La casa de Juan

Me gustaba mucho la casa de mi amigo Juan y siempre que podía iba a jugar  allí. Estaba en las afueras de nuestro pueblo, un viejo pueblo castellano, donde había aún gente buena y sencilla por un lado y gente engreída y con prejuicios por otro, y digo esto porque esta circunstancia tuvo mucha importancia en mi vida. Juan, mi amigo del alma, y yo pertenecíamos a clases distintas, para nosotros eso nunca contó pero mis padres, por ejemplo, no lo asimilaron jamás.

Pasaré por alto ese problema porque no afectó jamás a nuestra  amistad y evocaré aquella casa, de la que no puedo definir donde estaba su encanto para mí. Era muy sencilla, muy parecida a otras del pueblo, pensándolo bien tal vez el encanto estuviera en sus habitantes. Me daba sensación de armonía y de paz. En verano sobre todo parecía un oasis en medio del desierto, los campos que la rodeaban estaban entonces secos y amarillos, ella en cambio aparecía toda verde: verde el seto de aligustre, verdes los árboles, los rosales, los geranios y, por ser verdes, hasta las rejas de sus ventanas.

La casa no tenía nada de particular, me refiero a su forma. Era rectangular, con tejado rojo, pintada de blanco y de una sola planta. Se adornaba por delante con un porche y una amplia terraza de forma alargada. Allí, María, la madre de mi amigo, tenía sus geranios en tiestos pintados de colores: los había rojos, amarillos, azules y verdes que ponían una agradable nota de color en terraza y ventanas.

Detrás había un rústico cenador con emparrado y un pozo que daba agua a la casa. Aquello me hacía mucha gracia: un motor subía el agua del pozo a un depósito colocado sobre el tejado y de allí pasaba a la casa. Cándido, el padre de Juan, me lo explicó muy orgulloso por tener agua corriente, que pocas casas en el pueblo la tenían. Había además un pequeño huerto, que él cuidaba con esmero y conseguía frutos estupendos de una tierra que no era apropiada para ellos.

Las habitaciones eran amplias y luminosas; el mobiliario, sencillo, pero poseía algo especial, que entonces no sabía definir, y que hoy llamo calor de hogar. Juan era el pequeño de la familia, y los dos teníamos once años, sus tres hermanos mayores trabajaban ya. Yo era hijo único y mis padres, los más ricos del lugar, no querían mi amistad con Juan porque tenía una categoría social inferior y eso contaba mucho para ellos. Yo, sin embargo, le consideraba mi hermano y él pensaba igual.

Los padres de Juan me parecían perfectos: siempre tenían un momento para nosotros. Recuerdo las meriendas en la espaciosa cocina de aquella casa ideal. Mientras María preparaba generosas rebanadas de pan con mantequilla y azúcar, Cándido cargaba su pipa y se sentaba a fumarla charlando con nosotros de las cosas más diversas, se interesaba por lo que hacíamos en el colegio y, cuando había frutos para recoger en el huerto, nos dejaba ir con él, nos permitía cogerlos, nos hablaba de sus cualidades y  algunas veces comíamos alguno fresco, recién cogido de la planta.

Siempre se me hacía tarde cuando estaba allí. Cándido sacaba entonces su vieja moto y me llevaba a casa, donde me esperaba una regañina que no escuchaba. Me distraía pensando en el mimo con que María me ponía el gorro y la bufanda de Juan para que no me enfriara, porque la moto es muy traicionera, decía. Mis padres no tenían un solo detalle de ese tipo, vivían obsesionados con las clases sociales, para ellos Juan y su familia eran un peligro para mí; yo, por el contrario, pensaba que eran  un cálido refugio, la compañía perfecta.

Una de esas noches que llegaba tarde me dieron la noticia: el próximo curso iría interno a un colegio. Lloré, supliqué, amenacé, pero no conseguí nada. Me sacaban del pueblo, iría a Salamanca, se acabarían las amistades peligrosas. Comprendí que no iba a lograr nada con mis lamentos, todo estaba bien pensado y mis protestas de nada servirían.  Decidí por tanto disfrutar el momento, y cuando llegaron las vacaciones estaba todo el día en casa de mi amigo.

Pasé grandes ratos grabando en mi mente las cosas que más me gustaban de la casa y hablé mucho con Juan. Él pensaba que llevarme interno era una injusticia y que, si todo lo hacían para separarnos, se equivocaban: seríamos siempre amigos. Entre risas y llantos llegó el día de la marcha. Fueron todos a la estación: mi familia y la suya. Mi madre no les saludó y me pareció fatal, una humillación que nunca le perdonaría; yo, para compensar, los besé a todos varias veces.

El colegio no se parecía en nada al del pueblo y me costó adaptarme, pero terminé el curso con buenas notas. Al principio me aislé bastante porque ninguno de aquellos chicos se parecía a Juan, siempre estaban hablando de las cosas que tenían y del dinero de sus padres, pero al cabo de unos meses hice buena amistad con dos de ellos, y aún la mantengo.

En una de las cartas de Juan había unas palabras, que me dejaron muy intranquilo, decía así: “Todo el mundo está muy contento, por fin hacen la carretera que comunica nuestro pueblo con la ciudad. Nosotros estamos tristes dentro de la alegría que la noticia nos da, porque el pueblo mejorará mucho con ella, pero atraviesa nuestra tierra y nos tenemos que marchar de allí. Creo que la casa desaparecerá, lo que no sé es cuándo”.

No podía ser cierto lo que había leído: que hicieran la carretera, pero me parecía que había sitio para todo, seguro que no tocarían la casa. Juan en ocasiones es un poco exagerado, pensaba. No fui al pueblo hasta el verano, mis padres vinieron a pasar las vacaciones de Navidad y Semana Santa conmigo. No me atreví a preguntarles lo que podía pasar con la carretera y la casa de mis amigos. Juan no me volvió a decir nada y yo  tampoco pregunté, creo que por miedo.

Y por fin llegó el verano, las vacaciones y las notas. Las mías ya dije que fueron buenas, y mis padres estaban tan contentos que hablaron de darme un premio. Acepté encantado y pedí que nos fuéramos al pueblo enseguida. Se sorprendieron pero cumplieron lo prometido. Escribí a Juan y traté de ser amable con ellos el tiempo que pasamos en la ciudad. Me dieron un poco de pena, al fin ellos hacían lo que les parecía lo mejor para mí, de eso estaba seguro.

¡Qué alegría me dio estar de nuevo en casa! Lo primero que hice fue ir al encuentro de mi amigo: saludos, risas, comentarios y después…la mala noticia: ya no vivían en la casa, se habían mudado en enero.

-¿Cómo no me avisaste?

-Para evitar que pasaras malos ratos.

-¿Dónde vives ahora?

-En una casa del pueblo, mis padres la arreglaron y está muy bien.

-Vamos a verla

-No tiene nada especial, es como las demás.

-Me refería a la de antes. Vayamos.

-¿Para qué? esa ya no es nuestra, está destrozada.

-Yo necesito verla. Acompáñame por favor.

Vino de muy mala gana. Hicimos en silencio el camino, que antes recorríamos felices y bulliciosos, lo empezamos con un paso ligero que se fue haciendo cada vez más lento, yo porque temía el encuentro, Juan porque temía mi reacción. Al fin la casa apareció ante mis espantados ojos.

Mi primer pensamiento fue lo triste y deprimente que es una casa deshabitada. La que antes fuera un oasis había palidecido: su seto y sus árboles se habían emparejado amigablemente con las amarillas hierbas, que crecían desmesuradas por todas partes; los rosales parecían zarzas de duras espinas, que se aliaban para hacer el jardín intransitable; la parra casi seca mostraba con timidez unas hojitas verdes en lo alto; las ventanas me parecieron bocas abiertas en un grito de protesta, sin rejas, ni cristales, ni tiestos de colores. Me asomé por una de ellas: todo estaba sucio y polvoriento, no había un solo detalle que hablara de nuestro paso por allí. La idea me deprimió más aún. Miré hacia el huerto: no había ninguna planta, unos aparatos desconocidos lo ocupaban, no quise seguir más tiempo viendo aquel desastre.

Llamé a mi amigo con fuertes gritos para desahogar mi rabia y mi pena. Acudió rápido, como si hubiese estado esperando mi angustiosa llamada, no dijo nada, me cogió del brazo y me sacó de aquel lugar, que ahora nos resultaba extraño.

La casa de Juan sucumbió ante el progreso, su lugar lo ocupa hoy una amplia carretera, y en el huerto, que Cándido cuidaba con tanto esmero, hay bloques de pisos, pero Juan y yo, que seguimos siendo amigos, mantenemos clara su imagen en nuestra mente y su recuerdo imborrable en nuestros corazones, y allí permanecerá sin cambios y para toda la vida, como nuestra amistad.

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Una respuesta a La casa de Juan

  1. JANF dijo:

    Aunque la acción se desarrolla en Salamanca, me trae, gratos, recuerdos de mi niñez, en un pueblo cercano a Madrid.

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

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