El retrato del bisabuelo

Siento mucho que haya desaparecido, que no lo podáis ver porque estoy segura de que, como a mí, os habría impresionado. Cuando se propuso el tema de componer un cuento que se basara en una fotografía, supe al momento que sería la del bisabuelo la elegida. Para mí ha sido una fuente de inspiración de increíbles fantasías hasta que un día desapareció.

Era un retrato de tamaño mediano. Mi abuela lo tenía colgado en lo que ella llamaba su “gabinete”, que no me explico por qué ese nombre. A mí entonces me parecía raro, yo habría dicho que era su cuarto de estar, donde tenía sus cosas y se reunía con las amigas a charlar o a jugar a la canasta y a tomar café y, otras veces, cuando estaba sola, donde cosía o leía.

Volviendo al retrato diré que la pared estaba llena de ellos. Los había de todos los tamaños, pues bien, el del bisabuelo, no siendo de los más grandes, destacaba. Tenía mucha luz pero no se veía ningún paisaje. Él estaba de pie, apoyado en algo, que siempre creí que era una roca, alto, muy alto y guapo, o a mí me lo parecía, rubio, con el pelo rizado, grandes y expresivos ojos azules y boca que parecía estar dispuesta siempre a la risa. Vestía pantalón y chaqueta blancos y miraba al frente con expresión soñadora, y esa expresión era lo que me llamaba la atención, era de intensa felicidad, de placer, pero ¿qué miraba? ¿Por qué ese adorable gesto?

Había visto el retrato mil veces allí colgado, pero la primera vez que me causó tanta impresión y me  fijé en esa faceta tenía quince años. Lo recuerdo como si hubiera ocurrido hoy. Había ido a pasar, como todos los veranos, unos días con la abuela. Una mañana, que amaneció lluviosa y desapacible, nos fuimos al “gabinete”. Ella se puso a hacer ganchillo, yo pensaba escribir a mis padres, pero antes de sentarme miré los retratos y le vi, y observé su expresión. Me atrajo poderosamente aquel gesto y sentí curiosidad por conocer más cosas acerca de  él.

-Abuela, ¿quién es este señor tan guapo?

-Es mi padre, es decir, tu bisabuelo.

-¿Sabes dónde le hicieron este retrato?

-Se lo harían en la isla.

-¿En cuál?

-En una que no recuerdo el nombre. Se retiró allí una temporada a pensar. Quería escribir un libro y lo hizo, pero no sé dónde fue a parar cuando el murió. Yo le quería mucho, pero reconozco que estaba un poco loco.

-¿Por escribir?

-No, por su manera de vivir y pensar, porque solo le gustaban las cosas que fueran distintas a lo que la mayoría pensaba o hacía. A mi madre le amargó la vida.

-¿Y a ti?

-Yo era su tesoro, me daba todo lo que quería. Además me casé a los veinte años, no me dio tiempo a sufrir su extraño carácter.

-¿Y en qué trabajaba?

-Administraba sus bienes. Podía vivir de las rentas, pero malgastó mucho dinero.

-¿Y él fue feliz aunque los demás sufrieran?

-¡Ay, hija, yo que sé! Deja de preguntar y escribe la carta.

Yo  me puse a fantasear pensando en el bisabuelo y la felicidad que su cara expresaba en el retrato. Él era un escritor nato y quería trasladar al papel las mil ideas que bullían en su cabeza, pero allí en su tierra no le entendían y por eso se marchó a la isla caribeña de la que nadie conocía el nombre. La isla era muy pequeña y sus habitantes no pasaban de treinta, pero era preciosa, pertenecía a un  millonario que había construido en ella unos cuantos bungalós de lujo para personas que quisieran descansar y pudieran pagar su astronómico precio, claro.

Todo lo que los habitantes de la isla necesitaban lo traía un barco, que partía con la lista de cosas para comprar por la mañana y volvía al atardecer con las compras hechas. El bisabuelo, el día que le hicieron ese retrato, esperaba el barco y estaba tan feliz porque le traía una máquina de escribir, el último modelo de la marca. Llevaba varios días descansando en la isla y había decidido que era el momento de empezar a trabajar.

Sin tener fijado un horario, el barco salía y entraba a la misma hora, pero ese día venía con retraso y todos estaban impacientes porque dependían de él. Por fin se le divisa en la lejanía. El viento, que sopla fuerte, es la causa del retraso. Los tres hombres que forman la tripulación reparten las compras con un original sistema: uno dice el nombre de la persona, otro lo que le ha traído y el precio y el tercero entrega la mercancía y cobra. Todo se hace con rapidez.

El bisabuelo recoge con ilusión su máquina y camina a buen paso, a pesar de lo voluminoso y pesado que es el paquete. Tiene mucha prisa por estrenarla: el duende de la inspiración le había visitado aquel día y él sabía lo peligroso que podía ser no corresponder a su visita a tiempo. Había pasado la mañana haciendo esquemas que quería desarrollar cuanto antes. Prepara todo lo necesario para escribir, más café y cigarrillos y empieza su trabajo, que dura hasta la madrugada, arrullado por un viento ya más suave y el canto de cien aves.

Salvo las horas de sueño, una para hacer ejercicio y otra para las comidas, que respeta escrupulosamente, el resto del día escribe. La actividad es intensa. De pronto se encuentra sumido en un laberinto, tiene tres enfoques diferentes para desarrollar la vida de sus personajes, no sabe por cuál decidirse y eso le mantiene paralizado. Al fin  escribe las tres historias, y ese fue su mayor acierto. Al cabo de un año de trabajo vio la luz una deliciosa trilogía, que se publicó en Méjico y fue el libro más vendido del año. En España no tuvo mucha difusión. Se dijo que había escrito un libro, y en la casa hubo uno que luego, según palabras de la abuela, se perdió.

La voz de la abuela, un tanto brusca, me sacó de mi mundo de fantasía. Me hablaba enfadada.

-¿Puedes decirme en qué pensabas? Ha pasado más de media hora y no has escrito una palabra, has estado en otro sitio.

-Pensaba en el bisabuelo, pensaba en el motivo que hizo que su cara reflejara esa dulzura, esa felicidad. Me ha dado la impresión de que estaba en paz con todos y con todo. He sentido a través de esa expresión calma yo también.

-Me parece que habrías tenido buena relación con él, eres igual de fantástica, pero de fantasías no se vive.

-Claro que se puede vivir de fantasías: el cuerpo no, pero tenemos algo más que cuerpo, abuela.

-Mira, vamos a dejar el tema, no quiero regañar contigo, no quiero comprobar, como me pasó con él, que tenemos diferente manera de pensar. No me gusta que las personas que me rodean me agobien con cosas nuevas.

-Y lo dices tan tranquila, eres una tirana. Y tu madre pensaba igual, claro. Luego os extrañaría que él se marchara de vuestro lado, a la isla o a la luna.

-Sal de aquí ahora mismo, eres una descarada.

-Lo siento abuela, no quería ofenderte pero pienso así.

Salí de la habitación con muchas ideas nuevas en la cabeza y me las había dado ella, precisamente ella, que no quería nada con lo nuevo. Para empezar me desilusionó su manera de pensar: con muchas mujeres como ella seguiríamos ancladas en el pasado, sin poder avanzar. Ellas, porque eran muchas las de su clase, tenían su vida bien cuadriculada: misa mañanera, organización de la casa, comida, momento de reunión de la familia, visitar o que te visiten, con partida de canasta y merienda incluidas. Como el lugar es frío, el rosario el cura lo reza a las seis en invierno, en verano hay otras normas. Y mañana, con ligeras variaciones, otra vez lo mismo, sin sobresaltos, sin tener que pensar. Pero entérate, abuela, hay otras personas cuya vida es una lucha constante.

Lo decidí en aquel momento: no volvería a pasar más veranos en aquella casona de Medina del Campo, y eso que me divertía mucho, pero no quería discutir con ella. Este año me quedaban seis días, trataría de dominarme y seguiría buscando información sobre el bisabuelo. Me pareció que la fantasía de que su expresión tan feliz y maravillosa se la producía una máquina de escribir era algo burda, que la debía borrar de mi pensamiento. Aun cuando con ella llegara a conseguir su obra, no era el motivo, no, debía ser otra cosa y  tenía que saber cuál.

La comida fue un momento desagradable para mí. Menos mal que estaban dos amigas suyas, que la venían a visitar desde Astorga y se quedaban ese día en casa. Eran muy charlatanas y bromistas y la abuela se tuvo que poner a la altura de las circunstancias, pero me miraba con el ceño fruncido. Comimos  con verdadero gusto, todo estaba riquísimo, y ellas se deshacían en alabanzas a la cocinera. Aquel día la partida era en casa a las seis y, como solo eran las tres, se fueron a dar una “cabezadita”. Yo no quería dormir pero, como seguía lloviendo, me fui a sentar en la galería en una de las butacas que allí hay  a leer una revista.

Me pareció que había comido demasiado, porque empecé a sentir unos deseos enormes de dar yo también la “cabezadita”, como dijeron aquellas señoras, y me dormí y soñé, ¡cómo no! con el retrato del bisabuelo, pero era un sueño un poco absurdo. Aparecía un geniecillo horrible de aspecto, pero que tenía una preciosa voz y, después de bailar alrededor de mí una extraña danza, cogía un violín y me cantaba una canción en la que decía, que le vendiera mi alma a cambio de saber por qué tenía el abuelo aquella expresión que me fascinaba. Su voz era tan dulce que poco a poco fui cediendo a sus mandatos.

Me iba a quitar el alma rasgando mi cuello, cuando apareció otro geniecillo, este muy bello, y su voz más todavía. Empezaron los dos a cantar canciones más y más hermosas. Estaban haciendo una especie de competición y yo debía ser el juez, y la que me pareciera mejor podía ser que me hiciera perder el alma o conocer el secreto sin más problemas. Pero el geniecillo malo se cansó del juego, tomó su cuchillo y avanzó hacia mí. Iba directo a mi garganta, el miedo me impedía defenderme y empecé a gritar. Lloraba y estaba empapada en sudor cuando María, el ángel de aquella casa, vino en mi ayuda.

María era una viejecita encantadora, tenía más de noventa años, pero ni su cuerpo ni su mente los aparentaban. De estatura mediana, su espalda se mantenía erguida como a los veinte, era delgada pero no arrugadita, solamente sus azules ojos acusaban la edad: se iban apagando poco a poco y en breve estaría ciega. Su mente era   clara y su memoria prodigiosa, recordaba fechas y acontecimientos de toda la familia y de todo el barrio. Cuando la memoria de alguien fallaba acudía a María.

Yo la recuerdo toda mi vida en la casa. Vino cuando la abuela nació. Tenía solo dieciocho años, pero había criado ya a tres de sus ocho hermanos, y aquí vivía desde entonces. Le habría gustado, me dijo un día, tener más niños en la casa, pero la abuela fue hija única y tuvo solo dos hijos: no éramos familia numerosa, no. María fue siempre la encargada de los pequeños y nos entendía muy bien.

Por eso me ayudó como nadie a salir de mi pesadilla y a refrescarme, porque estaba empapada de sudor. Me pidió que le contase mi sueño porque parecía estar muy impresionada, y cuando eres capaz de repetirlo, ya despierto, pierde su importancia, y así lo hice. Cuando hablé del retrato y de la cara del abuelo, se interesó mucho y me preguntó:

-¿Dónde dices que está el retrato?

-En el gabinete de la abuela, colgado en esa pared que tiene tantos.

-¿Y le has preguntado a ella?

-Sí, pero no sabía donde se la hicieron. Me dijo algo de una isla.

-Bueno, estaré pendiente y cuando se vayan del gabinete me dices cuál es. ¿Te parece bien?

-Ya lo creo. Gracias, María.

Estuve toda la tarde esperando pero no se iban. Me pareció muy raro que la abuela faltara al rosario. María me contó que sus amigas consideraban que eso era una beatería y no iban, y la abuela, cuando ellas venían, tampoco. Hubo canasta hasta las diez y ninguna quiso cenar. Yo salí a dar una vuelta con dos amigas y volví enseguida a casa, no quería enfadarla más. Fui a dar las buenas noches y me enteré de que sus amigas habían pensado quedarse dos días en vez de uno. Me alegré  porque contribuían a hacer más distendido el ambiente.

María me dio otra opción para entrar en el “gabinete”: levantarme temprano. Yo dije que sí, pero, cuando llegó la hora de hacerlo, consideré que era muy pronto y que ocasiones para ir con María al “gabinete” habría muchas. No fue así. Las amigas de la abuela lo habían tomado y pasaban allí el día. Era sin duda muy acogedor. La habitación estaba amueblada con mucho gusto, tenía mucha luz y mucha amplitud. Según me dijo María, la decoró el bisabuelo para hacer un regalo a su esposa. Era un hombre especial, tal vez difícil de entender por las personas normales, pero especial.

Las célebres amigas, al parecer, se encontraban muy bien en casa porque decidieron quedarse unos días más. Lo malo es que no dijeron cuántos y yo me tenía que marchar dentro de tres. El “gabinete” seguía siendo su lugar preferido y además se movían poco. Eran muy buenas conversadoras, y entre las partidas de canasta y las largas charlas pasaban el día, y muy divertido, porque las risas sonaban continuamente. Como el tiempo se había estropeado yo también pasé algunos ratos con ellas. La abuela ya no tenía cara de enfado, pero no dejaba de mirarme de una manera extraña. Creo que fue la primera vez que estudié con atención su cara y me di cuenta de la belleza que debió ser en su juventud.

No tenía más remedio que madrugar si quería que María me hablase del cómo, dónde y cuándo del retrato, y así lo hice. A las siete de la mañana, un poco dormida aún, entraba con María en el “gabinete” y señalaba el lugar donde estuvo el retrato, porque ahora el sitio estaba vacío

-María, se han llevado el retrato. ¿Recuerdas por el sitio cuál era?

-Creo que sí, pero con esta luz veo muy mal. Espera a que haya más  luz del día.

-Está bien, esperaré, pero ya no me acuesto.

-Ven conmigo a la cocina a tomar algo caliente, la mañana está fresca.

Desayuné con María y subí a vestirme. Eran los últimos días de agosto y empezaba a refrescar. Me arreglé con calma, haciendo tiempo, sin querer pensar por qué la abuela había quitado el retrato de su sitio. Cuando estuve lista, fui a reunirme con ella y sus amigas, que ya estaban levantadas. Iban a dar un paseo antes del desayuno y las acompañé. La mañana se había templado y estaba muy agradable. Anduvimos a buen paso primero y más suavemente después, alrededor de una hora, y a las nueve y media con absoluta puntualidad nos sentamos a desayunar. Yo volví a tomar algo porque el paseo me había abierto el apetito.

La abuela seguía mirándome con aquella extraña expresión, cuyo significado no entendía. Terminado el desayuno, las tres mujeres subieron a recoger su habitación y volvieron al cabo de una hora. El sol había vuelto a nublarse, las negras nubes invadían el cielo con rapidez, pronto llovería de nuevo. Con esa perspectiva decidieron no salir y me invitaron a jugar con ellas. Lo hicimos al parchís porque yo no conocía otro juego. Me reí como una loca, mejor dicho nos reímos.

Aquella tarde se fueron a las cuatro. Iban de visita y volvieron a la hora de cenar: la abuela muy seria, pero no enfadada; sus amigas, risueñas como siempre. Cenamos hablando todas con facilidad y buen humor. Terminada la cena, la abuela sacó un paquete, que se veía hecho con mucho cuidado, y me lo dio

-¿Es un regalo para mí?

-Más que un regalo es un recuerdo. Ábrelo.

Lo hice sabiendo ya lo que era. Cuando terminé de quitar el papel, apareció el retrato del bisabuelo. Visto de cerca era más imponente su figura y más cálida su sonrisa. Ella con voz temblorosa me dijo: “Es tuyo porque lo has sabido interpretar, has visto más allá del gesto, has visto el sentimiento que le producía lo que miraba, y como ese sentimiento se traducía en una expresión ideal. Me has dado una lección: setenta años mirándolo y no acertaba a ver más que lo alto y lo guapo que era mi padre”.

-Gracias, abuela. ¿Sabes qué miraba?

-Sí, miraba como yo daba mis primeros pasos. Mi madre y él uno frente a otro y yo entre los dos caminando insegura, pero el fotógrafo solo le cogió a él. Debía de ser muy malo, porque no quisieron repetir el retrato. Eso fue lo que me contaron siempre.

-Tenías que ser muy importante para él, te miraba con el alma en los ojos.

-Sí, era su debilidad, todo le parecía poco para mí.

-¿Intentabas desacreditarle cuando me dijiste que se lo habían hecho en la isla?

-En cierto modo, sí. Me dio envidia ver la admiración que demostrabas por él. Nunca me  dijiste a mí nada tan agradable.

-Lo hago en este momento, abuela, me rindo ante tu sinceridad.

Nos abrazamos y las dos dijimos lo mismo: “el retrato del bisabuelo ha destruido muchas barreras entre nosotras”. Lo que nunca entendí, pero no me atreví a preguntarle fue por qué, si sabía toda la historia del retrato, me la había ocultado. Su disculpa no me convenció en absoluto, pero no quise violentarla más. Lo conservé durante muchos años, pero sin saber cómo desapareció en el último traslado que hice de casa, causándome un gran disgusto.

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