Va de teatro

Domingo, tarde lluviosa, aburrimiento, tal vez pensando en el fin de la fiesta y el comienzo de una semana de trabajo. No tengo ninguna actividad prevista, pero necesito moverme. Me lanzo a la calle sin rumbo, avanzo por una al final de la cual se ven luces que anuncian  un espectáculo. Me decido en un momento: voy a verlo. Se trata de una obra de teatro de un autor novel. La sala sin embargo es muy antigua. Compro una entrada y paso al patio de butacas que está completamente lleno. Casi al mismo tiempo que me siento se alza el telón.

El decorado es lujoso. Representa un amplio salón de estilo moderno por donde, a grandes zancadas y haciendo grandes aspavientos, se pasea un hombre joven vestido de etiqueta que grita: “¡Esto no puede haberme pasado a mí, a mí, que siempre tuve a las mujeres a mis pies, no puedo creer que, cuando me decido a sentar la cabeza y elijo a una para compartir con ella el resto de mi vida, me deje plantado y ante el altar! Parecía tan enamorada, tan feliz conmigo que consiguió ilusionarme, me hizo añorar el hogar, los hijos, la calma. Estaba todo tan hablado, tan claro para los dos.  No lo puedo entender”.

Cesa en los paseos, se sienta en un sillón con la cabeza entre las manos y dice en un susurro: “Tais, Tais, mi dulce y adorada geisha, vuelve a mí, dime que todo ha sido un sueño, que estás dispuesta a compartir conmigo el resto de tu vida. Yo no puedo ya  seguir adelante sin ti, sin tu compañía. Eres mi perfecto complemento, eres lo que yo necesito: varias mujeres en una, delicada y fuerte, dura y tierna, mimosa y adusta, coqueta y seria, apasionada y fría, amante y amiga, compañera, todo, todo eso y más eres para mí desde que te conocí en el frío y triste hospital de Tokio, donde me llevaron cuando tuve aquel terrible accidente de coche, durante las vacaciones más aciagas y a la vez más felices de mi vida, y donde tú estabas por casualidad. Habías ido a buscar a tu padre que era médico allí. La atracción entre nosotros fue instantánea. Tu padre curó muy bien mis heridas y, al saber que estaba solo en la ciudad, me hizo el regalo de tus visitas.

Estuve allí tres meses. Tú venías a diario. La atracción primera se fue convirtiendo en un cálido sentimiento que nos hizo pensar a los dos en vivir juntos para siempre. Hablé con tu padre, viniste aquí, conociste a mi familia, mis amigos, mi trabajo. Sabías mis antiguos devaneos: no tuve secretos, para ti fui transparente. Si tú estabas de acuerdo con todo, por qué este horrible comportamiento, esta humillación, este dolor innecesario para todos. Si no te parecía bien alguna cosa, por qué esperar al último día para tomar   tan drástica decisión. No puedo creer que tú, tan delicada y angelical, hayas podido maquinar una venganza tan cruel, una venganza tan humillante para una familia, no solo para mí, que tanto te admira, que tan bien te acogió y te trató.

La puerta del salón se abre sigilosamente y con igual sigilo se cierra dando paso a un hombre maduro y apuesto, igualmente vestido de etiqueta, que se acerca al joven y le presiona suavemente el hombro.

-Carlos, hijo, ánimo, hay que hablar con los invitados.

-Yo hablar,  ¿para qué?  ¿para decirles que me han tomado el pelo o, peor aún, para decirles que me han dado una lección? No, no hablaré.

-Hijo, por Dios, sé valiente. No hagas que la gente crea que eres un donjuán y cobarde

Carlos mira a su padre con gesto compungido y dice: está bien, daré la cara, pero realmente nada puedo decir, porque nada sé de los motivos que ha podido tener Tais para tomar una decisión tan extrema.

 -¿Estás seguro? No hay otra mujer que pueda tener razones para hablar con ella y hacerle saber tu verdadera personalidad. Reconoce que tu vida ha sido una sucesión de calaveradas, algunas muy sonadas, muy dolorosas para quien las tuvo que sufrir. Recuerda que más de una vez has anunciado un compromiso y cuando empezaban los preparativos te has vuelto atrás, sin poder alegar motivos lógicos que avalaran tu decisión, que parecía más bien la de un niño caprichoso y aun sin escrúpulos.

 -Tu boda es un acontecimiento en la ciudad. Sé que hasta se han hecho apuestas sobre si te casarías o no. La mitad de los invitados han venido solo para saber de primera mano la solución al dilema. Reconocerás que si esto llega a oídos de una mujer, por muy enamorada que esté, la puede hacer dudar, hasta puede hacer que despierte en ella la idea de vengar a esas otras mujeres burladas y sumidas en la tristeza más terrible, de hacerte sentir el mismo dolor que tú causaste.

-Tal vez estés en lo cierto, pero ella sabía que yo no había sido un santo, conocía   toda mi vida.

-¿Toda, Carlos? ¿Sabía tu relación con Malena y sus consecuencias?

-No. Eso es lo único que no le conté.

-¿Y te parece, si se ha enterado, poco motivo para dejarte plantado?

-Malena tenía firmado un pacto conmigo: ella callaría siempre.

-Claro, hijo, termina la frase. Callaría siempre que tú no adquirieses otro compromiso. Recuerda que tú alegabas para eludir tus obligaciones incapacidad para una convivencia permanente debido a que padecías  inmadurez mental, y lo más trágico es que yo, tu padre, conociendo tus aventuras, firmé eso como psiquiatra. Fue una actuación indigna. Solo el deseo de un padre por solucionar los problemas de su hijo la puede disculpar.

-Padre, no tienes motivos para sentir remordimientos. Fuiste muy generoso con ella: tiene todo lo necesario para llevar una vida digna, más que digna, holgada.

-Sí, hijo, sí, pero una compensación económica no nos exime de nuestra responsabilidad moral, procura no olvidarlo. Puede que si lo hubieras tenido presente, la situación actual no se habría dado. Malena ha podido reclamar siempre los derechos de esa hija de la que tú nada has querido saber, pero que puede fácilmente demostrar que es tuya, ha podido enternecer el corazón de Tais pidiendo un padre para ella. En fin, hijo, tiene muchas cosas para poder hacerte daño.

-Vale ya, papá. Esto es insoportable. Como sigamos así, tendrás que firmar mi ingreso en el psiquiátrico. Vamos a dejar de hacer conjeturas. Pero sí me gustaría saber si no te parece muy extraño que Tais quisiera venir sola a la capilla, según nos ha comentado su padre, que era su acompañante. Se lo pidió casi con histerismo, y luego aquella mujer oriental anunciando que Tais no vendría ¿no te resulta muy raro?

-Esa joven no es ninguna desconocida para Tais y tú deberías saberlo. Es la dueña de una casa de modas que ella visita con frecuencia y según me dijo tu madre iba a vestirla de novia.

-Estás al día en todo.

-No. Simplemente me intereso por las personas, pero eso de que quisiera venir sola sí me parece raro o por lo menos una extravagancia impropia de Tais.

-Padre, nunca hablamos del tema. Tal vez no sea este el momento para hacerlo, pero quizá por lo que ha ocurrido deseo más que nunca saber tu opinión sobre Tais. ¿La encontrabas adecuada para mí, para nuestro mundo?

-Sí. La encontraba perfecta. La mujer oriental tiene una infinita capacidad de adaptación, ha sido educada para complacer. Hasta la más moderna, la más independiente, la más desligada de las tradiciones sigue teniendo esas cualidades. Reconozco que cuando la traté sentí un poco de envidia. Es tan agradable que te cuiden y te mimen de esa manera tan sutil, tan delicada que ella tiene que te consideré afortunado. Tu madre también lo veía así. Nos preocupaba un poco su adaptación a nuestra sociedad, a nuestras costumbres sobre todo, pero las  asimiló perfectamente.

-Me alegran y me tranquilizan tus palabras, ya estaba empezando a pensar que me había equivocado en la elección.

Bien, Carlos, no podemos alargar más esta conversación, tenemos que reunirnos con los demás, cumplir lo mejor posible con todos, demostrar que tenemos entereza y clase. No quiero escenas violentas. Ante cualquier comentario desagradable, sonrisa y la misma contestación que a los demás: estamos consternados y ansiosos por tener una explicación de Tais. De momento no sabemos el porqué de su actuación, pero tan pronto como tengamos alguna noticia la comunicaremos a todos.

Los dos hombres se levantan y se dirigen al otro extremo del salón donde, a través de unos amplios ventanales, se vislumbra un hermoso jardín decorado y engalanado para una fiesta, preparada para unos invitados que ya empiezan a llegar. Cae el telón.

Se encienden las luces. Me levanto para salir a fumar un cigarrillo y echar una ojeada al programa. Mi precipitad decisión me ha hecho ver este primer acto a ciegas y  quiero ponerme más en situación. Es una obra en dos actos, la primera que pone en escena el autor. De momento me parece un poco “floja”, pero ya tiene su mérito escribir una. Observo con detenimiento el teatro, debe de ser de los pocos que se conservan sin reformas. Según leo en el programa se construyó a mediados del siglo diecinueve y me gusta. Es más incómodo, no cabe duda, pero tiene una gracia especial. Absorta en mis pensamientos, no me doy cuenta de que ha pasado el tiempo del descanso y ya suena el timbre  que lo anuncia. Vuelvo a la sala.

Cuando se alza el telón, el escenario se ha transformado en un maravilloso jardín. Me produce una grata impresión el decorado por el efecto de amplitud que crea y el colorido tan armonioso. Los invitados están entrando y amables camareros los colocan en el sitio oportuno. Carlos y su padre pasan también al jardín y se reúnen con el resto de la familia tras un breve cambio de impresiones. Carlos indica  que empiecen a servir y él y los suyos van saludando a todos. Se nota que son, a juzgar por su porte y sus modales, de una clase social alta: lujosos trajes, joyas rutilantes, pausados movimientos, suave tono de voz, un toque de armonía y buena educación los distingue.

No obstante, la curiosidad es algo inherente a la naturaleza humana y la maldad y la ironía también. No son propias de una u otra clase social y por esta razón se aprecian miradas que quieren ser compasivas, pero que no lo son; palabras que quieren ser de consuelo, pero que no suenan a eso; y disimulados comentarios a espaldas de Carlos que parecen de crítica. Carlos lo advierte pero, aunque sea un calavera, le sobra clase y estilo para sonreír, decir palabras amables y agradecer la compañía de todos, haciendo oídos sordos a  las palabras necias que ha escuchado.

De entre los invitados se destaca un grupo formado por cuatro elegantes señoras y un caballero que trata con disimulo de llamar la atención de otro. Cuando lo consigue, le invita a reunirse con ellos, lo que hace de muy mala gana. Las señoras son las esposas de personas importantes de la ciudad; el caballero, un afamado psiquiatra, es el esposo de una de ellas; el llamado a este “pequeño comité”, un íntimo amigo de Carlos, razón por la que no quería saber nada con aquellas señoras de inofensiva apariencia, pero cuya capacidad para hacer juicios, y no buenos, sobre los demás era conocida por todos.

-Fernando, dice el caballero, tú que conoces bien la vida de Carlos, cuéntale a estas insaciables curiosas cómo, dónde y cuándo conoció a esa japonesa que tan mal se ha comportado. Me vuelven loco con sus conjeturas.

La más joven del grupo, con una expresión que quiere aparentar interés y preocupación por Carlos, dice.

-Te aseguro que me gustaría conocer la historia verdadera para poder cerrar muchas bocas, porque se oye decir que la conoció en un “salón de té.”

-A mí me han dicho, interviene otra de las damas, que era animadora en una especie de “cabaré” japonés de muy mala fama.

-Claro, comenta con ironía una tercera, el sitio preferido de Carlos.

-La cuarta dama exclama: eso no es nada. A mí me han asegurado que la encontró en la calle y que tardó tanto tiempo en volver porque la estuvo poniendo presentable, que lo del accidente es mentira.

Fernando las mira asqueado y calla. Ellas, una vez abierto el frasco de la maledicencia, se embriagan con su perfume y hablan sin parar, se quitan incluso la palabra. Cuando al cabo de un buen rato callan, preguntan:

-Fernando, y tú ¿qué opinas?

-Con fina ironía él responde: señoras, me rindo ante vuestra sabiduría, pero con amistades así no necesita Carlos tener enemigos. Se inclina saludando y se va sin decir nada más dejando a las damas boquiabiertas.

A pesar de la existencia de personas como estas, la fiesta transcurre sin incidentes. Carlos y su familia tienen allí a muchos de sus buenos amigos, esos que sienten de verdad el mal momento que están pasando y  prestan toda la ayuda que les es posible, comportándose con la misma naturalidad que si la boda se hubiese celebrado. Fernando ha demostrado ser uno de ellos. Va a saludar a Carlos, pero no hace ningún comentario sobre la conversación anterior. Se ofrece, eso sí, para hacerle un rato de compañía cuando termine la fiesta. Su amigo le da un fuerte abrazo, mas  no contesta.   

Una señora de edad madura y de porte majestuoso, diría yo, se acerca al joven, le da un cariñoso beso y le dice con dulzura:

-Lo siento de todo corazón. Siempre pensé que te merecías un escarmiento, pero esto me ha parecido demasiado fuerte, entre otras cosas porque no te hace daño solo a ti, afecta a toda la familia y no me parece justo.  

-Eres maravillosa. Me parece increíble que precisamente tú, que tanto has sufrido por mi causa, me compadezcas. Sabía que me tenías afecto, pero no podía pensar que pudieras pasar por alto el daño que hice a tu hija.

-Confieso que hubo un tiempo en que te odié, pero el odio no le sentaba bien a mi corazón y luché para dejar de hacerlo. Me dije que lo que había pasado era cosa de dos. Malena tenía tanta culpa como tú y si a ella la quería a ti también. No sabes lo feliz que me hizo llegar a esta solución. Por otro lado Malena sola no hubiera podido hacerme un regalo tan grande, a mí y a todos. La niña es un tesoro, además nos hizo mucho bien salir de esta ciudad. Tú ya tienes, aunque no lo creas, el castigo de no vivir su vida, no tengo por qué castigarte yo también.

-Gracias, Beatriz, gracias de todo corazón. Me gustaría, ya que tú has mencionado el tema primero, saber si  crees que Malena podía haber hablado con Tais de nuestra relación y de su consecuencia, haberle hecho creer que yo tenía que cumplir un compromiso.

-Tajantemente, no. Malena desde que tuvo la primera vez en brazos a vuestra hija solo ha tenido un temor: que se la pudieras quitar. Por eso su pensamiento es no hacer ruido, no molestar. Es imposible que quisiera hacerte daño, aunque solo fuera pensando en si tú tomarías represalias. Además ella es feliz, muy feliz, y las personas felices no encuentran nunca motivos para hacer mal, y piensa como yo que le has hecho el mejor regalo de su vida.

Beatriz y Carlos se funden en un fuerte abrazo. Los padres de Carlos vienen también a saludarla, la abrazan con la misma fuerza y le agradecen su comprensión y su bondad. Esta noble señora es hermana del padre de Carlos, pero solo de madre, y siempre mantuvieron una buena hermandad. Realmente Malena y Carlos eran primos, nadie podía imaginar una relación amorosa entre ellos, pero la hubo, y su consecuencia fue una niña de la que él nada quiso saber. Fueron los padres de ambos quienes arreglaron la situación y nadie conoció nunca la verdadera razón por la que Malena y su familia se marcharon a vivir a otra ciudad.

La relación entre ellos dos dejó de existir, pero el resto de ambas familias la mantuvo sin ningún tipo de problemas. Pensaban que los dos eran igualmente responsables. Carlos en aquel momento creyó que Malena trataría de hacerle daño y la hizo llegar al pacto ya mencionado, pero nunca existió ningún enfrentamiento. Beatriz se despidió y se marchó enseguida, no quería estar mucho tiempo en este lugar, saldría de viaje esa misma noche.

La fiesta continúa. Siguen por parte de los verdaderos amigos las expresiones del deseo de que todo se arregle. Carlos empieza a sentirse cansado y da muestras de ello. Su padre, que está en todo momento pendiente de él, se acerca.

-¿Qué sucede Carlos?

-Nada, padre, estoy un poco agotado. Me gustaría terminar con esta farsa ya para ir en busca de Tais. No puedo dejar de pensar en ella, me obsesiona la idea de que en esta reacción tan ilógica exista algún tipo de chantaje, de presión por parte de personas que quieran hacernos daño y la utilicen a ella. Empiezo a sentir miedo.

-Está bien, hijo. Trataremos de terminar lo antes posible, pero abandona esas ideas. Afortunadamente no tenemos enemigos tan grandes como para forzar a nadie a llegar a una situación así. Vuelve a pensar como al principio: esta es una reacción provocada por un sentimiento. Hazme caso, valora mis conocimientos del alma humana.

El padre se aleja. De pronto se hace un silencio absoluto, cesan todas las conversaciones, las miradas se dirigen al paseo central del jardín por donde avanza con paso ligero pero armonioso la joven oriental que anunció en la capilla la decisión tomada por Tais. Es una mujer verdaderamente hermosa, pero su hermosura no está en unas facciones perfectas o un cuerpo escultural, su hermosura está en una especie de grácil armonía, de perfecta combinación de todos sus movimientos, es difícil definirla. Se sabe observada, pero no se altera: la serenidad es otro componente de su belleza. Sonríe suavemente, inclina la cabeza a modo de saludo y se dirige a Carlos que, pálido y tembloroso, le tiende la mano y le ruega que hable. Con una voz dulce y cantarina la joven dice:

-Yo no tengo nada que decir, sólo vengo a traer esta carta de Tais para usted, y acercándose a Carlos le entrega un sobre.

Sin esperar un momento se despide y desaparece de la vista de todos caminando con ligereza. Carlos entra en el salón, se sienta en una butaca, respira hondo unos minutos tratando de serenarse y abre el sobre. La carta que contiene no es muy extensa, la letra es de Tais no le cabe la menor duda, grande y picuda, el trazo es firme, parece que estaba muy serena cuando la escribió, tiene la fecha del día y dice así:

Adorado Carlos: estaría toda mi vida pidiéndote perdón y no sería bastante, lo sé, para compensar el dolor que te voy a causar. Como puedes suponer mi decisión está muy pensada y obedece a motivos muy serios. Me habría gustado no tener que llegar al día de hoy para tomarla, pero las  circunstancias así lo han querido y he preferido que sufras ahora un tiempo por mí que no toda la vida.

Carlos, estoy gravemente enferma, y la noticia la he sabido esta mañana. Cuando tú salías para la capilla ha sonado mi teléfono y a través de él he tenido la confirmación de mis temores. Hacía más de un mes que sentía unas molestias que me obligaron a consultar con el médico, un compatriota establecido aquí y de toda confianza. Los síntomas que tenía los conocía bien, eran los de una enfermedad hereditaria: dos hermanos míos ya muertos la habían padecido, yo tenía el mismo riesgo.

Deberías haberlo sabido antes de prometernos, pero tu amor me dio tanta vida que creí que me haría inmune a la enfermedad. Además no toda la familia la padecía, estaba segura de salvarme. Me han repetido las pruebas cinco veces porque no había resultados fiables. El doctor, en vista de esto, me aconsejó esperar antes de preocupar a nadie y así ha ido pasando el tiempo. Me encontraba bien, casi me había olvidado de la enfermedad, pero para estar más segura me hice una sexta prueba hace quince días. Los resultados los he sabido hoy.

Maria estaba terminando de colocarme el velo cuando ha sonado el teléfono. Ha sido un momento terrible, me he revelado contra el destino, he dudado sobre la decisión que debía tomar, al fin he tenido la  fuerza necesaria para desaparecer de tu vida. Lo demás ya lo sabes. Entiendo que pienses lo peor de mí, que pienses que no he sido honrada, pero puedes creerme sólo he sido una mujer enamorada que creyó que el amor todo lo curaba y que por ese mismo amor te abandona.

He pensado volver a Japón hoy mismo si tengo vuelo. Me llevo lo más imprescindible, el resto de mis cosas me las envías después tú, si te parece bien.

Adiós, amor de mi vida. Mi cariño y gratitud para toda tu familia. Tais  

Carlos sale al jardín con la cara demudada, su padre va hacia él con gesto interrogante, sin mediar palabra le tiende la carta que este lee con rapidez y con la misma rapidez actúa. Llama a Fernando y le pide que acompañe a Carlos al aeropuerto. Fernando pone con presteza  su coche en marcha y los dos jóvenes se van. Después con una campanilla llama la atención de sus invitados, los reúne y les dice: Queridos amigos,  quiero leeros esta carta con la que Tais trata de explicar su comportamiento. Todos escuchan con atención, impresionados unos, indiferentes otros.

Cuando termina la lectura, la mayoría se acerca al grupo familiar para expresar su pesar, algunos ofrecen su ayuda profesional. Los padres de Tais están destrozados, pero se mantienen con dignidad en su sitio. Ha pasado una hora escasa cuando se oye el motor de un coche. Todos corren a la puerta del jardín, del coche bajan los dos jóvenes  con cara de desaliento: no han conseguido encontrarla y lo raro es que el vuelo para Japón era esta madrugada. No ha debido, por lo tanto, salir de la ciudad, pero ¿dónde puede estar?

El padre de Carlos es un hombre de acción, no cabe duda. Con rapidez organiza con todos los que se ofrecen a colaborar equipos de búsqueda, que piensa deben ir a los lugares que Tais conoce de la ciudad, no demasiados ciertamente. Ella sólo ha vivido allí temporadas, su conocimiento es limitado. Todos siguiendo sus indicaciones se agrupan y se dirigen hacia la puerta del jardín para tomar los coches, pero una voz temblorosa los detiene.

Con sorpresa vuelven la cabeza hacia donde suena la voz, una especie de glorieta con un seto recortado que oculta perfectamente lo que hay detrás, de allí con paso vacilante sale Tais. Carlos corre hacia ella para sostenerla pues parece estar a punto de caer y llega a tiempo antes de que se desmaye. Ella con voz muy débil le dice:

-Perdóname, no he tenido valor suficiente para realizar lo que en la carta decía, no he podido salir de aquí.

-Carlos, estrechándola suavemente, le contesta: Bendita sea tu cobardía.

Cae el telón. Se oyen bastantes aplausos que salen del mismo lugar. Amigos del autor pienso, no obstante también aplaudo. La obra en esta segunda parte ha tenido su punto de sorpresa, de una cierta intriga que mantenía el interés. Actores y autor salen muy sonrientes a saludar.

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