Pinceladas de una vida

El viejo doctor paró una vez más su anticuado coche en aquel punto de la carretera desde donde se divisaba un precioso panorama del lugar donde había vivido y trabajado durante cincuenta años, toda una vida. La vista era hermosa, aunque no tenía color. Aquel pueblo, como casi todos los castellanos, era pardo y solo en algunos puntos las viñas y los huertos ponían una nota de alegría en el paisaje. Pero la belleza de su castillo y de las torres de su iglesia era inigualable y siempre se extasiaba en su contemplación.

Se bajó del coche, sacó su pipa y, sentándose en una de las grandes “lanchas” que abundan en el camino, dejó que los recuerdos le invadieran. Lo hacía cada vez con más frecuencia y no le gustaba, le parecía una debilidad, a la que por otro lado no le importaba abandonarse. Eran hermosos sus recuerdos y quería repasarlos una vez más.

Él no había nacido en aquel pueblo, pero sí toda su familia  y, como su abuela le decía, en él estaban sus raíces. Siempre le tuvo un gran cariño y se propuso desde muy joven sacarlo de su miseria y atraso. Le parecía imposible que habiendo sido en el pasado una villa floreciente con riqueza agrícola, ganadera e industrial: de allí habían salido los mejores barros de España; que habiendo colaborado con sus reyes en las guerras contra Portugal y en la conquista de Granada y más hechos brillantes que resultaría muy largo enumerar, se colocara en un momento de su historia de espaldas al progreso y quedara aislado, sin ferrocarril ni carreteras, hasta los años cuarenta, siendo esto el origen de un gran retraso en todos los órdenes de la vida del pueblo.

Recuerda hoy el día que llegó con Ana, su joven esposa, y su carrera de Medicina recién terminada, dispuesto a cambiar la vida de aquellas gentes. Corría el año 1955.  Sonríe mirando el viejo coche y piensa que no podían echarse nada en cara este y el que entonces tenía, de segunda mano claro. Aquel pobre llevó peor vida que tú, piensa, porque yo estaba en activo y trabajaba día y noche. Su coche siempre iba cargado, y con mucha frecuencia hizo de ambulancia, pero ahí estaba Ambrosio siempre dispuesto a cuidarlo, a ponerlo a punto.

Vuelve a evocar aquel primer día. Todavía suena en sus oídos el grito de Ana al ver entrar al doctor Yáñez, entonces médico del pueblo, con caballo y perro, todos juntos, a la casa. Aquello era muy normal en ese momento. Los corrales estaban dentro de ellas y personas y animales convivían. Fue una de las cosas contra las que emprendió una auténtica lucha, porque la falta de higiene era la causa de muchos de los problemas de salud de aquellas gentes.

Pobre Ana, mi amor, mi acicate, mi mejor colaboradora en aquella dura tarea,  dónde viniste a parar por culpa de los locos ideales de tu no menos loco marido; sin embargo qué buena fue tu adaptación. El viejo doctor no puede evitar emocionarse al recordar a su esposa. Han pasado cuarenta años desde que murió y su presencia sigue viva en aquel pueblo que ella mejoró con sus ideas y su trabajo. Todos la recuerdan, pero nadie como él lógicamente. Evoca  aquellas conversaciones de estudiantes en el Retiro.

-¿Qué piensas hacer cuando acabes la carrera? le preguntaba cuando todavía no eran novios.

-Me iré al pueblo de mis padres y allí ejerceré.

-Chico, qué atraso. Vivir en un pueblo es volver a la Edad Media.

-Ya lo sé, pero alguien tiene que hacerlos cambiar.

-Qué vaya otro que no tenga futuro, pero tú con tus cualidades para la investigación, sería una gran pérdida para la ciencia.

-¿Y tú, le preguntaba él, cuáles son tus proyectos para ejercer tu carrera de Económicas?

-Mi padre piensa que debo terminar mi formación en alguna universidad europea, hacer algún curso para graduados. Me entusiasma la idea de viajar por Europa.

Y siguieron saliendo como dos buenos amigos que se comprenden y se ayudan. Él llegó a pensar seriamente en la beca para investigación y ella tenía claro su curso en Europa. Y un buen día, sin pensar, en aquel bonito parque que tantas conversaciones y proyectos había escuchado, se encontraron sus cuerpos suavemente, con inmensa ternura, pero con una profunda firmeza. Y vieron con singular claridad que su vida podía estar en Europa o en el pueblo, pero juntos. Y así fue.

Ana, pasados los primeros días de sorpresas no muy agradables, le fuiste dando solución a todo y, sin darte cuenta, fuiste educando a las mujeres. Las casas no tenían agua corriente ni servicios higiénicos: en la del médico había una especie de letrina y un pozo. Era una comodidad no tener que ir a buscar el agua a la fuente. Solucionaste el problema del aseo personal haciendo junto al pozo una bañera muy  rústica, pero útil. En verano el agua la calentaba el sol y en invierno, aquella hermosa lumbre que Claudia, nuestra ayuda en casa, encendía desde primeras horas de la mañana. Y así nos bañábamos, y cundió el ejemplo: un pozo lo había en casi todas las casas. Y poco después fue la bomba de agua, que la subía a un depósito, y las tuberías que la llevaban a la rústica bañera, que ya estaba dentro de casa.

Y mientras tanto las insistentes peticiones a la Diputación solicitando tener una instalación de agua corriente y servicios en todas los hogares. Costó y llevó su tiempo, pero lo conseguiste y con tu triunfo te metiste al pueblo en el bolsillo. ¡Cuánto me ayudaste! Tu trabajo creando la escuela de adultos no tiene igual. Hoy gracias a ella no hay analfabetos en el pueblo: entonces solo los privilegiados sabían leer. Me hace gracia recordar como involucraste en la obra a la gruñona señorita Rosita, excelente profesora, para que te diera las normas, la forma de llevar aquella clase tan especial, para que aquellos hombres y mujeres perdieran la vergüenza y se lanzaran a conocer las letras. Fue genial verlos al poco tiempo estudiando con sus hijos, sin ningún pudor,  con  ansias de aprender a leer cuanto antes.

Lo del baño en los patios, ahora que lo pienso, tuvo su punto pícaro por parte de los mozos, que usaron todas las artimañas posibles para ver como se bañaban las mozas. El tema se prestaba a ello y buenos escobazos se llevaron algunos, porque las madres siempre vigilaban, escoba o palo en mano, por si había algún mirón.

Anochece. Se levanta ágilmente, golpea su pipa contra la roca para limpiarla y con calma emprende la marcha hacia el pueblo. Hace ya diez años que no ejerce, pero sigue viviendo allí porque su vida y su obra están en este sitio que él transformó. Ahora es su hijo el médico, pero todo es diferente: estamos en el año 2005. El progreso ha sido grande, no ocurren cosas como las que él vivió. El pueblo ha vuelto a dar la cara al progreso y sus gentes están preparadas para conocerlo y vivirlo.

Se emociona al pensar en su hijo. Es el único que tiene, y su nacimiento le costó la vida a su madre. Tardó diez años en venir, su gestación fue complicada y el parto más. Ana tuvo una fuerte hemorragia, que él no fue capaz de contener. Corrió como un loco hacia el hospital más cercano para hacerle una transfusión, pero llegó tarde. Aquella maravillosa mujer le había abandonado. No había podido jamás explicar a nadie, ni siquiera a sí mismo, el sentimiento ante su pérdida. Al fin tras dura lucha con la idea de marchar de allí, supo que debía seguir la obra que juntos habían iniciado. Llenó con trabajo el tremendo vacío y salió del bache emocional gracias a él. Claudia la fiel y cariñosa Claudia se ocupó del niño y lo hizo muy bien. Creció fuerte, sano y sin problemas por faltar su madre.

Encierra su mimado coche en un  garaje cercano para que no se enfríe y va hacia su casa.  Sentados ante sus puertas, los vecinos hablan y disfrutan de aquella deliciosa noche de julio, le saludan con deferencia y le invitan a sentarse con ellos, pero él aquella noche tiene ganas de seguir recordando, recordar los primeros años que pasó allí. Abre el balcón y trae allí su butaca, se sienta y respira con placer aquel aire cargado del perfume de las flores del jardín, luego cierra los ojos y llama a sus recuerdos, que vienen sin demora.

Aparece el día de su primera consulta. Lo había preparado todo con esmero: la camilla, la vitrina con el instrumental reluciente, la bata blanca impecable, el fonendoscopio. Pasan las horas y no aparece ningún enfermo.  No lo puede creer, nadie tiene dolores. Al fin aparece un hombre joven. Se ha hecho un corte con el arado y tiene que darle puntos y ponerle la vacuna antitetánica. El joven se pone a llorar muerto de miedo. Haciendo uso de una infinita paciencia, le convence y le cura con sumo cuidado. Sale contento y al poco la sala de espera está llena de enfermos. No querían venir porque les daba miedo el instrumental. Tuvieron que ver en otro que no hacía daño. No hacía daño, no, y cuántas vidas salvó. Utilicé muchas horas para conseguir que confiaran en mí, para inspirarles seguridad, porque en eso no valía la imposición, valía el convencimiento y al cabo del tiempo los convencí.

Los médicos de los años cincuenta y sesenta fueron pioneros en los pueblos. Cuánto les costó hacer cosas que hoy parecen tan normales como tomar la tensión, auscultar, una inyección, una vacuna, controlar un embarazo o el crecimiento de un bebé. Qué costoso resultó, pero qué dulce fue la victoria. Qué halagador resulta hoy para ellos saber que gracias a su esfuerzo lugares tan atrasados como este se pusieron a nivel de los tiempos. Pasear por unas calles asfaltadas, limpias, libres de animales domésticos. Oír correr el agua dentro de las casas. Saber que ya les resulta a las gentes de su pueblo familiar el progreso.

El viejo doctor empieza a sentir sueño, quiere dormir, pero le da pena: habría querido seguir recordando. Le parecen tan bellos sus recuerdos que tal vez sería bueno no dormir. No, querido doctor, duerma. La belleza no está en el recuerdo, la belleza está en su vida. Puede dormir tranquilo, porque mañana seguirá teniéndola.

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Una respuesta a Pinceladas de una vida

  1. Soco dijo:

    Precioso y conmovedor

Me encantaría saber qué te ha parecido este relato, puedes dejar un comentario aquí

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