Un día especial

Me llamo Juan Antonio Valle Bustamante y creo que no habrá demasiados hombres en Salamanca, lugar donde nací, que hayan tenido tantas posibilidades como yo de ser  mimado, inútil y atontado, porque, para mi bien o mi mal, soy hijo, nieto y sobrino único, con el agravante de que no tuve jamás un referente masculino: me criaron la abuela Dolores y mis tías Virtudes y Olvido.

Mi madre, Soledad Bustamante Rivas, murió al nacer yo, y mi padre me dejó, creo que con alivio, al cuidado de la abuela. Él era madrileño, estaba en Salamanca de forma accidental. Como ingeniero de minas,  buscaba junto con su equipo los yacimientos de wolframio que, al parecer, había en la zona. Conoció a mi madre, se enamoraron, se casaron. La última parte ya la he contado.

Encontraron la veta del mineral pero, como no era muy importante, la explotación no resultaba interesante, y el proyecto se abandonó. Mi padre volvió a Madrid y se casó de nuevo. Poco más puedo decir de él porque, de manera insensible, fuimos dejando de vernos hasta perder totalmente el contacto.

La abuela Dolores era todo un carácter. Fue mi padre y mi madre. Creo que jamás siguió las normas de aquella sociedad provinciana a la que provocaba constantemente. Ella y mis tías tenían un excelente humor, reían con facilidad.  Para mí inventaban juegos que eran la admiración de mis amigos, que siempre querían venir a jugar conmigo. Jamás ponían  inconvenientes, y la casa se llenaba de risas. Yo sabía que podía jugar lo que quisiera, pero tenía que estudiar después. La abuela en eso era inflexible.

Las tías actuaban como unas mujeres modernas: montaban a caballo, en bicicleta y conducían el viejo coche, es decir, estaban al día. Lo que no tenían era novio, pero no parecía preocuparlas. Sabían resolver sus problemas y, como su madre, se reían de las costumbres y usos pasados de moda. Se reían hasta de sus melancólicos nombres, elegidos por la abuela con intención. Las quiero y las admiro.

Viví una infancia feliz, estudié, jugué, crecí, en una palabra hice todo lo que un chico normal suele hacer. Siempre tuve buenas notas y la abuela me decía que debía ser ingeniero, pero yo era amante de las letras y odiaba los números, por eso elegí derecho, que era la siguiente carrera en el orden de sus preferencias con la que me podía olvidar de ellos. La realicé con buenas notas y sin costarme gran esfuerzo.

Se celebró con mucha alegría el fin de mi carrera. Hicimos hasta una fiesta a la que vinieron mis amigos y amigas y los de la abuela y los de las tías también. Yo creí que iba a ser un aburrimiento, pero debo reconocer que la gente mayor era muy animada. Pusimos música y salió todo el mundo a bailar con mucha gracia. La merienda estuvo soberbia, lo único que no me gustó fue que la abuela solo permitió de bebida limonada y, cuando me quejé, me dijo: “Es la única manera de que a nadie le siente mal la bebida y se ponga patoso”

Disfruté unas estupendas vacaciones: fui con mis tías a Santander. Conocer el mar me pareció emocionante. No me cansaba de mirar sus cambios de color, su fuerza, su poder. Hicimos excursiones a los pueblos cercanos, todos ellos preciosos, y por las noches bajábamos al salón del hotel donde se bailaba y había un ambiente muy agradable. Las tías hicieron amigos enseguida y a los pocos días parecía que estábamos en casa. Pasamos allí tres semanas y me costó marchar. Mi vida de estudiante terminaba en ese punto. Empezaba a ser un adulto, tenía veintidós años y sentía un poco de angustia ante la nueva etapa de mi vida.

El primer día de septiembre la abuela me llamó. Estaba en el salón y las tías también. Sin dar rodeo alguno fue directa a lo que le interesaba y me dijo: “Hijo, desde que nos hicimos cargo de ti vengo pensando en tu futuro. Parecía muy lejano, pero yo sabía que el tiempo vuela. Por eso empecé desde entonces a guardar dinero para que no tuvieras problemas económicos en tu vida. Hoy tienes una cantidad que te permite montar tu propio despacho donde te guste más”

No supe qué decir. Debía sentir gratitud, pero me invadió un profundo rencor hacia aquella mujer que parecía saberlo todo, tener la solución para todo. La odié. Sólo supe dar las gracias y pedir que me permitiera pensar un par de días la proposición. Después salí de la habitación dando un portazo y me fui a la calle. No quería ver a nadie, necesitaba pensar cómo actuar, porque tenía mis proyectos. Había hecho una carrera, por si acaso, pero mi idea era otra.

Yo, como todos los humanos, tenía un sueño: ser escritor. Nunca había escrito, pero sabía que llevaba ese don en los genes. Veo la blanca hoja de papel y siento que es mi campo de trabajo. Mi apellido Valle no dice nada por si solo pero, si añadiera Inclán, todo el mundo se descubriría. Sí, yo soy bisnieto de D. Ramón María del Valle-Inclán y siento la llamada literaria aunque, debido a la falta de contacto con mi padre, no conocí a ningún otro Valle. Por otro lado también soy nieto de Dolores, esa estupenda mujer que me cuida en el presente y, mientras lo hace, piensa además en mi futuro. No puedo defraudar a ninguno de los dos.

Pasé dos días horribles buscando una solución que diera satisfacción a todos Y al fin se me ocurrió poner el despacho con dos compañeros que trataban de hacerlo, pero les faltaba dinero. Yo lo puse con la condición de que no trabajaría, para poder escribir. Y ha sido esa la combinación perfecta, combinación que no conocía la abuela. Los tres hemos trabajado mucho y bien. Ellos han logrado empezar a ser conocidos,  que nuestro despacho goce de cierto nombre y yo he conseguido escribir mi primera novela: “Virtudes, Olvido y Dolores, mis tres amores”, que, en tono de humor, cuenta la vida de estas tres maravillosas mujeres a las que debo todo lo que soy. La crítica y el público la acogieron con entusiasmo y ya va a publicarse la tercera edición.

Hoy, 30 de enero de 1950, es un día muy especial para mí. Mi editorial me pidió que hiciera la adaptación de la novela para el teatro, y aquí está lo que hice. Hoy va a ser la primera representación de ella y ustedes los primeros espectadores. Perdonen si la introducción, a modo de prólogo con pequeñas pinceladas de mi vida, les ha parecido larga o innecesaria. Una fuerte ovación ahogó mis últimas palabras.

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