Evocación. Primera entrega.

Hoy, de una forma inesperada, he vuelto a la tierra de mis mayores, he vuelto a mis raíces. Cuando inicié el viaje, no podía imaginar los profundos sentimientos, la tremenda añoranza, los dormidos recuerdos, el dulce retorno a la niñez que en mi alma se iba a producir.

Había hecho aquel recorrido en multitud de ocasiones, sin fijarme con detenimiento en los sitios por donde pasaba. Nada era nuevo para mí, pero sin duda lo miraba con ojos distintos, tal vez porque sabía que a la vuelta de aquel viaje me habría desprendido de algo que perteneció a mi familia durante varias generaciones y, aunque no lo hubiera vivido muy de cerca, me hacía sentir que algo muy mío se perdía también, perdía algo que pertenecía a mis raíces, a ese vínculo invisible que une  a las generaciones y te dice donde están tus orígenes.

Mientras el motor del coche donde viajaba ronroneaba incansable, mi imaginación ronroneaba también, evocando otros tiempos, otra edad. Nada tenía que ver la mujer madura que hoy era yo con aquella niña o aquella adolescente que miraba todo con curiosos y sorprendidos ojos. Entonces todo lo comentaba en voz alta con las personas que tenía al lado, ahora todo lo interiorizaba, comparando el hoy y el ayer. Cuando aparecieron, allá en la lejanía, las torres de Salamanca, mi corazón empezó a latir desacompasado.

La lluvia, que me había acompañado durante todo el viaje, cayendo a borbotones, impidiéndome a veces ver el camino con claridad, se había convertido en la ciudad en algo suave, caía mansamente, parecía no mojar, acariciaba.

Antes de ir a mi destino hice un recorrido por el casco antiguo. ¡Cuánto me gustó siempre! Nunca me canso de contemplar los diferentes estilos que se pueden admirar en sus monumentos, desde el románico al barroco. ¡Qué escaparate de arte es! Incluso me senté a tomar un café en uno de los animados bares de la Plaza Mayor. La Universidad y sus estudiantes dan a la ciudad un toque alegre y vital que la hace parecer diferente cuando ellos se van.

Por fin llegué a la casa motivo del viaje, donde ya me esperaba la familia. Habíamos quedado para dejarla libre de muebles y de recuerdos. Hice un recorrido rápido por ella, terminando en la habitación de la abuela. Todo estaba oscuro, abrí las cortinas para dejar que la luz del día diera al cuarto un aspecto real. La lluvia seguía cayendo, ahora un poco más fuerte. Estuve un rato mirándola caer, oyendo su sonido para serenarme, para no romper a llorar.

Ya tranquila, me dirigí a la cómoda, lo único que yo quería de la casa. Los cajones estaban cerrados con llave, ya me lo esperaba. La abuela, como una urraca ladrona, escondía allí dentro sus tesoros, pero yo sabía donde la guardaba y aunque nunca se me habría ocurrido usarla viviendo ella, hoy sí lo haría. Sin pensarlo más, me dirigí a la repisa, tras la cual estaba, y la cogí. Con mano temblorosa abrí cajón por cajón, todo estaba en perfecto orden: sus ropas, en uno; sus adornos, en otro; fotografías de toda la familia clasificadas por años, en otro. Estaba un poco decepcionada, francamente. ¿Y para esto tanto misterio?

Casi sin interés abrí el último cajón, mi corazón empezó a latir con fuerza. Allí, envuelta en papel de seda y con un saquito de hierbas olorosas, estaba mi almohada, con la que siempre tenía que dormir de pequeña, y que o llevaba en los viajes o lloraba sin parar. ¿Cómo se la quedó ella? No lo recuerdo. La cogí emocionada y no lloré, sonreí recordando los buenos momentos de aquel tiempo en que dormía abrazada a ella.

Seguí mirando el cajón. Había otro envoltorio, lo abrí, apareció una mantilla y, al cogerla, noté que había dentro algo duro: era un paquete de cartas cuidadosamente atado con una cinta. ¿Sería aquello el misterio?

Con almohada y cartas me senté en la mecedora de la abuela. ¡Qué agradable momento! La cabeza recostada en mi querida almohada, la lluvia acariciando los cristales con sonido tranquilizador y ante mí un secreto por conocer. Me desconecté de la realidad.

Abrí una carta al azar. Decía: Querido tesoro mío… No pude seguir, el sonido del móvil y mi hermana que me llamaba rompieron el encanto Guardé las cartas, dejé sonar el móvil sin contestar y salí al encuentro de mi hermana que, con más sentido práctico que yo, se estaba ocupando del traslado de los muebles. Con ella estaba su hija Elena, mi sobrina favorita, que, al entrar en la habitación, miró la cómoda con ojos de admiración y dijo:

– Ese mueble sí que me lo llevaba yo con gusto.

– Tuyo es, le dije sonriendo.

– ¿Seguro, tía?, y me abrazó mimosa.

– Sí, Elena, y correspondí a su abrazo.

Para mí, una vez averiguado el misterio que siempre pensé encerraba, el mueble había dejado de tener interés. Recogí mis cosas y las llevé al coche, no quería dejar las cartas al alcance de cualquiera, y volví a la casa. Traté de ser útil, pero aquello no era lo mío, no sabía moverme entre tanto mueble; mi hermana, sin embargo, parecía que se había pasado la vida haciéndolo. Ante mi expresión de no saber qué hacer me dijo que, puesto que ella vivía allí, no le importaba ocuparse de todo. Fue un gran alivio para mí, se lo dije mil veces, le di las gracias otras mil, me despedí de todos, recorrí la casa una vez más y me marché rumbo a Madrid.

Hice el viaje en un estado de ánimo entre impaciente y melancólico, tenía prisa por llegar a casa para ver las cartas con tranquilidad. La lluvia seguía cayendo suave pero sin pausa y al ritmo del limpiaparabrisas iba mi pensamiento. ¿Dónde estaría el autor de las cartas? ¿Viviría aún? ¿Desde dónde las escribiría? ¿Estaría luchando en alguna de las guerras de su tiempo o habría ido a algún país lejano en busca de fortuna? ¿Sería tal vez de condición social diferente a la de la abuela y contaría con la oposición de la familia? En este caso, ¿las cartas habrían pasado por las manos de un tercero, por las manos de un amigo o amiga fiel que protegería aquel amor?

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Una respuesta a Evocación. Primera entrega.

  1. Óscar dijo:

    Ya estoy esperando la segunda entrega. Me ha gustado mucho!! Ánimo!!

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

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