Trágica merienda

¡Mátame!

Así gritó una voz muy joven, casi infantil. Sin pensarlo un momento corrí hacia el sitio de donde salía aquel grito desesperado, parecía de alguien que imploraba su muerte. Era en la casa de al lado y eso me produjo sorpresa y extrañeza. Mis vecinos son unas personas encantadoras, un matrimonio joven todavía y cuatro niñas preciosas, la mayor de unos diez años y la pequeña, mi preferida, de dos. Son amenos y divertidos, jamás había oído discutir al matrimonio seriamente y las niñas, además de guapas, eran pacificas y bien educadas.

En aquella casa se reunían con frecuencia amigos de la pareja, un grupo de unas diez personas. Yo asistí más de una vez a esas fiestas caseras, donde cada uno hacía su gracia. Uno de los amigos era un auténtico animador, imitaba voces y personajes de actualidad, contaba chistes y presentaba haciendo interminables parlamentos a los demás actores, porque los había que bailaban tangos, otros flamenco, y los dueños de la casa cantaban preciosos dúos de zarzuela con afinadas voces.

Resumiendo: que no tenían motivos para ser los protagonistas de ninguna tragedia. Aquella tarde además tenían merienda con unos amigos de cumplido. Coincidí con ellos en la pastelería por la mañana y salió la conversación porque no sabían qué tipo de dulces les gustaban más. De pronto me sentí ridícula. Era la hora de la merienda, seguro que estarían tomando la rica tarta de nueces que habían comprado y una taza de su exquisito café. Estaba yo muy sensible, pensé de pronto, y me dije: vuelve a casa. En ese momento la voz gritó otra vez: Mátame, pégame, castígame, pero no te disgustes.

Aquel añadido me dio la solución del misterio y, conteniendo la risa, fui a prepararme un café para acompañar al sabroso pastel de manzana, mi merienda de aquel sábado.

Otro día las niñas estaban solas con la abuela, pobre señora, sola con aquellos cuatro diablillos, a los que adoraba, pero a la vez temía, porque aquella niña, la mayor de las cuatro, tenía una imaginación calenturienta La última vez que se quedó con ellas, inundó la casa, así como suena. La abuela creyó que el lavabo se había quedado tapado por descuido, pero qué va, las dos niñas medianas le contaron que la idea fue de su hermana: llenó el lavabo y dejó que se inundase el baño. Como fue fácil recoger el agua de aquel sitio, tapó otra vez el lavabo y dejó que el agua corriera por toda la casa.

Le resultaba muy emocionante a la aviesa niña, la inquietud que le producía pensar: ¿Nos dará tiempo a recoger todo antes de que lleguen mis padres? Era esta una faceta que ellos desconocían y que le hubiera costado un mes de castigos. Ana, que así se llamaba la niña, no podía evitar ser tan imaginativa y lo pasaba mal después de poner en práctica los dictados de su imaginación. Con la abuela, sobre todo, le daba mucha pena. Y estaba muy nerviosa el día que había habido travesura hasta que volvían sus padres y oía cómo les decía que se habían portado bien. La buena señora pensaba que aquello eran chiquilladas, nunca se le ocurrió que su nieta fuera mala.

Y no lo era. Le pedía perdón de corazón, pero en cuanto se quedaban solas con ella, acudían a su mente los más endiablados proyectos.

La ventaja que tenían las trastadas con la abuela es que tardaba en darse cuenta porque era sorda y la tele le gustaba mucho, pero se dormía, y entonces el tiempo para hacerlas y disfrutarlas era mayor.

Aquella tarde decidió jugar a las mamás. Se puso una bata larga y sacó un juego de café, que colocó como veía hacerlo a su madre, puso leche en la jarrita y azúcar en el precioso azucarero y llamó a sus dos hermanas para invitarlas a merendar. Las tres estaban encantadas, mas de pronto ocurrió la tragedia de forma inesperada. Ana, muy en su papel, servía azúcar a sus invitadas, sus movimientos eran suaves pero, sin saber como, el azucarero cayó de sus manos y se rompió un asa.

Las tres niñas exclamaron al tiempo: “¡El azucarero bonito, se ha roto el azucarero bonito!”. La cabeza de Ana pensaba a toda velocidad buscando una solución. La encontró al fin pues su madre no usaba aquel juego de café ya que las tazas eran muy pequeñas.

–¿Qué podemos hacer? Preguntaron las hermanas.

–Esconder el azucarero.

–¿Dónde?

–En la caja de la muñeca que nunca me deja sacar mamá.

–Pero no llegamos, el maletero está muy alto.

–Cogeré la escalera.

–Te caerás y estaremos castigadas un mes.

–Confiad en mí.

Con grandes apuros escondió el azucarero. Todo en orden, pensó. La abuela dormía plácidamente y la hermana pequeña también. Recogieron la habitación hasta no dejar ni una huella de la trastada, o eso creía. De pronto vio brillar en un rincón algo que nunca estuvo allí, el asa del azucarero. Lo recogió rauda, al mismo tiempo que oía girar la llave de la puerta y el silbidito que anunciaba que su padre estaba en casa.

Ana por primera vez se vio sorprendida y asustada ante el hecho de que sus padres la descubrieran. Puso el asa delatora del azucarero bonito entre el azúcar de otro y salió dando saltos de alegría a recibir a sus padres que, como de costumbre, se interesaron por el comportamiento que habían tenido con la abuela a la que, sumida en el mejor de sus sueños, le pareció estupendo.

Carlos y Marina, los padres de Ana, tienen esta tarde invitados de compromiso: don Críspulo y doña Úrsula, directores de la empresa de Carlos. Carlos es el director de la sucursal de Madrid y se encarga de que lo pasen bien: Cenarán en un restaurante, verán un buen espectáculo, pero ellos quieren también pasar un rato en su casa, porque son muy hogareños.

Marina se esmera en la presentación de la mesa, en el aspecto de la habitación, sacará el juego nuevo de café. Carlos, que la está ayudando, pone más azúcar en el azucarero. La mesa queda preciosa. Cuando media hora después llama la visita, todos salen a recibirla perfectamente arreglados. El matrimonio, ya mayor, se deshace en elogios, todo tan alegre, tan acogedor. Y las niñas unos ángeles, no dan un ruido y además son muy guapas.

Marina los invita orgullosa a merendar. La tarta de nueces exquisita y el café mejor que el de la cafetería, dice la señora, que se sirve la segunda taza. D. Críspulo afirma que son verdad las palabras de su esposa, pero lo cierto es que no lo ha probado. Hace girar una y otra vez la cucharilla en la taza pero no lo prueba. Marina lo ha observado y pregunta:

–¿Está muy caliente el café para su gusto?

–No, no, es que me gusta removerlo bien, es una manía.

–Creo que se le va a enfriar y frío ya no está bueno.

–No te preocupes, Marina, todo está en su punto.

–Críspulo, ella tiene razón, además a ti te gusta muy caliente, deja ya de darle vueltas.

–Está bien, tomaré el café.

Lleva la taza a sus labios, pero vuelve a dejarla sobre el plato sin probar su contenido y comienza de nuevo a darle vueltas. Marina empieza a ponerse nerviosa, sabe que algo raro pasa, pero no se le ocurre que puede ser y, va a preguntar de nuevo a D. Críspulo cuando oye aquella palabra que a mí me asustó tanto:

¡Mátame!

La aviesa niña ha comprendido antes que nadie, que aquello que D. Críspulo no conseguía deshacer era el asa del azucarero bonito, por eso daba tantas vueltas al café. Tenía que hacer algo para no ser descubierta, ¿pero qué? Nada, sabe que no puede hacer nada. Se decide entonces por una escena de auténtico dramatismo: solo confesando su culpa sería menor el castigo. Por eso, llorando a lágrima viva, se arrodilla ante su madre y grita:

–¡Mátame, pégame, castígame, pero no te disgustes!

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