Evocación. Segunda entrega

Quise pensar en otra cosa y entonces me asaltó la melancolía que presintiera en mi camino de ida. Cuando volviera a Salamanca, y sin duda volvería, tendría que pasar de largo ante la casa, la reformarían tal vez y no podría reconocerla. Tampoco reconocería a sus habitantes, ya no podría ver desde su mirador la animada Plaza Mayor, ni escucharía desde él la ronda de la tuna. Levanté el pie del acelerador, corría despendolada, y la guardia civil me mandó parar. Me extrañó su pregunta:

– ¿Se encuentra usted bien? Está muy pálida.

Mi contestación les dejó helados:

– Estoy bien, es que vengo de hacer un viaje por el pasado.

Sonriendo, uno de ellos dijo:

– Pues vuelva al presente y conduzca con más cuidado.

Se marcharon. Me quedé un rato descansando y, más lentamente, emprendí la marcha. El tráfico se hacía cada vez más denso. Madrid estaba cerca.

 Llegué a casa. Era ya de noche y me preparé para una larga e intensa velada. Me duché, cené un poco, cogí las cartas y la almohada y me dirigí a mi butaca preferida. Las cartas eran veinte, todas ordenadas por fechas, todas con aquel “Querido tesoro mío”.

Cuando estaba a punto de empezar la lectura, el teléfono, como no, sonó impertinente, pero esta vez lo cogí. Era mi hermana

– ¿Qué tal has hecho el viaje?

– Bien, es un poco cansado ir y venir en el día. Menos mal que no había tráfico.

Me regañaba cariñosamente:

– Hija, tú como siempre en las nubes, nosotras somos como la Marta y la María del evangelio: yo, la práctica; tú, la soñadora. En fin, que le vamos a hacer, tiene que haber de todo”. ¡Ah!, quería preguntarte si te interesa alguna cosa de la cómoda.

De repente me acordé de las fotografías, tal vez pudieran ayudarme a descubrir el misterio.

– Sí, le dije, quiero las fotografías.

– De acuerdo. Cuando Elena vaya a Madrid, te las llevará. Un beso, despiste.

-Otro para ti, sabelotodo.

Reímos las dos y colgué. Cogí la primera carta, leí la fecha y calculé la edad de la abuela en aquel momento: dieciocho años. No era larga, la leí con rapidez y cuando llegué a la despedida casi doy un grito. La firma era de la abuela. Era la abuela quien escribía. ¿Cómo no me llamó antes la atención la letra? Posiblemente la letra de una adolescente no es igual que la de una persona adulta. Eso tenía que ser porque yo conocía bien la suya. Se acabó el misterio del autor, pero seguía teniendo ante mí un enigma: ¿Qué relación tuvo la abuela con el “tesoro”, a quien dedicaba tan tiernas y apasionadas palabras?

Había oído yo contar que el abuelo, a quien no conocí, era demasiado serio y realista y bastante mayor que la abuela, y que la relación era poco cariñosa. En general nadie hablaba de él y, ahora que lo pensaba, en una ocasión oí decir algo de su muerte misteriosa o algo así, pero no entendí nada. De lo que no cabía duda era que el “tesoro” para ella había sido alguien muy importante. Volví a leer la carta

Querido tesoro mío:

Sí, tesoro, porque como ellos tu amor está oculto, nadie lo conoce, ni tú mismo, a quien dedico todos mis pensamientos y me gustaría dedicar mi vida. Cuando te veo y ¡te veo tanto! tengo miedo de que los latidos de mi corazón enamorado me delaten porque, aunque no me hables, tu sola presencia me conmueve.

A veces, en mis sueños, apareces como un valiente soldado que me salva del matrimonio que me imponen mis padres con una persona de mi posición, educada y seria, quince años mayor que yo, que sabrá administrar mis bienes ya que soy hija única. Es una persona agradable, no lo niego, pero yo no le quiero, y me considero cobarde por no saber negarme a una boda que no deseo, pero que cada día está más cerca.

Con frecuencia tengo como un ataque de extraña energía y recito el discurso, que va dirigido a mis padres, pero que solo soy capaz de decirme a mí misma. Queridos padres: Voy a disgustaros, voy a ir contra vuestros deseos. Siempre fui obediente, pero en esta ocasión mi corazón y mi carne se rebelan, amo a otro hombre, amo a Pablo, nuestro mayoral. Él ni siquiera lo sabe, no es mi amor correspondido, pero es tan fuerte que no me permite querer a otro hombre y, menos aún, casarme.

Eso es lo que siento, pero mi cobardía me frena y me quedo inerme, vacía de la energía que inspiró mis palabras anteriores.

¡Qué doloroso es querer como yo te quiero sin saber si soy querida! tener que fingir continuamente, sentir que no tengo decisión, que me falta empuje para manejar mi vida. En el fondo creo que no te merezco a ti, que eres la fuerza y el valor hecho persona. Me llama mi madre. Adiós, tesoro mío. Marta.

Al terminar la lectura de la carta, un llanto suave corría por mis mejillas. La abuela había sido siempre mi ídolo. Me gustaba su manera de ser, su ternura y comprensión, sobre todo. Era guapa, muy guapa, alta y  esbelta aunque la expresión de sus ojos tenía un aire melancólico. Lo que no podía entender era que se valorase tan poco. Yo la recuerdo enérgica, gobernando sola casa y hacienda, una vez muertos sus padres y su marido. Comprendía su dolor, casi lo sentía. No pude seguir leyendo. Eran demasiadas emociones para un solo día. Me abracé, como en mi infancia, a mi almohada y me quedé dormida en el sillón.

Desperté con el cuerpo entumecido y la cabeza embotada. Eran las nueve de la mañana. Por la luz tristona que entraba por la ventana deduje que seguía lloviendo. Me asomé para comprobarlo y así era. Necesitaba despejarme. Sin pensarlo mucho me vestí, cogí paraguas y gabardina y salí a la calle. Empecé a caminar sin rumbo. En la primera cafetería que encontré pasé a desayunar. Me senté en una mesa que había junto al ventanal y pedí café y una tostada al agradable camarero que me atendió. Terminado mi desayuno, encendí un cigarrillo. Fumaba poco, pero en aquel momento lo necesitaba, me ayudaba a relajarme y a pensar. Se estaba bien en aquel sitio, así que pedí otro café y empecé con mi monólogo interior.

No quería adelantar acontecimientos. Lo que más  me intrigaba era si la abuela habría sido capaz de confesar o no su amor a Pablo. Eso lo vería en las cartas. Afortunadamente era fin de semana, tenía tiempo para enterarme. Lo que sabía con certeza era que ella tuvo un amor que no fue su marido. Yo me acordaba de Pablo, pero de un Pablo mayor, siempre me pareció guapo. Le recuerdo erguido y fuerte montado en su precioso caballo negro. A todos los pequeños, cuando íbamos a ver a la abuela, nos encantaba que nos diera una vuelta en él. Siempre accedía y parecía feliz al ver nuestra alegría.

Desde luego era muy agradable, muy querido por todos y de gran ayuda para la casa, donde vivía como uno más de la familia. A mí me tenía un cariño especial. En más de una ocasión me dijo: María, cada vez te pareces más a tu abuela. A mí aquello me gustaba y ahora pienso si me tendría por eso más simpatía. Un día me dijo que, si no se lo decía a nadie, me llevaba a ver los toros, y eso si que era algo extraordinario. Y me llevó y corrimos a galope entre ellos. Le pedí que me llevara más veces y me dijo que sí, pero alguien se lo dijo a la abuela y ella se lo prohibió.

De pronto me entró una prisa loca por seguir leyendo las cartas. Me levanté, pagué y con paso rápido volví a casa. La lluvia seguía cayendo incansable. Al entrar el teléfono sonó. Era mi sobrina Elena. Me invitaba el lunes a cenar para darme las fotos. Le dije que iría encantada. Abrí las ventanas dejando que el aire fresco entrara a raudales, mientras ponía un poco de orden en la casa. Cuando todo estuvo en su sitio, cerré las ventanas, cogí las cartas y fui hacia el sillón. Las saqué todas y quise ver las fechas. Tenían un orden, pero, en alguna ocasión, entre una y otra había pasado hasta un año. Tuve la impresión de que eran como un desaguadero cuando la situación se hacía insoportable para ella.

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4 respuestas a Evocación. Segunda entrega

  1. Soco dijo:

    Estoy intrigada, hay mas?????

  2. Alex dijo:

    Muy bueno!! Me gusta mucho. Enhorabuena!

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

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