Evocación. Cuarta entrega

La curiosidad por saber si las buenas intenciones que la carta anterior reflejaba se habían hecho realidad o no habían pasado de ser solo eso, un buen propósito, me podía. Sin pensarlo más abrí otra carta, o más bien, seguí con el diario de la abuela, pues aquellas cartas, que nunca leía el destinatario, eso parecían.

Querido tesoro mío:

¡Qué alegría me ha dado volver a verte, cómo me latía el corazón, cómo temblaba mi mano en la tuya al saludarte, qué escalofrío de placer recorrió mi cuerpo! La mirada de Juan me hizo volver a la realidad y actuar con naturalidad, algo que empiezo a ver difícil en el día a día. En fin, ya veremos. Te voy a contar algo de mi vida y de mis sensaciones. La relación con mis padres me cuesta que sea cariñosa, sigo pensando que me han vendido a este hombre. Mi madre me habla como en plan confidencial y me pregunta por mis relaciones con Juan o si tengo algún malestar. Cuando me hace esas preguntas, la miro con frialdad y no contesto. Mi padre acapara a Juan todo el día lo que para mí es un descanso. Quiere ponerle al tanto de sus obligaciones cuanto antes. La única buena idea que han tenido ha sido acondicionar para nosotros la planta alta de la casa. Eso me hace sentir cierta independencia.

Mi vida está, hasta ahora, un poco desorganizada. Las visitas de familia y amigos ocupan mi tiempo. Tanta norma y tanto cumplido me abruman. No hago nada de lo que me gustaría hacer, por ejemplo, coger mi caballo, salir a tu encuentro y volver a preguntarte si me quieres, hablarte, mirarte con libertad, sin testigos.

Juan, que al principio parecía entusiasmado con su trabajo, me dijo ayer que estaba rendido, que no podía seguir el ritmo de mi padre, que parecía un negrero. Por su tono tuve la sensación de que los enfrentamientos no tardarían en llegar. Juan tenía que atender también su propia hacienda situada a sesenta kilómetros de la nuestra. Quería que fuéramos a vivir allí. Eso implicaba para mi padre no haber ganado nada y, naturalmente, se opuso. Yo pensaba que se habían engañado mutuamente y que todos saldríamos perdiendo en el trato.

Por fin mi padre decidió que fuera algún día de la semana, pero solo la mañana, la noche la pasaría en casa. Como tenía coche, lo podía hacer. Aceptó a regañadientes. Yo le animé encantada pensando en todas las posibilidades que su ausencia me brindaba. Con cara inocente y voz indecisa dije que me gustaría colaborar, aunque solo fuera vigilando. Siempre había dado largos paseos a caballo y ahora podría hacer lo mismo, pero siendo útil. A Juan le pareció bien la idea, mi padre no dijo nada. Yo salí de la habitación para evitar que les llamara la atención la alegría que mi cara debía expresar. Podría verte todos los días e incluso hablaríamos.

Y así empezó aquella relación nuestra, tan ardiente siempre, primero sólo en miradas, luego en furtivas caricias y al fin en la unión total y perfecta de nuestros cuerpos, olvidando todo lo que nos rodeaba, olvidando normas y prohibiciones, solos tú y yo.

Me llamaba la atención como acababa la carta, sin despedida. Era la confesión del amor y la entrega de dos seres, a quienes la sociedad con sus reglas consideraba desiguales, pero que el amor igualaba. Me dejó sorprendida la decisión de la abuela por la edad y por la época, principios del siglo veinte, que le tocó vivir, me resultó en eso, como en todo, fascinante. Guardé las cartas y me dispuse a descansar. Estaba rendida y, al día siguiente, era lunes.

Desperté descansada y optimista. Mientras me arreglaba para ir al periódico, iba programando el trabajo y el tiempo libre de aquel día. De pronto se extendió por la casa un delicioso olor a café. Eso quería decir que Mati había llegado como todos los lunes y viernes, eso quería decir comida casera, orden y limpieza. Salí a saludarla. Mati era para mí como mi segunda madre. Nos cuidó a mi hermana Marta y a mí desde que nuestra madre murió cuando yo tenía siete años y Marta doce. Mi padre lo dejó todo en sus manos y él, desesperado y desorientado, viajó incansable por temas de trabajo o no, pero lo cierto es que le veíamos poco. Mantenía para nosotras, eso sí, una vida muy cómoda y se preocupaba mucho de nuestros estudios, Marta de farmacia y yo de periodismo. Mati era tranquila y suave de apariencia, pero tenía decisión y valentía cuando era necesario y, si el problema la superaba, acudía a la abuela, que sufría por aquel hijo infeliz. Cuando Marta se casó y montó con su marido una farmacia en Salamanca, yo me quedé con Mati en la casa, que nos resultaba enorme. Por eso mi padre pensó en vender el piso y repartir el dinero entre los tres. Para entonces tenía pareja, una mujer tan viajera como él, y mantener el piso no tenía sentido. Mati, siguiendo mi consejo, compró un apartamento cerca del mío. Me seguiría cuidando, pero manteniendo cada una su independencia. Tenía solo sesenta años y podía disfrutar de muchas cosas, y así lo primero que hizo fue un curso de cocina elegante, como ella decía. Además, desde que mi sobrina Elena vino a estudiar a Madrid la cuidó también. Mati decía que Elena era tan agradable que daba gusto estar con ella. Cuando decía eso, yo fingía enfado: ¡Qué traidora, me has dejado de querer! Ella seguía mi broma y contestaba: Si sigues poniendo esa cara de mala persona, desde luego das miedo.

Nos sentamos las dos a tomar aquel riquísimo desayuno, que hoy era de los elegantes. Mati me preguntaba por mi viaje y por las cosas que me había traído de la casa. Cuando se lo dije, se indignó: Con lo preciosos que son esos muebles, no se puede ser tan romántica, seguro que tus tíos y tus primos no han hecho igual: mis tíos eran el hermano gemelo de mi padre y su mujer; y mis primos, sus tres hijos y su hija. Sí, Mati, replicaba yo, pero dónde íbamos a ponerlos aquí siendo tan grandes. Solo van bien en aquellas casas. No, si en eso tienes razón, pero son tan egoístas que me da rabia que se queden con todo. Mati se dejaba llevar por su cariño, siempre nos cuidó y aconsejó como lo haría una madre. Según ella, nosotras le dimos la felicidad que una guerra le quitó, pues en ella perdió a su novio y ya no quiso saber más de amores. Buscó trabajo y lo encontró en casa, donde siempre la consideramos como de la familia.

Terminamos el desayuno, miré el reloj, se me había hecho tarde. Me levanté, le di un beso y le dije aquella frase que siempre la hacía reír: Mati, pégame, mátame, pero no te disgustes por como dejo la casa.

El día fue uno de tantos, sin nada digno de mención salvo la cara de cansancio de todos. Parecía imposible que fuera lunes. Debe ser, pensé, que descansar cansa mucho aunque, desde luego, no era mi caso: yo vivía en una continua excitación con la historia de la abuela. A las siete salí del periódico. Había quedado con Elena a las ocho en su casa, un piso destartalado de alquiler, cerca de la universidad, compartido con una compañera de clase, gallega ella y simpática si no era día de morriña, y aquella tarde nada más verla lo supe: lo era. Me dio un beso y lloriqueando me explicó lo triste que estaba y que se iba a dormir. Apareció entonces Elena sonriente y después de saludarme cogió a su amiga de un brazo y le dijo: Rosa, te toca poner la mesa, y Rosa la obedeció. Me admiró la fuerza, el poder de persuasión que Elena tenía. Nos sentamos a cenar charlando las tres animadamente. La cena era estupenda y así se lo dije. Rosa y Elena se miraron con picardía. Al fin Elena dijo: la estupenda es Mati que ha sido quien la ha hecho. ¿Os ayudó también en la decoración? Porque el piso ha pasado de ser destartalado a ser acogedor. Algo le hizo, dijo la galleguita con su gracioso acento. ¡Cuánto vales, Mati, pensé!

Mientras yo tomaba café, ellas recogieron la mesa y Elena trajo las fotografías. Nos reímos con algunas, con otras yo me emocioné, recordé aquella época cuando vivía mi madre y mi padre reía continuamente. Lo que no veía por ningún lado era una fotografía de Pablo. ¿Están aquí todas las fotos? Todas, dijo Elena. Entonces me decidí a preguntar directamente por él, pero Elena no sabía nada y yo no insistí. Seguimos charlando hasta las once, hora que me pareció buena para marcharme. Recogí las fotografías, repartí besos y me fui a mi casa.

Cuando llegué, volví a mirarlas con más detenimiento, pero no encontré nada, las dejé sobre la mesa y me acosté. Me despertó el antipático sonido del reloj y Mati abriendo la persiana.

– ¿Qué haces tú hoy en casa?

– He pensado hacer una limpieza a fondo, es necesaria.

– Está bien, tú sabes lo que hace falta. Anda, ven conmigo a tomar una taza de café antes de nada. ¿Has visto las fotografías?

– No, ya las veré en otro momento con calma.

– Cuando las veas, si encuentras alguna de Pablo, el mayoral, me la separas.

– ¿De quién has dicho?

– Del mayoral, no me digas que no le conocías.

– Claro que le conocía, pero no creo que, después de las críticas que hubo, tu abuela guardase nada suyo.

– ¿Críticas, por qué? Mati, ¿qué pasó?

– María, ya sabes que yo no suelo hablar de las cosas que no son mías, dejemos el tema, por favor.

Mati hablaba con tanta firmeza que no insistí, pero habría deseado que fuera ya la tarde para seguir con la lectura de las cartas. La curiosidad me dominaba: tal vez ellas me aclararan algo.

La jornada de trabajo fue complicada en el periódico: dos sucesos imprevistos y a las seis reunión con el director, ya que en dos meses saldrían a la luz una serie de reportajes sobre ciudades españolas que fueron o son focos de cultura y entre ellas, claro está, figuraba Salamanca. El director, que sabía mi predilección y vinculación con esa tierra, mirándome con cara maliciosa, dijo: Mi gran preocupación es Salamanca. ¿A quién se la doy, María? Fui yo la elegida, claro. Me hacía mucha ilusión como profesional, pero además me brindaba la oportunidad de investigar sobre la historia humana que tanto me atraía y me interesaba. Podría pasar allí unos días. Era estupendo aquello…

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Relatos y etiquetada , , , . Guarda el enlace permanente.

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s