Evocación. Tercera entrega

Empecé a leer la segunda carta, según la fecha. Habían pasado seis meses desde la anterior. Como todas se iniciaba con aquel

Querido tesoro mío:

Hoy es el día de mi boda, ese día que dicen es tan feliz para la mayoría de las mujeres, pero que, para mí, es el principio de un fracaso. Lucharé con todas mis fuerzas para que sea lo menos posible, pero fracaso será. Son las tres de la mañana. La fiesta de vísperas terminó a las once. ¡Qué larga se me hizo! Y faltan dos más: la boda y la tornaboda. ¡Qué costumbres! ¿Sabes en lo único que pienso? Pues en que el día de mi boda, según el absurdo protocolo, puedes bailar conmigo. Tal vez entonces me atreva a decir o a hacer algo que te haga saber que te quiero sólo a ti. No sé.

Y llegó el día, el vestido, la gente, mi familia, el novio, nada parecía ir conmigo. Coloqué en mi cara esa sonrisa que todos alaban y me dispuse a representar mi papel lo mejor posible. ¡Qué frialdad! ¿Verdad? Me sentía como una marioneta, manejada. Las ceremonias se iban cumpliendo, ya llegaba mi momento. Cuando sentí tus fuertes manos sobre mi cuerpo, todo dejó de existir para mí. Éramos solo tú y yo bailando en un delicioso jardín y, tal como lo sentía, lo dije: “Te quiero, te quiero sólo a ti y para siempre”. Me contestaste con tu voz y con tus manos. Yo también te quiero y para siempre. ¿Es eso cierto? ¿No es un sueño? No sueñas, no, eres la realidad de mi vida desde hace tiempo, pero nos separan muchas cosas y jamás te habría puesto en el difícil dilema de tus padres o yo. Me tendrás siempre a tu lado, seré tu ayuda siempre que la necesites. Lo haré desde lejos, sin que nadie se dé cuenta. Te quiero, Marta; y yo a ti, Pablo. El baile terminó justo cuando empezaba a saber que tenía todo para ser feliz. Marta.

Sentí una gran alegría, por lo menos conocían sus mutuos sentimientos, pero al mismo tiempo sentí angustia. Era una situación anormal. ¿Habrían sido capaces de mantenerla toda una vida? Quise seguir leyendo en busca de una solución, pero antes me pregunté qué había sido de Pablo.

Mis años locos de corresponsal del periódico en el extranjero me tuvieron alejada de mi familia, de mi casa, de todo lo que hasta entonces era mi vida. Fueron años intensos, profesionalmente muy fecundos, pero humanamente vacíos. Cuando volví a Madrid, pasaron solo tres meses hasta que la abuela murió repentinamente. La había visitado en diferentes ocasiones, pero fueron visitas rápidas, siempre prometiendo quedarme unos días la próxima vez, que nunca llegó. Además tanta calma me agobiaba un poco, tanta paz después del ritmo trepidante que había llevado y, al que te guste o no, terminas acostumbrándote. En fin, me había desconectado de todo el mundo. Pero era extrañó, pensaba ahora, que las dos veces que fui a ver a la abuela él no estuviera en la casa.

Sentí una prisa loca por saber de Pablo y a punto estuve de llamar a mi hermana, pero recordé a tiempo, cosa rara en mí, que había quedado para cenar con Elena. Ella me informaría. De todas formas, ¿cómo no le había echado de menos antes? ¡Qué despiste! Fui hacia la ventana, seguía nublado, pero no llovía. Miré el reloj. Eran las tres. De pronto sentí la necesidad urgente de comer. Fui a la nevera, que estaba vacía. Como ama de casa no tenía precio. Pensé que el supermercado tal vez estaría abierto. Salí para comprobarlo y tuve suerte. Compré todo lo necesario y me preparé una sustanciosa comida, que me hizo sentir mejor. Me distraje un poco con la televisión y, a eso de las seis, estaba de nuevo absorta en la lectura de otra carta. La fecha era de un mes después de la boda y decía así.

Querido tesoro mío:

¿Cómo lo has pasado este mes? Para mí ha sido un poco largo. ¿Me has echado de menos? Tú has estado presente en mi pensamiento a todas horas. Saber que me quieres me hace tan feliz que me ha permitido ser amable con este hombre, que llevo al lado a todas horas y que es mi marido. El viaje ha sido largo y cansado, pero hemos visto cosas preciosas. Tengo que reconocer que Juan lo ha organizado con todo cuidado, alternando días de excursiones fatigosas con otros de descanso, que se agradecen siempre. Hemos hecho un bonito viaje por Mallorca, pero sobre todo hemos hablado de nosotros, de nuestros sentimientos, de nuestros deseos, de nuestro futuro con una calma y una sinceridad como jamás habría pensado poder hacer. Me dolió saber algunas cosas como, por ejemplo, que mi padre le dio cierta cantidad de dinero, que él necesitaba para salvar su hacienda, a cambio de que se casara conmigo y le diera nietos, es decir, mi padre me había vendido. ¿Tan poca cosa me considera, tan poco atractiva me encuentra o para él la hacienda y el dinero es lo único que importa? ¿Y mi madre tan sometida a mi padre está o es que carece del instinto de protección que hasta las hembras de cualquier animal tienen para sus cachorros, o  para ella, como me dijo un día, lo importante era casarse y lo del amor ya vendría después, si venía?

Juan me entendía perfectamente, además me dijo toda una serie de cosas halagadoras. Él pensaba que tenía todo lo que un hombre podía desear, amén de simpatía, dulzura, gracia, inteligencia. Casi me hizo sentir un poco creída con tanto piropo. Él se sentía un hombre afortunado por haberle aceptado y pensaba que, si pasábamos de puntillas sobre ciertos aspectos de la relación que los dos rechazábamos y no funcionarían nunca bien, podíamos ser felices.

En cuanto a mis padres, los encontraba ya mayores. Tu padre tiene setenta años, me dijo, no puede hacerse cargo de todo y tú eres una mujer que, no cabe duda podría ayudarle, pero están los malditos prejuicios, y eso no va a cambiar de hoy para mañana. Te aseguro, le dije, que, si tengo hijos e hijas, los educaré con los mismos derechos y obligaciones, y, para que mi padre rabie un poco, voy a conducir. Sí, me compraré un coche con el dinero que me dio. Será su regalo de boda.

Juan reía y me miraba con admiración. Cuando dejó de reír me dijo: Marta, me parece bien. Haz lo que tú quieras, pero procura que no se note mucho que lo haces, que no te sometes ni a la autoridad del padre ni a la del marido, ¿eh? Reímos los dos de buena gana. Verdaderamente Juan hacía todo lo posible para que me sintiera bien y yo se lo agradecía. Sabía, porque se lo había dicho, que no le quería, pero, después de conocerle mejor, pensaba, como él, que podíamos vivir en armonía, y se lo dije también. Hasta pronto. Marta.

Me sentí aliviada después de leer la carta. Para ser una boda por interés, se trataba de personas inteligentes y hasta con sentido del humor. Merecían ser felices los dos, bueno, los tres.

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