El regreso

Hace muchos años que vivo en una gran ciudad, pero no he logrado todavía ser completamente feliz en ella, adaptarme a su ritmo. A pesar del tiempo transcurrido, sigo siendo un pueblerino que añora su terruño aunque en otro momento de mi vida huyera de él.

Antes de seguir adelante debo presentarme, creo yo. Mi nombre es Aniceto Barrientos y mi pueblo uno español, grande en extensión y en pobreza, situado casi en la frontera con Portugal, pero del que no voy a decir el nombre. En él nací y viví hasta que el maestro del lugar consideró que tenía una buena cabeza para  estudiar y aconsejó a mis padres que  me mandaran a la capital: allí estaba el sitio para  hacer una carrera. Ellos apoyaron su idea y continué estudiando.

Creo que en todas las épocas ha existido el concepto de que, cuando se termina la carrera, lo mejor es preparar una oposición que te asegure un trabajo para toda la vida, y eso hice yo: aprobé las de Correos y pedí como destino mi pueblo. Mas el tiempo vivido en la ciudad hizo que no me adaptara a estar en él,  que lo viera atrasado en exceso. Allí se vegetaba, no había nada que hacer salvo trabajar el campo con los medios más primitivos que se puedan imaginar. Aquello no era lo que había soñado. Emigraría y así fue.

Renuncié a mis raíces y decidí ser ciudadano del mundo. He vivido en varias ciudades europeas y he realizado diferentes trabajos, hablo dos idiomas, más el español claro, y tengo una posición bastante aceptable. Durante mucho tiempo sentí antipatía por el pueblo: nacer en uno era una desgracia. Allí las mentes se atrofiaban, no existían deseos de prosperar, carecían de lo más elemental, por eso se estaban quedando vacíos. La mayoría solo los habitaban ancianos y niños, la gente en edad de trabajar se iba a las ciudades.

Con ese pensamiento viví y me sentí feliz hasta que, sin saber cómo ni por qué, la ciudad empezó a parecerme monstruosa: las distancias eran enormes, insoportables sus ruidos, no existía un trato cercano y amable con los demás, la prisa marcaba la vida, el tiempo se gastaba sin que lo hubieras disfrutado. Aquello no era vida, tenía que cambiar, y fue entonces cuando pensé en mi pueblo.

Recordé las tertulias con los vecinos, las fiestas tan típicas y divertidas, aquella fresca brisa que secaba los sudores, tan natural y diferente al aire acondicionado. Allí no se corría, el tiempo se alargaba, hacían falta menos cosas. Sí, eso era lo mío,  no entendía cómo  había podido prescindir de todo aquello, y en mi mente y en mi corazón nació la idea de regresar para disfrutar de esas cosas. De pronto comprendí qué era lo verdadero, lo que daba una auténtica felicidad. Claro que no regresaría a cualquier precio ni de cualquier manera: he aprendido de mi vida en la ciudad a exigir mis derechos. Eso haré cuando esté en el pueblo.

Me llevé una gran sorpresa el día que decidí visitarlo. Creo que mucha gente de la que se fue empezó a pensar como yo, y el pueblo había cambiado: estaba remozado, modernizado. Sus calles aparecían limpias y asfaltadas, no se paseaba por ellas ningún animal: estaban en su sitio, en las afueras, en amplios corrales. Las casas que las bordeaban estaban arregladas, unas y otras eran completamente nuevas, todas con agua corriente y calefacción y en los alrededores se habían construido modernos chalés. En principio eran casas para pasar las vacaciones, pero en el futuro serían viviendas permanentes.

Visité todos los lugares que son la personalidad del pueblo: la ermita, la plaza, el convento, el campanario tan original separado de la iglesia, el castillo con lo que quedaba de muralla, los arcos que en otro tiempo eran puertas de entrada al lugar. Todo estaba restaurado y se veía cuidado con esmero y hasta tenía una coquetona casa rural. No salía de mi asombro.

Y qué decir de las comunicaciones. Fue siempre una lucha sin victoria conseguirlas, y me parece que carecer de ellas fue uno de los motivos del atraso del pueblo. Hoy dos modernas carreteras lo acercan al   ferrocarril y  a las ciudades más importantes. Además, están en construcción, con fines turísticos, los accesos a un paisaje bellísimo: el de las arribes del río. En la actualidad solamente las caballerías son capaces de encontrar el camino y bajar resulta peligroso sin una buena carretera. Quedé sorprendido y la idea de regresar surgió de nuevo. Podía arreglar la casa de mis padres, es decir, la casa donde nací. Sí, era una buena solución para probar de nuevo la vida tranquila, y así lo hice.

No tengo palabras para expresar lo feliz que me siento. Tengo la seguridad de haber encontrado mi sitio, de haber hecho la elección correcta. Me parece que antes me había ubicado mal. Agradezco, no obstante, a la ciudad todo lo bueno que sin duda me dio, aunque solo fuera la capacidad de comparar, valorar y elegir. Siempre existirá, de todos modos, la disyuntiva de qué es mejor si la ciudad o el pueblo, y habrá con esa pregunta tema para varias horas de debate.

En mi caso he llegado a una, creo, acertada conclusión, que mis vecinos con su proceder apoyan. Todos huimos del pueblo en busca de una vida mejor, por mucho que nos gustara vivir tranquilos: aquello era vegetar más que otra cosa. Las grandes ciudades europeas fueron nuestro destino. La vida en ellas era muy diferente pero nos adaptamos y, unos más y otros menos, conseguimos una situación mejor, sin embargo  unos antes y otros después sentimos la llamada de nuestra tierra.

Nos marchamos de allí en busca de una vida mejor y la logramos y regresamos porque comprendimos a tiempo que el mejor sitio para disfrutar era nuestro pueblo, el lugar donde estaban nuestras raíces. Y así hemos logrado la vida perfecta y equilibrada. Lo hemos hecho conociendo lo bueno y lo malo de cada sitio, por lo que la elección tiene muchas posibilidades de ser la más acertada que se pueda dar.

Me siento completamente satisfecho y digo a todos los que tengan una vida parecida a la mía que no lo duden. Si recuerdan su terruño, que hagan la prueba de vivir unos días en él y luego tomen o no la decisión de ser ciudadano del mundo o simplemente hijo de su tierra.

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Una respuesta a El regreso

  1. Jaime dijo:

    Me gusta mucho el tono del relato que expresa la melancolía del que se ha ido de su tierra.
    Muy bueno. Enhorabuena.

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

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