situación semejante lo mejor era la verdad. Eso habría sido lo ideal si el asunto incumbiera solo a los cuatro, pero los padres no estaban preparados para asimilar la situación, y no era extraño. Yo, a los míos, a pesar del daño que me habían hecho, me costaba devolvérselo  planteándoles la situación real.

Ayer fui con Juan a casa de Sergio, que cada vez me parece mejor persona. Hablamos largamente sobre las posibles salidas y vimos con claridad que no existía una solución válida para todos, alguien tenía que sacrificarse. No sirvió para mucho la reunión, bueno sirvió para desahogo de Juan, que es quien se siente culpable.

Cuando llegamos a casa, salía don Germán, el médico. Me asusté, pero él con una sonrisa trató de tranquilizarme. Es tu padre y su tensión, esta vez le ha dado más fuerte, pero saldrá adelante. Nos despedimos y fuimos a verle. Le encontré más decaído que otras veces, pero tenía ganas de bromear: es que las emociones me afectan, y la llegada de un nieto es de las más fuertes que se pueden tener, pero no os preocupéis que pronto estaré bien, porque tengo que ser el padrino.

Juan, detrás de mí, rechinaba los dientes y decía: ¡lo que faltaba! Salimos de la habitación y traté de tranquilizarle, pero no lo conseguí, pues cogió el coche y se marchó a toda velocidad. Marta

Me quedé anonadada. ¿Dónde estaría quién sabía el resto de la historia? Mati, si sabía algo, ya me había dicho con toda claridad que no lo contaría. Mi hermana, si hubiera sabido algo, sí me lo habría contado. De pronto se hizo la luz: Lupe y Pablo. Estaba rendida, tenía que dormir y lo hice, pero con una idea: adelantar la fecha de mi trabajo sobre Salamanca.

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