Evocación. Quinta entrega

Terminada la reunión, fuimos todos a tomar una copa y algo para picar. Era necesario, saludable diría yo, después de trabajar duro. Llegué a casa a las once. Era un poco tarde porque, dicho sea de paso, soy una dormilona y habíamos quedado a las ocho de la mañana para planificar el nuevo trabajo, pero no pude resistir el deseo de leer alguna carta. Las saqué y cogí la siguiente. En esa y en las tres que venían luego no encontré nada sorprendente. La abuela, que en la carta anterior hacía un resumen de cómo empezó y se consumó su relación con Pablo, en estas cuatro parecía querer volver atrás y desmenuzar sentimientos y situaciones, recreándose en ello.

Las cartas estaban llenas de una singular ternura, de una singular sinceridad. La abuela, sin ningún pudor, hablaba del deseo de estar con Pablo, de la necesidad de sus apasionados y cálidos besos, de la fuerza de su abrazo, del placer de la unión de sus cuerpos, de su entrega absoluta en cuerpo y alma. Se complacía en describir el lugar de los encuentros, la casa de Pablo, a las afueras del pueblo, entre árboles que casi la ocultaban, de la complicidad de Lupe, su chacha, que la había criado con su leche y era su más fiel amiga, las idas y venidas de las dos, a veces a pie y otras a caballo, unos días a media mañana y otros al atardecer. La abuela llamaba a Lupe su ángel de la guarda. Lupe tenía una hija de la edad de la abuela, que se crio con ella en casa y con la que Lupe se marchó a vivir cuando tuvo, según decía la abuela, edad de descansar. Me llamó mucho la atención, por parte de la abuela, la confesión de su falta absoluta de remordimiento: se merecía ser feliz y con su felicidad nadie sufría. Pensé que aquella manera de expresarse no correspondía a una mujer que había nacido en 1913 y en Salamanca. Era una adelantada a su tiempo, no cabía duda.

Pero yo estaba un poco desilusionada, quería conocer cuanto antes el desenlace de la historia, que me empezó a parecer que no seguía el orden que las cartas marcaban. Abrí la siguiente.

Querido tesoro mío:

Tengo que contarte algo tremendo, algo para mí inaudito, algo que puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Ya sabes que la relación de Juan y mía es una relación correcta y educada, yo la llamo de “armonía concertada”, pero, claro, cualquiera que nos observe, como mis padres lo hacen, se da cuenta de que hay algo que no marcha bien. Anoche, después de cenar mi padre, con el poco tacto que le caracteriza, dijo dirigiéndose a Juan: Bueno, ¿y vosotros cuándo me vais a hacer abuelo? A mí me parece que ya va siendo hora. Yo apreté los labios para evitar que salieran por ellos las recriminaciones que mi corazón sentía. Juan se levantó y furioso dijo: ¿También eso va a ser por orden suya? Y se marchó dando un portazo. Al poco tiempo vimos el coche que salía a toda velocidad. Me levanté y salí también del comedor.

Oí llegar a Juan muy tarde. Vino a mi cama, pero yo me hice la dormida y se marchó a la suya. Había bebido, lo hacía con frecuencia, pero nunca le vi borracho. Muy temprano vino a despertarme.

– Es necesario que tengamos una larga conversación, pero lejos de la casa, donde nadie pueda oírnos, lo que tengo que decirte es muy grave.

Me asustó su expresión, sus ojos tenían una mirada de locura. Salimos a caballo y en cuanto llegamos al campo y se bajó y me ayudó a bajar a mí, empezó a sollozar y abrazándome me dijo:

– Ayúdame, no puedo seguir haciendo esta comedia, yo nunca podré darte un hijo. Yo no te quiero, pero tampoco quiero a otra, mi amor se llama Sergio, y ahora puedes hacer conmigo lo que quieras. Reconozco que he destrozado tu vida.

Lo compadecí y abrazándole lloré con él y entre sollozos le dije:

– No sufras, yo también tengo un amor, se llama Pablo.

Cogimos la rienda de los caballos y en silencio volvimos a casa, pero entre nosotros había nacido una nueva complicidad. Marta.

Me quedé anonadada, era lo último que se me habría ocurrido pensar. Me llamó mucho la atención la capacidad de aquella pareja, unida por los intereses de terceros, para vivir en armonía y para tratar de ayudarse, para no sorprenderse por nada, sobre todo la abuela, tan joven, tan sin experiencia, en fin, fue todo un descubrimiento. Eran las doce, debía dormir para que mi trabajo no se viera perjudicado por mi inquietud de conocer la historia completa, y eso hice.

Al día siguiente, en el periódico tuvimos una puesta en común para diseñar las líneas generales a las que se debían ajustar los trabajos, aunque cada uno le diera luego su toque personal. Se estudió también como organizar el resto de los temas para poder tener cada uno una semana de trabajo en la ciudad para vivirla, para captar sus peculiaridades. La idea me entusiasmó. Para mí sería una semana de investigación de mi propia historia, porque la ciudad me había resultado siempre tan atractiva que la tenía bien conocida y estudiada. Pedí el último turno, dentro de seis semanas, para tener leídas todas las cartas y trazada mi línea de actuación.

Trabajé duro todo el día, a las seis me marché a casa. Llovía como venía haciéndolo todos los días, pero no me importó. Abrí el paraguas y decidí hacer el camino andando. Llegué a casa relajada, descansada y deseosa de seguir con la lectura de las cartas. Cené y, mientras tomaba café y fumaba un cigarrillo, llamé a Mati, a quien le encantaba saber que ya estaba “recogida”. El tono de su voz y su charla eran normales. Me alegró mucho eso, aún no entendía su reacción cuando nombré a Pablo y además no me pareció que coincidiese con lo que la abuela expresaba en sus cartas. Colgué el teléfono, cogí las cartas y me senté en el sillón con la cabeza apoyada en la almohada de mi infancia, el duende de la evocación estaba presente. Antes de empezar la lectura conté las que me quedaban por leer. Eran ocho y sin duda en ellas estaría el desenlace de la historia. Estuve a punto de hacer lo que los malos lectores: enterarme del final antes de leer el libro, pero me contuve y seguí el orden que la abuela había marcado.

Querido tesoro mío:

Como puedes suponer, Juan y yo estamos dispuestos, después de conocer tan claramente nuestros sentimientos, a dar una solución satisfactoria a nuestras vidas, sabemos que es complicado, pero estamos dispuestos a luchar. Juan está pasándolo muy mal. El sentimiento de culpabilidad aumenta cada día. Yo, según dice él, era una niña que estaba gobernada por mis padres, pero en él, un hombre independiente, maduro, con unos sentimientos bien definidos, viviendo con Sergio desde los veinte años, su proceder era imperdonable. Yo trataba de consolarle, pero no era fácil, sentía verdaderos remordimientos. Como mi curiosidad era inmensa, le pedí que me explicara cómo había podido mantener la relación con Sergio sin que hubiera comentarios, sin llamar la atención. Había sido sencillo, me dijo. Alquilaron entre los dos un piso. Eran estudiantes, venían del mismo sitio a estudiar a Salamanca, eso era muy normal allí, se conocían de toda la vida, pero la nueva convivencia despertó en ellos ese afecto especial que les hizo comprender cual era su tendencia sexual e iniciar su relación. Su vida, por lo demás, era como la de todos los chicos que salen fuera de sus casas a estudiar: la tuna, las fiestas, siempre sin dinero y alargando la carrera casi hasta el infinito. Te advierto que la terminamos hace tres años. Sergio encontró enseguida trabajo. Yo me encontré con un padre enfermo que me empujó a la boda con mujer rica porque estábamos arruinados. Fue él quien arregló todo, consiguió el dinero que necesitaba a cambio de nuestro compromiso con la condición de devolverlo si no se cumplía el trato. Trabajé para levantar la hacienda, cumplí con el compromiso y seguí mi relación con Sergio, que mantenía el piso, al cual yo iba todos los días mientras los demás creían que iba a verte a ti. Él comprendía mi situación, era optimista: encontraríamos una solución antes o después, y además no era celoso. Conocía bien mis sentimientos, mi futura mujer no estaba enamorada de mí, desde luego era una mezcla explosiva, pero podía tener un final feliz.

Y yo, ante aquel hombre tan apesadumbrado por el daño que me había hecho, tan sincero aunque con retraso, pero sincero al fin, rodeada por el brillante verdor que los campos lucían en ese momento,  pensé, como Sergio, que podíamos aspirar a la felicidad. Marta.

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Una respuesta a Evocación. Quinta entrega

  1. Hola. Me alegra encontrarte, que hayas entrado en el blog y lo sigas. Gracias. Espero que nos leamos y comentemos muchas veces. Saludos.

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

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