Los números de 2014

Los duendes de las estadísticas de WordPress.com prepararon un informe sobre el año 2014 de este blog.

Aquí hay un extracto:

Un teleférico de San Francisco puede contener 60 personas. Este blog fue visto por 540 veces en 2014. Si el blog fue un teleférico, se necesitarían alrededor de 9 viajes para llevar tantas personas.

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Evocación. Última entrega

La historia de mis abuelos, bien analizada y estudiada, parece increíble, pero puedo asegurar que así fue y que, aunque en su momento hubiese habladurías, no afectaron al perfecto desarrollo de la vida de la familia, y que ahora esta relación nuestra tan estrecha y repentina a nadie sorprende tampoco.

El abuelo nos abandonó cinco años después, lo hizo dulcemente mientras dormía la siesta en su cómodo sillón, junto a la chimenea. Lo encontró la persona que cuidaba de él y de su casa. En sus manos tenía una carta dirigida a nosotras, que es un canto de amor a la vida. Decía así:

Queridas Marta y María o, como habría dicho vuestra abuela, queridos tesoros míos:

Quiero que sepáis lo que para mí habéis sido durante los años que ha durado nuestra relación como abuelo y nietas. El pudor, la timidez me impidieron decíroslo cara a cara, por eso recurro a la hoja de papel, una confidente discreta y fiel, a la que he contado mis penas e inquietudes en muchas ocasiones. Hoy, gracias a Dios, le contaré cosas dulces y agradables.

Cuando vuestra abuela murió, yo quedé como un árbol reseco y solitario en medio de un campo, sin frutos. Perdí con ella el centro, el motor de mi vida. Había hecho yo muchas cosas buenas, algunas importantes, pero por ella y para ella. Al quedarme solo, perdí la ilusión, casi la necesidad de hacer nada. La casa, la hacienda, algo que yo había considerado como mío aunque no lo fuera, al venderse, desapareció también.

Me recluí en mi antigua casa, tan llena de recuerdos de los primeros tiempos de nuestro amor, como un ermitaño. Un paseo a caballo y llevar rosas al cementerio eran mis ocupaciones. No tenía interés por relacionarme con nadie. Huí del mundo, pero el mundo del que huía me tenía reservada una nueva alegría: dos nietas, las únicas que conocen la historia verdadera y completa de sus abuelos. Con ellas volvió a renacer en mí la vida, la ilusión, el corazón volvió a esponjarse y se llenó con vuestro cariño, volví a reír, a vivir. Fue una pena que nuestras relaciones no pudieran ser más largas, pero han sido tan gratificantes que no tengo palabras para expresar mi gratitud a la vida, mi amor hacia vosotras. Se que lo entendéis, así que sobran más explicaciones. Os quiero. Pablo.

Enterramos a Pablo en la tumba de la abuela con el beneplácito de toda la familia, pues era un miembro de ella para todos. Ahora voy con mucha frecuencia al cementerio y, lejos de entristecerme, salgo de allí reconfortada, porque al fin, igual que sus almas estarán eternamente unidas en el cielo, sus cuerpos reposan en la tierra juntos para siempre.

 El fin corona la obra.

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Evocación. Novena entrega

Me levanté temprano y salí a respirar el aire puro y templado de aquella mañana de abril, poniéndome luego a recorrer el camino que me llevaba a casa de Marta. Me abrió la puerta Lupe que, como no me esperaba, primero me miró boquiabierta y luego me dio un fuerte abrazo mientras decía: por fin, por fin has vuelto. A sus gritos acudió Marta. Casi me desmayo. ¡Qué impresión! ¡Qué belleza! ¡Qué serenidad! Nos miramos largamente con avidez, con ternura. Lupe abrió la puerta de la salita y nos empujó hacia ella, donde pudimos al fin dar rienda suelta a nuestros sentimientos, y Lupe fue otra vez nuestra protectora.

Nada había cambiado en cuanto a nuestro amor se refería, cada uno seguía siendo para el otro único e insustituible, por eso decidimos hablar con don Gregorio y casarnos, aunque fuera el nuestro un matrimonio secreto, legalizar la situación de cara a nosotros mismos, los demás no nos importaban. La idea era más mía que de Marta. Yo creía que si mi paternidad no se hacía pública, mi matrimonio tampoco. Ella aceptó, un sacrificio por otro, dijo. Además, y eso lo pensábamos los dos, para los niños sería un trauma asimilar la idea de un padre en el cielo que de pronto aparece en la tierra. Cuando fueran mayores, se lo diríamos tal vez, ahora no. Esto, claro está, no ocurrió inmediatamente después de mi llegada, dejamos pasar un tiempo para madurar bien la idea – me he adelantado en el orden de los acontecimientos –. En aquellos diez años los padres de Marta habían muerto, y ella, dueña absoluta de casa y hacienda, había puesto las cosas a su gusto y, he de reconocer que el todo había mejorado. La casa había adquirido un aire más moderno y cálido, era sin duda un hogar alegre y acogedor. Para llevar la hacienda había un administrador, pero no había mayoral. Sus funciones las hacía Marta. ¡Qué valiente! Al preguntarle cómo había cogido ese cargo, me contestó riendo: No encontré a nadie que te pudiera sustituir. Me sentí feliz, sentí que empezaba una nueva etapa en mi vida y que la felicidad iba a presidirla al fin.

Enzarzado en esos deliciosos pensamientos no me di cuenta de la entrada en la habitación de los dos niños, a quienes Marta había ordenado traer. Ella dijo: Jaime, Fernando, este es Pablo. Ellos me dieron un beso como si me conociesen, con naturalidad. Yo los estreché con fuerza contra mi corazón.

Ante mi sorpresa por esa reacción, Marta dijo: Ellos sabían que tenían en Venezuela alguien que los quería mucho, habían visto tus fotos, saben lo que hacías aquí antes de irte. Entonces uno de ellos, no distinguí cual, dijo: Mamá siempre decía: Cuando venga Pablo os enseñará a montar a caballo. ¿Lo harás? Claro que sí, lo haré encantado. Y fue lo primero que hice: comprar tres caballos, porque yo tampoco tenía, y empezar las lecciones. Fue maravilloso, a través de ellas nos conocimos, aprendimos a querernos, se creó ese vínculo que yo esperaba, verdaderamente los ayudé en la tarea de hacerse hombres y tuvieron en mí un referente que procuré fuera el mejor. La vida al fin me premió, me permitió sentirme padre, vivir sus problemas, buscar la solución. Fue maravilloso.

Volví a ocupar el puesto de mayoral y vivía en casa de Marta, donde había sitio para todos. Esto dio lugar a habladurías a las que no hicimos caso, estábamos por encima de todo después de los malos ratos pasados, y las críticas cesaron.

A los seis meses de mi llegada, con Lupe y su marido como padrinos, don Gregorio nos casó un sábado a las once de la noche, con grandes precauciones, cumpliéndose por fin nuestro sueño. Contado así puede resultar algo extraño, pero os aseguro que vivido era todo de lo más natural. En la casa éramos una gran familia y la normalidad se notaba en todos nuestros actos.

Jaime y Fernando fueron buenos estudiantes, a los dos les gustaban las leyes, y eso estudiaron, aunque luego dieron a su carrera diferente orientación. Fueron muy precoces a la hora de tener relaciones amorosas y se casaron jóvenes. Vuestro padre, es decir, Fernando trabajaba en un afamado despacho de relaciones internacionales de Madrid. No necesito contaros la historia de vuestros padres, creo yo, ni la de vuestro tío. Su mujer fue siempre muy interesada para el dinero y eso a veces creó problemas, pero nosotros no le dimos mayor importancia. Ellos vivieron siempre en Salamanca.

Ahora ya conocéis toda la historia. Bueno, toda no, dije yo. No sabemos cómo fue vuestra vida una vez casados papá y el tío. ¿Qué cómo fue? Pues como la de cualquier matrimonio en esa circunstancia: la llegada de los nietos, la marcha de la hacienda y viajar. Hicimos bastantes viajes con el pretexto de mejorar la ganadería: recorrimos Europa y América. Fue para nosotros una válvula de escape.

¿Y vuestros hijos supieron la situación real? No, cada vez nos resultaba más difícil la explicación. Sois las únicas que conocéis la verdad y os ruego que así siga siendo. Y así fue, un secreto solo entre los tres, o por lo menos eso creemos. Mantuvimos a partir de entonces una estrecha relación con el abuelo, tal vez para aprovechar el tiempo perdido o tal vez por el presentimiento de que, pese a su apostura, tenía noventa años y no iba a ser eterno.

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Evocación. Octava entrega

La semana pasó en un vuelo. Me vi junto a Marta ante la tumba de la abuela llena de rosas rojas, su flor preferida. Al cabo de un rato, vimos venir por el camino a un hombre alto, de pelo completamente blanco, pero todavía ágil y erguido, en sus manos traía un ramo de rosas. Nos miramos sin sorpresa, con ternura. Él musitó: Marta, María, y nosotras, entre sollozos, le abrazamos diciendo: abuelo, abuelo.

Pasado un rato, nos separó de él, buscó su pañuelo y secó con mimo nuestras lágrimas, arregló las flores sobre la tumba, movió los labios diciendo una oración y nos invitó a marchar con un: vamos a casa. Andaba con paso firme y ligero y con aire protector nos colocó bajo sus brazos. Su gesto me recordó aquella frase de Tagore: “Dios creó a la mujer de una costilla del hombre, la que está a la altura del brazo, para que tuviera un hueco donde cobijarse”. Fuimos al coche, me senté al volante y, siguiendo sus indicaciones, llegamos a la casa, que ya no quedaba a las afueras, como comentaba la abuela en sus cartas, pero que sí seguía oculta entre los árboles y perfectamente cuidada.

En el amplio salón había una chimenea encendida y junto a ella unas cómodas butacas. El abuelo nos invitó a sentarnos y nos preguntó si queríamos tomar algo. Dijimos que no, solo teníamos deseos de saber más de nuestra historia. Él cogió una copa, se sirvió un poco de anís y se sentó. Nos miraba sin hablar. Al fin tomó la palabra diciendo: ¡Cuánto he deseado toda mi vida un momento así! Y sus ojos se llenaron de lágrimas. Me senté a sus pies, apoyé la cabeza en sus rodillas y le pregunté: ¿Qué pasó con Juan y Sergio? Conozco la historia hasta la noche en que el padre de la abuela se puso enfermo y Juan salió con el coche a toda velocidad. Ahí termina mi conocimiento. ¡Qué bueno habría sido que terminara ahí y así! Pero lo que ocurrió fue terrible. Él fue a buscar a Sergio. Nadie sabía sus intenciones. Equipaje no llevaban; dinero, sí. Iban hacia Portugal, pero ya casi en la frontera, al entrar en un puente y debido al exceso de velocidad, perdió el control y el coche cayó al río. Murieron los dos juntos, al menos tuvieron ese consuelo, no sufrieron el tormento de la separación. El coche, con ellos dentro, quedó entre las grandes rocas que bordean el río. El rescate fue una auténtica odisea, duró dos días, todo el mundo habló del accidente, solo Marta y yo presentimos otra intención en aquella huida, pero eso solo Dios lo sabe. Marta quedó en una situación angustiosa: viuda, esperando un hijo, con un padre enfermo, una madre poco acostumbrada a resolver problemas y un amor oculto que, en aquella situación, no podía salir a la luz. Don Gregorio, nuestro único confidente, así nos lo aconsejó, pues podría dar lugar a un sinfín de problemas, incluso con la justicia, de modo que mi hijo sería el de Juan y mis nietos, si los había, suyos también. Me producía malestar la idea, rabia, pero por Marta yo era capaz de todo y, claro está, también de eso. Trabajé como si la hacienda fuera mía, a ella la cuidé y la mimé. Marta actuaba con decisión y fuerza, agradecía mi actitud, hablábamos mucho y de todos los temas, pero en nuestra relación, de forma artera, fue entrando un sentimiento nuevo, la culpabilidad. Era absurdo, nosotros no habíamos roto nada entre Juan y Sergio, pero la muerte te hace pensar con una profundidad especial, no cabe duda, y creó serios dilemas en nuestros pensamientos. Los días, que pasaban rápidos, nos dieron el único acontecimiento feliz en mucho tiempo: Marta trajo al mundo, sin complicaciones, dos preciosos niños. La primera vez que los cogí en mis brazos tuve la sensación más dulce, más intensa, más plena que jamás había sentido en la vida. Al mismo tiempo supe que no podría verlos crecer, estar a su lado en todo momento, y que me llamarían Pablo en vez de padre. Para Marta esto fue también algo evidente desde el primer día, los problemas por tanto aumentaron. Jamás pude pensar que aquellas dos criaturas, apenas conocidas, pudieran tirar de mí con tal fuerza, hasta el punto de hacer mella en mis sentimientos hacia Marta, una Marta cada día más segura, más capaz, más independiente y que, al menos eso me parecía a mí, no me necesitaba, empeñada como estaba en sacar todo adelante. Hoy sé que me equivocaba, que nuestro amor era más fuerte que todo, pero entonces hui ciego de orgullo. ¿Huiste de Marta y de aquellos hijos a los que, según decías, no podías renunciar? ¿Cómo lo hiciste? ¿Por qué? Un poco también por eso, María, porque, si me hubiera quedado, habría salido a la luz mi paternidad, y eso perjudicaría a Marta, y ella estaba, en el fondo, en el centro de mis decisiones. Hablé con ella no obstante, me dio total libertad y, aprovechando que tenía un hermano que había conseguido en Venezuela la explotación de un pozo de petróleo y podía darme trabajo, me fui. No quiero hablar de la despedida ni de mis primeros años allí. Fue todo demasiado duro, demasiado monótono y triste, pero tenía treinta años y a esa edad todo se supera.

Viví en Venezuela diez años, pero nunca olvidé mis raíces y mucho menos a Marta. De esa época eran las cartas que Lupe conservaba, a través de ellas conocíamos perfectamente nuestras vidas y nos dábamos ánimo, consejos y amor. Al cabo de ese tiempo yo había ganado una importante suma de dinero, me había hecho una posición. Hubo ocasiones en las que pensé que Marta y mis hijos podrían reunirse conmigo e iniciar los cuatro una nueva vida, pero para eso tenía que convencer a Marta de algo que ni yo mismo terminaba de ver claro, por lo que abandoné la idea y volví yo a España.

Cuando, tras el largo viaje, pisé otra vez tierra española, creí ahogarme de emoción y supe al momento que no podría marcharme otra vez. El viaje desde Vigo, donde desembarqué, hasta Salamanca fue un puro sueño, una continua evocación de personas, de paisajes, de olores, de colores, de sonidos, y, en el centro de todo, dándome vida, Marta y nuestros hijos. No había mencionado a nadie el día exacto de mi llegada, quería primero saborearla, asimilarla yo solo, prepararme para el encuentro con Marta, el motor de mi vida, la mujer única e insustituible, y con aquellos hijos que nunca sabrían que yo era su padre, pero que llevaba muy dentro. Físicamente los conocía bien, Marta me había enviado muchas fotos suyas a lo largo de esos diez años, eran su vivo retrato. ¿Quién les diría que era yo? Habíamos estudiado diferentes opciones, pero ninguna nos parecía lo suficientemente buena. Al final tuvimos claro que el vínculo lo crearía mi capacidad para atraerlos, para ganarme su cariño, y así fue. En eso tuve mucha suerte, simpatizamos plenamente desde el primer momento.

Estuve tres días viviendo en un hotel sin tener relación con nadie. Medio disfrazado recorrí la ciudad como si la viera por primera vez, y me pareció más hermosa que antes. Salí al campo, me acerqué a la dehesa de Marta, estaba espléndida. Me llamó la atención que nadie me reconociera, me saludaban con el acostumbrado: con Dios, pero sin dar muestras de sorpresa. Y al fin me atreví a ir a mi casa. Todo estaba como si lo acabara de dejar, perfectamente cuidado. Marta había ordenado que se ocuparan de ella como de una parte de la dehesa. Entré y la recorrí toda. Cuando terminé de verla, me sentí con ánimo para volver a empezar. Fui al hotel, recogí mis pertenencias, pagué la factura y pedí un coche para trasladar el equipaje a mi casa. Al día siguiente empezaría mi nueva vida.

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Evocación. Séptima entrega

Me desperté temprano y decidí levantarme y marcharme al periódico para tratar de arreglar mis asuntos. El director me llamó en cuanto supo que había llegado. Me había elegido para cubrir la información del viaje que los reyes iban a iniciar para visitar algunos países de Centroamérica. Serían diez días y saldríamos dentro de tres. Tuve, por primera vez en mi vida profesional, que fingir. Haberme elegido era una distinción, una prueba de lo que me valoraban en mi trabajo, pero había llegado el premio en mal momento, pues descubrir el misterio de la historia de la abuela era para mí una obsesión. No obstante dominé mi contrariedad y me puse a realizar las gestiones necesarias.

El viaje resultó maravilloso política, económica y humanamente hablando, no se podía pedir más. Gracias a eso olvidé un poco el tema estrella y disfruté de todo lo que tenía a mi alcance, aventura sentimental incluida. Volví a Madrid feliz y con nuevos bríos para seguir con mi investigación familiar. En cuanto tuve ocasión propuse al director mi plan sobre el trabajo de Salamanca, me dijo que lo estudiaría, pero que, en principio, lo veía complicado, casi imposible, tenía otros planes para mí. Me resigné, tendría que esperar.

Aquella tarde llegué pronto a casa. En el contestador tenía un mensaje de mi hermana, siempre preocupándose por mí. Decidí llamarla y, si tenía sitio, invitarme a pasar el fin de semana con ellos. La casa de mi hermana era, como sus dueños, acogedora y alegre. Me sentaría bien estar allí. Marta quedó encantada con mi plan y me contagió su entusiasmo. Estaba deseando que llegara el viernes. Cuando me vi en el coche camino de Salamanca, volví a sentir emoción e impaciencia. Mi pensamiento traía al presente hechos del pasado produciendo en mí una sensación de añoranza por conocer más aquel tiempo.

Hice un viaje rápido. Pensé pasar por la casa de la abuela, pero al fin me arrepentí y fui directamente a la de mi hermana. Llovía y hacía frío aunque estábamos en abril, y deseé de pronto sentarme ante la chimenea que Marta tendría encendida y tomar una taza de su delicioso chocolate con picatostes. Estaban en casa además tres de mis cinco sobrinos, que me hicieron reír con sus peripecias. Me sentía muy feliz y dije en voz alta: ¡Qué acogedora es tu casa, Marta! Ella sonriendo me besó y dijo: Tú también lo eres.

Tras una agradable cena y un rato de tertulia con mi cuñado y mi hermana nos fuimos a dormir. Marta y yo quedamos temprano para dar un paseo por el casco antiguo y desayunar en la Plaza Mayor. Para mí eso era como un rito y, en esta ocasión, la manera de hablar a solas con Marta y contarle mi descubrimiento. La mañana estaba nublada, pero la temperatura era buena y dimos un estupendo paseo en el que procuré que la conversación girase en torno a la abuela. De esa forma, cuando nos sentamos a desayunar, estaba preparada para hablar de su secreto.

Entonces, sin más preámbulos, le conté a Marta la historia que había conocido a través de las cartas que había en el cajón de la cómoda y mi obsesión por encontrar las que faltaban para tener la historia completa. Con gran sorpresa por mi parte Marta, con expresión seria, me dijo: las tengo yo. Cuando murió la abuela, Lupe hizo lo que, al parecer, era su deseo: me dio un paquete como el que tú encontraste: una mantilla y dentro unas cartas, pero me dijo que las leyera cuando ella no estuviera ya, no quería contestar preguntas, y yo así lo hice. Nunca pensé que fuera tan importante el contenido. Lo que no entiendo es la separación en dos partes si quería que las tuviese yo todas. Tal vez, dije yo, su muerte tan repentina le impidiera arreglar bien sus cosas. Tal vez. Bueno, yo te las doy a ti y en algún momento nos reunimos para comentarlas, no en mi casa, claro, porque allí siempre hay alguien. No te preocupes, Marta, en la mía no hay nadie, allí nos veremos. Volvimos a casa charlando tranquilas, pero haciendo conjeturas sobre la historia, que era la nuestra, la de la familia. El día transcurrió  tranquilo, por la tarde empezó a llover con fuerza y por esa razón la pasamos jugando una interminable y divertida partida de parchís de seis jugadores. Fue estupendo, me hizo mucho bien aquel baño de familia.

El domingo, a media mañana, salí para Madrid con un nuevo misterio a bordo, pero en esta ocasión estaba más tranquila. Conducía sin prisa aunque sin dejar de hacer cábalas sobre el contenido de las cartas. Comí en un restaurante de la carretera y paseé un rato, luego reemprendí la marcha. A las cinco estaba en casa. Me puse cómoda, llamé a Marta y, después de coger mi almohada y el paquete de cartas, me senté en mi sillón. Mis manos temblaban mientras lo abría, y mi garganta lanzó un grito cuando vi el contenido: eran facturas, anotaciones, pero ni una sola carta. Volví a llamar a Marta. Estábamos las dos sorprendidas, incrédulas, había que hablar con Lupe. Marta, siempre tan dispuesta, se ofreció a hacerlo, la visitaba con cierta frecuencia y no le extrañaría. Lupe era la mejor informadora porque vivió pegada a la abuela, fue su confidente y mantenía una lucidez mental extraordinaria. La idea me pareció bien; la espera, mal, pero no había otra solución. Me consolé releyendo las cartas, noté entonces que había cosas que no quedaban claras, pero ya no tenía remedio.

El lunes vino Mati y desayunó conmigo. Me preguntó por el fin de semana, por Marta y su familia. Yo, pensando animarla a la confidencia, contestaba  a todas sus preguntas y le conté además la peripecia de las cartas, pero ella no habló de nada, solo comentó, con tono como de reprimenda: _ María, no entiendo tu interés por conocer el pasado, fuera como fuera tú nada puedes cambiar ni remediar, los protagonistas ya no están para hacer aclaraciones, para defenderse, si fuera preciso, ya sabes la máxima: lo hecho, hecho está, pero a ti, tal vez, el conocerlo te venga mal. Mati, ¿tan horrible fue? Yo no lo viví, pero ya te dije que, aunque supiera mucho, no diría nada. Y dicho esto, se levantó y empezó su trabajo.

Me admiró su firmeza y no tuve más remedio que dejar el tem. Me levanté, le di un beso y me marché al periódico.

Por la noche me llamó Marta. Había ido a visitar a Lupe y le había contado el descubrimiento de las cartas, el contenido del paquete que ella le había dado y la necesidad, por esa razón, de que fuera ella quien terminara la historia de la abuela. Se había enfadado mucho. Por lo visto, la abuela y ella habían estado ordenando papeles, quemando incluso lo que no valía. Las cartas debieron ir, por descuido, al fuego, y ahora, decía, yo tengo que hacer lo que nunca quise: contar la vida de otro, descubrir secretos, no, no lo haré. Hablad con Pablo, al fin y al cabo es su historia y él es vuestro abuelo. Lupe, como Mati, no quería hablar ni juzgar, pero dijo: Si queréis encontrar a Pablo fuera de su casa en sábado o domingo, id al cementerio.

–  María, eso es todo lo que he sacado en limpio. ¿Qué piensas hacer el fin de semana? Podías venir, Jaime tiene cacería y estaré más libre.

– Entonces iré.

Cuando colgué el teléfono, me sentí presa de una nueva inquietud. ¿Cómo reaccionaría Pablo? ¿Hablaría o callaría también?

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Evocación. Sexta entrega

Sin darme descanso, cogí la siguiente carta con fecha de dos días después.

Querido tesoro mío:

Por fin, después de mucho pensar, hemos decidido hablar con don Gregorio, el sacerdote que nos casó. Lo hemos elegido porque es joven, comprensivo y está muy al día, tanto que las personas mayores le consideran revolucionario, pero a los jóvenes los entiende muy bien. Además planta cara a los que confunden beatería y formas externas con el verdadero cristianismo. Hemos quedado en su casa el próximo domingo a las seis. Faltan solo tres días y estamos impacientes.

Por lo demás, la situación en casa ha mejorado. Como ahora Juan y yo estamos más tiempo juntos, mis padres deben pensar que sus palabras de la otra noche han surtido efecto. ¡Qué ingenuos! Si supieran, mejor que no sepan.

Esta tarde he conocido a Sergio. Juan quedó con él en el piso. Me ha parecido muy agradable y abierto. Él y todo lo que le rodea da sensación de sosiego. Hablamos de todo con facilidad, pero yo tuve la impresión de que me miraba a veces con una expresión extraña. ¿Pensaría que yo era una competidora? Nada más lejos de la realidad. El trato de Juan y Sergio era muy cariñoso. A veces, olvidando mi presencia, pero con una naturalidad que no podía ofenderme, se acariciaban. Los entendía muy bien. Para comprender las expresiones amorosas solo hace falta estar enamorado. Nos despedimos con la promesa de vernos otro día, y no fue solo un día, porque entre nosotros surgió una buena amistad.

Mañana te dedicaré la tarde, tesoro. Mandaré a Lupe con el recado, a las cinco en tu casa. Será solo una hora, pero me ha hecho ilusión decir la tarde. No, no es ilusión, es que para mí tu presencia me hace contar el tiempo de otra manera, tus miradas tan intensas y amorosas me hacen ver el cielo, y tus abrazos me trasladan a ese lugar maravilloso donde solo cabemos tú y yo, juntos en una danza sin fin. Hasta mañana. Marta.

Volví a pensar que aquellas cartas eran un diario y que aquellas personas eran ¿especiales? ¿anormales? No, eran simplemente verdaderos enamorados. Era tarde. Como siempre que leía una carta, el tiempo pasaba volando, pero tenía necesidad de saber más y me dispuse a leer otra.

Querido tesoro mío:

Y llegó el domingo y llegaron las seis y nos encontramos, nerviosos, casi asustados, ante don Gregorio; a él, por el contrario, se le veía sereno y sonriente. Nos pasó a un cuarto de estar sencillo, pero cómodo y acogedor. Había preparado café, y lo tomamos sin prisa, charlando relajadamente. Pasada una media hora, nos dijo con cierta malicia: ¿Qué, estáis ya tranquilos? Pues adelante. ¿Cuál es el problema? Nos miramos como preguntándonos quién empezaba a hablar, y empecé yo. Don Gregorio, dije, queremos que nos escuche como si lo que vamos a contarle fuera una confesión y que se prepare para oír algo muy grave. Marta, me estás asustando, habla ya. Entonces fue Juan quien habló. Lo hizo con una sinceridad absoluta, primero contó su vida familiar acomodada, sin preocupaciones, pensando solo en disfrutar, estudiando sin estudiar, en fin, un parásito. Luego expuso su vida amorosa, el descubrimiento turbador de su homosexualidad, la lucha consigo mismo hasta aceptarla, la soledad absoluta en que se había desarrollado el proceso y, por fin, la felicidad cuando encontró a Sergio. Habló de sus relaciones, de la fidelidad absoluta, de la comprensión, del amor que los mantenía unidos hacía ya trece años. Luego el final de la carrera de abogado, con treinta años, y el brutal choque con la realidad: se acabó la vida alegre. Su familia estaba arruinada y solo su boda con alguien apropiado podía solucionar el problema. Habló casi con crudeza de su repulsión ante la idea de la relación con una mujer, de su dolor ante el pensamiento de que Sergio le abandonaría. Por otro lado, se asqueaba de sí mismo, de su falta de decisión para trabajar, para solucionar el problema de otra forma.

Después de mucho pensarlo se decidió a contar a Sergio su triste realidad. Lo entendió, él tampoco era capaz de buscar una salida. Los dos reconocían que todo les había sido muy fácil, eran unos perfectos inútiles, pero nada tendría que cambiar en su relación, pues una mujer,  a la que casan sin ella elegir, seguro que casi agradecería la falta de relaciones amorosas, hasta puede que quisiera a otro. Llegaréis a entenderos, Juan, ya lo verás.

En fin, elegí el camino fácil, los padres, como parece que es costumbre en estos casos, hicieron los acuerdos. Tuve suerte, desde luego. Marta reune todas las cualidades que se puedan desear: joven, bonita, inteligente, comprensiva, decidida y rica, claro, eso ante todo. Realmente Sergio tenía razón: nos hemos comprendido, pero las razones del corazón nada tienen que ver con eso. Marta quiere a otro hombre. Los dos necesitamos una solución, no podemos seguir así. He sido cobarde, cómodo tal vez, estoy profundamente arrepentido, pero creo que tenemos derecho a la felicidad.

Mientras duró el relato de Juan mantuve la cabeza baja, cuando dejó de hablar la levanté y miré a don Gregorio. Estaba pálido, su habitual expresión relajada había dado paso a otra de preocupación, callaba. Callamos nosotros también. Al fin dijo: Jamás pensé que vosotros precisamente me fuerais a plantear un problema así. Claro que tenéis derecho a la felicidad, claro que el problema tendrá solución, pero ahora no la veo. Necesito asimilarlo, necesito estudiarlo. Nos veremos el jueves a la misma hora. Nos despedimos y salimos. Estábamos como al venir, sin saber qué hacer, pero con el corazón más ligero. Marta.

La carta no me descubrió demasiadas cosas, me dejó eso sí más tranquila, porque parecía que aquel cuarteto amoroso, que de momento no rimaba, podía llegar a conseguirlo. Aunque pensándolo bien, podían rimar los sentimientos, la parte espiritual, pero allí había otro tipo de problemas. Don Gregorio tenía ante sí una situación delicada y compleja de resolver. Eran las doce. La curiosidad me venció al fin y me puse a ojear todas las cartas que no había leído, cinco en total.

Las tres primeras estaban escritas entre el lunes y el jueves. Las leí con prisa, tampoco descubrían nada nuevo, eran simples pensamientos sobre cuál podría ser la solución de don Gregorio, cuáles las reacciones de los cuatro, pero no tenían demasiado interés, así que sin más abrí la siguiente con impaciencia. La carta era más corta de lo normal y la letra no parecía de la abuela, cuyos trazos eran tan firmes, la mano que escribía temblaba. Mi expectación aumentó.

Querido tesoro mío:

Ya tenemos cerca la solución a nuestro problema, estamos por lo menos en manos de una persona con los conocimientos necesarios y el desinterés más completo. Juan y yo hemos hecho todo tipo de conjeturas y, como suele pasar, unas veces lo hemos visto todo muy sencillo y otras veces sin solución. Por otro lado, yo me encuentro extraña, con los nervios alterados, triste y muy cansada, nada me apetece. En fin me encuentro mal.

Don Gregorio nos recibió con su amabilidad acostumbrada, volvimos a sentarnos en su cuarto de estar, trató, como el día anterior, de crear un ambiente apropiado y lo logró con facilidad, estábamos pendientes de él. Bien, dijo al fin, vamos a tratar de resolver vuestra situación. Tanto el Derecho civil como el Derecho canónico contemplan este caso como motivo suficiente para la anulación del matrimonio, ahora bien, yo creo que debéis estudiar, antes de dar ese paso, los conflictos que tal decisión puede acarrear.

Según hablaba don Gregorio, empecé a notar como una nube ante mis ojos y que unas moscas impertinentes daban vueltas a mi alrededor, una sensación extraña me invadió y me desmayé. Debí tardar bastante en recuperarme porque hubo tiempo de avisar a un médico y de que este viniera. Así, cuando desperté, tenía sobre mí dos caras con expresión angustiada y una con sonrisa feliz que me anunció que iba a tener un hijo. En un minuto pasó por mi cabeza todo lo que aquella noticia significaba y entendí las diferentes expresiones de aquellas caras. A punto estuve de desmayarme otra vez, pero me sobrepuse, sonreí y le di las gracias al médico y un abrazo, que traté que fuera efusivo, a Juan. Don Gregorio, por su parte, me felicitó también. El doctor, después de  aconsejarme tranquilidad y visitar al ginecólogo, se despidió y se fue. Quedamos solos los tres, nos mirábamos entre incrédulos y agobiados. Don Gregorio dijo al fin algo que no entendí muy bien. La sensación de mareo persistía, por eso pensamos que era mejor volver al día siguiente. Marta.

Solo quedaba una carta. Me parecía imposible que en ella estuvieran las respuestas a las mil preguntas que yo me hacía y a las que estaba dispuesta a buscar solución a cualquier precio. A pesar de mis temores, me dispuse a leerla. La letra, como en la anterior, era de trazo inseguro.

Querido tesoro mío:

¡Qué maravillosa sensación! Voy a tener un hijo tuyo, me has hecho el mejor regalo, me has dado, nos hemos dado lo mejor de nosotros en esta nueva vida que ya late dentro de mí. Eso es lo que pienso por encima de todo, esa es la idea que prevalece por encima de los negros nubarrones que tenemos sobre nosotros, los cuales van a dejar caer multitud de problemas. Como verás, la noticia, no sé por quién, ya la sabe todo el mundo y llueven las felicitaciones. Mis padres los más contentos y orgullosos, y Juan no sabe, no puede fingir. La noche es horrible para él, dando vueltas sin parar, sueña en voz alta llamando a Sergio, y hasta dormido llora. Yo creo que tendríamos que reunirnos los cuatro y buscar una solución lo más razonable posible. Don Gregorio, en la actual situación, me diría que renunciara a ti si no quiero  ser acusada de adúltera, y ¿es que acaso no lo soy? ¿Y no es esa mi mayor felicidad? ¿No significa eso estar unida con quien es mi verdadero amor? Pero realmente nadie lo entendería así, para qué soñar. Juan estaba dispuesto a contar la verdad a mis padres y a los suyos y a tratar por todos los medios de anular el matrimonio, Sergio opinaba igual: ante una situación semejante lo mejor era la verdad. Eso habría sido lo ideal si el asunto incumbiera solo a los cuatro, pero los padres no estaban preparados para asimilar la situación, y no era extraño. Yo, a los míos, a pesar del daño que me habían hecho, me costaba devolvérselo  planteándoles la situación real.

Ayer fui con Juan a casa de Sergio, que cada vez me parece mejor persona. Hablamos largamente sobre las posibles salidas y vimos con claridad que no existía una solución válida para todos, alguien tenía que sacrificarse. No sirvió para mucho la reunión, bueno sirvió para desahogo de Juan, que es quien se siente culpable.

Cuando llegamos a casa, salía don Germán, el médico. Me asusté, pero él con una sonrisa trató de tranquilizarme. Es tu padre y su tensión, esta vez le ha dado más fuerte, pero saldrá adelante. Nos despedimos y fuimos a verle. Le encontré más decaído que otras veces, pero tenía ganas de bromear: es que las emociones me afectan, y la llegada de un nieto es de las más fuertes que se pueden tener, pero no os preocupéis que pronto estaré bien, porque tengo que ser el padrino.

Juan, detrás de mí, rechinaba los dientes y decía: ¡lo que faltaba! Salimos de la habitación y traté de tranquilizarle, pero no lo conseguí, pues cogió el coche y se marchó a toda velocidad. Marta

Me quedé anonadada. ¿Dónde estaría quién sabía el resto de la historia? Mati, si sabía algo, ya me había dicho con toda claridad que no lo contaría. Mi hermana, si hubiera sabido algo, sí me lo habría contado. De pronto se hizo la luz: Lupe y Pablo. Estaba rendida, tenía que dormir y lo hice, pero con una idea: adelantar la fecha de mi trabajo sobre Salamanca.

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Evocación. Quinta entrega

Terminada la reunión, fuimos todos a tomar una copa y algo para picar. Era necesario, saludable diría yo, después de trabajar duro. Llegué a casa a las once. Era un poco tarde porque, dicho sea de paso, soy una dormilona y habíamos quedado a las ocho de la mañana para planificar el nuevo trabajo, pero no pude resistir el deseo de leer alguna carta. Las saqué y cogí la siguiente. En esa y en las tres que venían luego no encontré nada sorprendente. La abuela, que en la carta anterior hacía un resumen de cómo empezó y se consumó su relación con Pablo, en estas cuatro parecía querer volver atrás y desmenuzar sentimientos y situaciones, recreándose en ello.

Las cartas estaban llenas de una singular ternura, de una singular sinceridad. La abuela, sin ningún pudor, hablaba del deseo de estar con Pablo, de la necesidad de sus apasionados y cálidos besos, de la fuerza de su abrazo, del placer de la unión de sus cuerpos, de su entrega absoluta en cuerpo y alma. Se complacía en describir el lugar de los encuentros, la casa de Pablo, a las afueras del pueblo, entre árboles que casi la ocultaban, de la complicidad de Lupe, su chacha, que la había criado con su leche y era su más fiel amiga, las idas y venidas de las dos, a veces a pie y otras a caballo, unos días a media mañana y otros al atardecer. La abuela llamaba a Lupe su ángel de la guarda. Lupe tenía una hija de la edad de la abuela, que se crio con ella en casa y con la que Lupe se marchó a vivir cuando tuvo, según decía la abuela, edad de descansar. Me llamó mucho la atención, por parte de la abuela, la confesión de su falta absoluta de remordimiento: se merecía ser feliz y con su felicidad nadie sufría. Pensé que aquella manera de expresarse no correspondía a una mujer que había nacido en 1913 y en Salamanca. Era una adelantada a su tiempo, no cabía duda.

Pero yo estaba un poco desilusionada, quería conocer cuanto antes el desenlace de la historia, que me empezó a parecer que no seguía el orden que las cartas marcaban. Abrí la siguiente.

Querido tesoro mío:

Tengo que contarte algo tremendo, algo para mí inaudito, algo que puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Ya sabes que la relación de Juan y mía es una relación correcta y educada, yo la llamo de “armonía concertada”, pero, claro, cualquiera que nos observe, como mis padres lo hacen, se da cuenta de que hay algo que no marcha bien. Anoche, después de cenar mi padre, con el poco tacto que le caracteriza, dijo dirigiéndose a Juan: Bueno, ¿y vosotros cuándo me vais a hacer abuelo? A mí me parece que ya va siendo hora. Yo apreté los labios para evitar que salieran por ellos las recriminaciones que mi corazón sentía. Juan se levantó y furioso dijo: ¿También eso va a ser por orden suya? Y se marchó dando un portazo. Al poco tiempo vimos el coche que salía a toda velocidad. Me levanté y salí también del comedor.

Oí llegar a Juan muy tarde. Vino a mi cama, pero yo me hice la dormida y se marchó a la suya. Había bebido, lo hacía con frecuencia, pero nunca le vi borracho. Muy temprano vino a despertarme.

– Es necesario que tengamos una larga conversación, pero lejos de la casa, donde nadie pueda oírnos, lo que tengo que decirte es muy grave.

Me asustó su expresión, sus ojos tenían una mirada de locura. Salimos a caballo y en cuanto llegamos al campo y se bajó y me ayudó a bajar a mí, empezó a sollozar y abrazándome me dijo:

– Ayúdame, no puedo seguir haciendo esta comedia, yo nunca podré darte un hijo. Yo no te quiero, pero tampoco quiero a otra, mi amor se llama Sergio, y ahora puedes hacer conmigo lo que quieras. Reconozco que he destrozado tu vida.

Lo compadecí y abrazándole lloré con él y entre sollozos le dije:

– No sufras, yo también tengo un amor, se llama Pablo.

Cogimos la rienda de los caballos y en silencio volvimos a casa, pero entre nosotros había nacido una nueva complicidad. Marta.

Me quedé anonadada, era lo último que se me habría ocurrido pensar. Me llamó mucho la atención la capacidad de aquella pareja, unida por los intereses de terceros, para vivir en armonía y para tratar de ayudarse, para no sorprenderse por nada, sobre todo la abuela, tan joven, tan sin experiencia, en fin, fue todo un descubrimiento. Eran las doce, debía dormir para que mi trabajo no se viera perjudicado por mi inquietud de conocer la historia completa, y eso hice.

Al día siguiente, en el periódico tuvimos una puesta en común para diseñar las líneas generales a las que se debían ajustar los trabajos, aunque cada uno le diera luego su toque personal. Se estudió también como organizar el resto de los temas para poder tener cada uno una semana de trabajo en la ciudad para vivirla, para captar sus peculiaridades. La idea me entusiasmó. Para mí sería una semana de investigación de mi propia historia, porque la ciudad me había resultado siempre tan atractiva que la tenía bien conocida y estudiada. Pedí el último turno, dentro de seis semanas, para tener leídas todas las cartas y trazada mi línea de actuación.

Trabajé duro todo el día, a las seis me marché a casa. Llovía como venía haciéndolo todos los días, pero no me importó. Abrí el paraguas y decidí hacer el camino andando. Llegué a casa relajada, descansada y deseosa de seguir con la lectura de las cartas. Cené y, mientras tomaba café y fumaba un cigarrillo, llamé a Mati, a quien le encantaba saber que ya estaba “recogida”. El tono de su voz y su charla eran normales. Me alegró mucho eso, aún no entendía su reacción cuando nombré a Pablo y además no me pareció que coincidiese con lo que la abuela expresaba en sus cartas. Colgué el teléfono, cogí las cartas y me senté en el sillón con la cabeza apoyada en la almohada de mi infancia, el duende de la evocación estaba presente. Antes de empezar la lectura conté las que me quedaban por leer. Eran ocho y sin duda en ellas estaría el desenlace de la historia. Estuve a punto de hacer lo que los malos lectores: enterarme del final antes de leer el libro, pero me contuve y seguí el orden que la abuela había marcado.

Querido tesoro mío:

Como puedes suponer, Juan y yo estamos dispuestos, después de conocer tan claramente nuestros sentimientos, a dar una solución satisfactoria a nuestras vidas, sabemos que es complicado, pero estamos dispuestos a luchar. Juan está pasándolo muy mal. El sentimiento de culpabilidad aumenta cada día. Yo, según dice él, era una niña que estaba gobernada por mis padres, pero en él, un hombre independiente, maduro, con unos sentimientos bien definidos, viviendo con Sergio desde los veinte años, su proceder era imperdonable. Yo trataba de consolarle, pero no era fácil, sentía verdaderos remordimientos. Como mi curiosidad era inmensa, le pedí que me explicara cómo había podido mantener la relación con Sergio sin que hubiera comentarios, sin llamar la atención. Había sido sencillo, me dijo. Alquilaron entre los dos un piso. Eran estudiantes, venían del mismo sitio a estudiar a Salamanca, eso era muy normal allí, se conocían de toda la vida, pero la nueva convivencia despertó en ellos ese afecto especial que les hizo comprender cual era su tendencia sexual e iniciar su relación. Su vida, por lo demás, era como la de todos los chicos que salen fuera de sus casas a estudiar: la tuna, las fiestas, siempre sin dinero y alargando la carrera casi hasta el infinito. Te advierto que la terminamos hace tres años. Sergio encontró enseguida trabajo. Yo me encontré con un padre enfermo que me empujó a la boda con mujer rica porque estábamos arruinados. Fue él quien arregló todo, consiguió el dinero que necesitaba a cambio de nuestro compromiso con la condición de devolverlo si no se cumplía el trato. Trabajé para levantar la hacienda, cumplí con el compromiso y seguí mi relación con Sergio, que mantenía el piso, al cual yo iba todos los días mientras los demás creían que iba a verte a ti. Él comprendía mi situación, era optimista: encontraríamos una solución antes o después, y además no era celoso. Conocía bien mis sentimientos, mi futura mujer no estaba enamorada de mí, desde luego era una mezcla explosiva, pero podía tener un final feliz.

Y yo, ante aquel hombre tan apesadumbrado por el daño que me había hecho, tan sincero aunque con retraso, pero sincero al fin, rodeada por el brillante verdor que los campos lucían en ese momento,  pensé, como Sergio, que podíamos aspirar a la felicidad. Marta.

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Evocación. Cuarta entrega

La curiosidad por saber si las buenas intenciones que la carta anterior reflejaba se habían hecho realidad o no habían pasado de ser solo eso, un buen propósito, me podía. Sin pensarlo más abrí otra carta, o más bien, seguí con el diario de la abuela, pues aquellas cartas, que nunca leía el destinatario, eso parecían.

Querido tesoro mío:

¡Qué alegría me ha dado volver a verte, cómo me latía el corazón, cómo temblaba mi mano en la tuya al saludarte, qué escalofrío de placer recorrió mi cuerpo! La mirada de Juan me hizo volver a la realidad y actuar con naturalidad, algo que empiezo a ver difícil en el día a día. En fin, ya veremos. Te voy a contar algo de mi vida y de mis sensaciones. La relación con mis padres me cuesta que sea cariñosa, sigo pensando que me han vendido a este hombre. Mi madre me habla como en plan confidencial y me pregunta por mis relaciones con Juan o si tengo algún malestar. Cuando me hace esas preguntas, la miro con frialdad y no contesto. Mi padre acapara a Juan todo el día lo que para mí es un descanso. Quiere ponerle al tanto de sus obligaciones cuanto antes. La única buena idea que han tenido ha sido acondicionar para nosotros la planta alta de la casa. Eso me hace sentir cierta independencia.

Mi vida está, hasta ahora, un poco desorganizada. Las visitas de familia y amigos ocupan mi tiempo. Tanta norma y tanto cumplido me abruman. No hago nada de lo que me gustaría hacer, por ejemplo, coger mi caballo, salir a tu encuentro y volver a preguntarte si me quieres, hablarte, mirarte con libertad, sin testigos.

Juan, que al principio parecía entusiasmado con su trabajo, me dijo ayer que estaba rendido, que no podía seguir el ritmo de mi padre, que parecía un negrero. Por su tono tuve la sensación de que los enfrentamientos no tardarían en llegar. Juan tenía que atender también su propia hacienda situada a sesenta kilómetros de la nuestra. Quería que fuéramos a vivir allí. Eso implicaba para mi padre no haber ganado nada y, naturalmente, se opuso. Yo pensaba que se habían engañado mutuamente y que todos saldríamos perdiendo en el trato.

Por fin mi padre decidió que fuera algún día de la semana, pero solo la mañana, la noche la pasaría en casa. Como tenía coche, lo podía hacer. Aceptó a regañadientes. Yo le animé encantada pensando en todas las posibilidades que su ausencia me brindaba. Con cara inocente y voz indecisa dije que me gustaría colaborar, aunque solo fuera vigilando. Siempre había dado largos paseos a caballo y ahora podría hacer lo mismo, pero siendo útil. A Juan le pareció bien la idea, mi padre no dijo nada. Yo salí de la habitación para evitar que les llamara la atención la alegría que mi cara debía expresar. Podría verte todos los días e incluso hablaríamos.

Y así empezó aquella relación nuestra, tan ardiente siempre, primero sólo en miradas, luego en furtivas caricias y al fin en la unión total y perfecta de nuestros cuerpos, olvidando todo lo que nos rodeaba, olvidando normas y prohibiciones, solos tú y yo.

Me llamaba la atención como acababa la carta, sin despedida. Era la confesión del amor y la entrega de dos seres, a quienes la sociedad con sus reglas consideraba desiguales, pero que el amor igualaba. Me dejó sorprendida la decisión de la abuela por la edad y por la época, principios del siglo veinte, que le tocó vivir, me resultó en eso, como en todo, fascinante. Guardé las cartas y me dispuse a descansar. Estaba rendida y, al día siguiente, era lunes.

Desperté descansada y optimista. Mientras me arreglaba para ir al periódico, iba programando el trabajo y el tiempo libre de aquel día. De pronto se extendió por la casa un delicioso olor a café. Eso quería decir que Mati había llegado como todos los lunes y viernes, eso quería decir comida casera, orden y limpieza. Salí a saludarla. Mati era para mí como mi segunda madre. Nos cuidó a mi hermana Marta y a mí desde que nuestra madre murió cuando yo tenía siete años y Marta doce. Mi padre lo dejó todo en sus manos y él, desesperado y desorientado, viajó incansable por temas de trabajo o no, pero lo cierto es que le veíamos poco. Mantenía para nosotras, eso sí, una vida muy cómoda y se preocupaba mucho de nuestros estudios, Marta de farmacia y yo de periodismo. Mati era tranquila y suave de apariencia, pero tenía decisión y valentía cuando era necesario y, si el problema la superaba, acudía a la abuela, que sufría por aquel hijo infeliz. Cuando Marta se casó y montó con su marido una farmacia en Salamanca, yo me quedé con Mati en la casa, que nos resultaba enorme. Por eso mi padre pensó en vender el piso y repartir el dinero entre los tres. Para entonces tenía pareja, una mujer tan viajera como él, y mantener el piso no tenía sentido. Mati, siguiendo mi consejo, compró un apartamento cerca del mío. Me seguiría cuidando, pero manteniendo cada una su independencia. Tenía solo sesenta años y podía disfrutar de muchas cosas, y así lo primero que hizo fue un curso de cocina elegante, como ella decía. Además, desde que mi sobrina Elena vino a estudiar a Madrid la cuidó también. Mati decía que Elena era tan agradable que daba gusto estar con ella. Cuando decía eso, yo fingía enfado: ¡Qué traidora, me has dejado de querer! Ella seguía mi broma y contestaba: Si sigues poniendo esa cara de mala persona, desde luego das miedo.

Nos sentamos las dos a tomar aquel riquísimo desayuno, que hoy era de los elegantes. Mati me preguntaba por mi viaje y por las cosas que me había traído de la casa. Cuando se lo dije, se indignó: Con lo preciosos que son esos muebles, no se puede ser tan romántica, seguro que tus tíos y tus primos no han hecho igual: mis tíos eran el hermano gemelo de mi padre y su mujer; y mis primos, sus tres hijos y su hija. Sí, Mati, replicaba yo, pero dónde íbamos a ponerlos aquí siendo tan grandes. Solo van bien en aquellas casas. No, si en eso tienes razón, pero son tan egoístas que me da rabia que se queden con todo. Mati se dejaba llevar por su cariño, siempre nos cuidó y aconsejó como lo haría una madre. Según ella, nosotras le dimos la felicidad que una guerra le quitó, pues en ella perdió a su novio y ya no quiso saber más de amores. Buscó trabajo y lo encontró en casa, donde siempre la consideramos como de la familia.

Terminamos el desayuno, miré el reloj, se me había hecho tarde. Me levanté, le di un beso y le dije aquella frase que siempre la hacía reír: Mati, pégame, mátame, pero no te disgustes por como dejo la casa.

El día fue uno de tantos, sin nada digno de mención salvo la cara de cansancio de todos. Parecía imposible que fuera lunes. Debe ser, pensé, que descansar cansa mucho aunque, desde luego, no era mi caso: yo vivía en una continua excitación con la historia de la abuela. A las siete salí del periódico. Había quedado con Elena a las ocho en su casa, un piso destartalado de alquiler, cerca de la universidad, compartido con una compañera de clase, gallega ella y simpática si no era día de morriña, y aquella tarde nada más verla lo supe: lo era. Me dio un beso y lloriqueando me explicó lo triste que estaba y que se iba a dormir. Apareció entonces Elena sonriente y después de saludarme cogió a su amiga de un brazo y le dijo: Rosa, te toca poner la mesa, y Rosa la obedeció. Me admiró la fuerza, el poder de persuasión que Elena tenía. Nos sentamos a cenar charlando las tres animadamente. La cena era estupenda y así se lo dije. Rosa y Elena se miraron con picardía. Al fin Elena dijo: la estupenda es Mati que ha sido quien la ha hecho. ¿Os ayudó también en la decoración? Porque el piso ha pasado de ser destartalado a ser acogedor. Algo le hizo, dijo la galleguita con su gracioso acento. ¡Cuánto vales, Mati, pensé!

Mientras yo tomaba café, ellas recogieron la mesa y Elena trajo las fotografías. Nos reímos con algunas, con otras yo me emocioné, recordé aquella época cuando vivía mi madre y mi padre reía continuamente. Lo que no veía por ningún lado era una fotografía de Pablo. ¿Están aquí todas las fotos? Todas, dijo Elena. Entonces me decidí a preguntar directamente por él, pero Elena no sabía nada y yo no insistí. Seguimos charlando hasta las once, hora que me pareció buena para marcharme. Recogí las fotografías, repartí besos y me fui a mi casa.

Cuando llegué, volví a mirarlas con más detenimiento, pero no encontré nada, las dejé sobre la mesa y me acosté. Me despertó el antipático sonido del reloj y Mati abriendo la persiana.

– ¿Qué haces tú hoy en casa?

– He pensado hacer una limpieza a fondo, es necesaria.

– Está bien, tú sabes lo que hace falta. Anda, ven conmigo a tomar una taza de café antes de nada. ¿Has visto las fotografías?

– No, ya las veré en otro momento con calma.

– Cuando las veas, si encuentras alguna de Pablo, el mayoral, me la separas.

– ¿De quién has dicho?

– Del mayoral, no me digas que no le conocías.

– Claro que le conocía, pero no creo que, después de las críticas que hubo, tu abuela guardase nada suyo.

– ¿Críticas, por qué? Mati, ¿qué pasó?

– María, ya sabes que yo no suelo hablar de las cosas que no son mías, dejemos el tema, por favor.

Mati hablaba con tanta firmeza que no insistí, pero habría deseado que fuera ya la tarde para seguir con la lectura de las cartas. La curiosidad me dominaba: tal vez ellas me aclararan algo.

La jornada de trabajo fue complicada en el periódico: dos sucesos imprevistos y a las seis reunión con el director, ya que en dos meses saldrían a la luz una serie de reportajes sobre ciudades españolas que fueron o son focos de cultura y entre ellas, claro está, figuraba Salamanca. El director, que sabía mi predilección y vinculación con esa tierra, mirándome con cara maliciosa, dijo: Mi gran preocupación es Salamanca. ¿A quién se la doy, María? Fui yo la elegida, claro. Me hacía mucha ilusión como profesional, pero además me brindaba la oportunidad de investigar sobre la historia humana que tanto me atraía y me interesaba. Podría pasar allí unos días. Era estupendo aquello…

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Evocación. Tercera entrega

Empecé a leer la segunda carta, según la fecha. Habían pasado seis meses desde la anterior. Como todas se iniciaba con aquel

Querido tesoro mío:

Hoy es el día de mi boda, ese día que dicen es tan feliz para la mayoría de las mujeres, pero que, para mí, es el principio de un fracaso. Lucharé con todas mis fuerzas para que sea lo menos posible, pero fracaso será. Son las tres de la mañana. La fiesta de vísperas terminó a las once. ¡Qué larga se me hizo! Y faltan dos más: la boda y la tornaboda. ¡Qué costumbres! ¿Sabes en lo único que pienso? Pues en que el día de mi boda, según el absurdo protocolo, puedes bailar conmigo. Tal vez entonces me atreva a decir o a hacer algo que te haga saber que te quiero sólo a ti. No sé.

Y llegó el día, el vestido, la gente, mi familia, el novio, nada parecía ir conmigo. Coloqué en mi cara esa sonrisa que todos alaban y me dispuse a representar mi papel lo mejor posible. ¡Qué frialdad! ¿Verdad? Me sentía como una marioneta, manejada. Las ceremonias se iban cumpliendo, ya llegaba mi momento. Cuando sentí tus fuertes manos sobre mi cuerpo, todo dejó de existir para mí. Éramos solo tú y yo bailando en un delicioso jardín y, tal como lo sentía, lo dije: “Te quiero, te quiero sólo a ti y para siempre”. Me contestaste con tu voz y con tus manos. Yo también te quiero y para siempre. ¿Es eso cierto? ¿No es un sueño? No sueñas, no, eres la realidad de mi vida desde hace tiempo, pero nos separan muchas cosas y jamás te habría puesto en el difícil dilema de tus padres o yo. Me tendrás siempre a tu lado, seré tu ayuda siempre que la necesites. Lo haré desde lejos, sin que nadie se dé cuenta. Te quiero, Marta; y yo a ti, Pablo. El baile terminó justo cuando empezaba a saber que tenía todo para ser feliz. Marta.

Sentí una gran alegría, por lo menos conocían sus mutuos sentimientos, pero al mismo tiempo sentí angustia. Era una situación anormal. ¿Habrían sido capaces de mantenerla toda una vida? Quise seguir leyendo en busca de una solución, pero antes me pregunté qué había sido de Pablo.

Mis años locos de corresponsal del periódico en el extranjero me tuvieron alejada de mi familia, de mi casa, de todo lo que hasta entonces era mi vida. Fueron años intensos, profesionalmente muy fecundos, pero humanamente vacíos. Cuando volví a Madrid, pasaron solo tres meses hasta que la abuela murió repentinamente. La había visitado en diferentes ocasiones, pero fueron visitas rápidas, siempre prometiendo quedarme unos días la próxima vez, que nunca llegó. Además tanta calma me agobiaba un poco, tanta paz después del ritmo trepidante que había llevado y, al que te guste o no, terminas acostumbrándote. En fin, me había desconectado de todo el mundo. Pero era extrañó, pensaba ahora, que las dos veces que fui a ver a la abuela él no estuviera en la casa.

Sentí una prisa loca por saber de Pablo y a punto estuve de llamar a mi hermana, pero recordé a tiempo, cosa rara en mí, que había quedado para cenar con Elena. Ella me informaría. De todas formas, ¿cómo no le había echado de menos antes? ¡Qué despiste! Fui hacia la ventana, seguía nublado, pero no llovía. Miré el reloj. Eran las tres. De pronto sentí la necesidad urgente de comer. Fui a la nevera, que estaba vacía. Como ama de casa no tenía precio. Pensé que el supermercado tal vez estaría abierto. Salí para comprobarlo y tuve suerte. Compré todo lo necesario y me preparé una sustanciosa comida, que me hizo sentir mejor. Me distraje un poco con la televisión y, a eso de las seis, estaba de nuevo absorta en la lectura de otra carta. La fecha era de un mes después de la boda y decía así.

Querido tesoro mío:

¿Cómo lo has pasado este mes? Para mí ha sido un poco largo. ¿Me has echado de menos? Tú has estado presente en mi pensamiento a todas horas. Saber que me quieres me hace tan feliz que me ha permitido ser amable con este hombre, que llevo al lado a todas horas y que es mi marido. El viaje ha sido largo y cansado, pero hemos visto cosas preciosas. Tengo que reconocer que Juan lo ha organizado con todo cuidado, alternando días de excursiones fatigosas con otros de descanso, que se agradecen siempre. Hemos hecho un bonito viaje por Mallorca, pero sobre todo hemos hablado de nosotros, de nuestros sentimientos, de nuestros deseos, de nuestro futuro con una calma y una sinceridad como jamás habría pensado poder hacer. Me dolió saber algunas cosas como, por ejemplo, que mi padre le dio cierta cantidad de dinero, que él necesitaba para salvar su hacienda, a cambio de que se casara conmigo y le diera nietos, es decir, mi padre me había vendido. ¿Tan poca cosa me considera, tan poco atractiva me encuentra o para él la hacienda y el dinero es lo único que importa? ¿Y mi madre tan sometida a mi padre está o es que carece del instinto de protección que hasta las hembras de cualquier animal tienen para sus cachorros, o  para ella, como me dijo un día, lo importante era casarse y lo del amor ya vendría después, si venía?

Juan me entendía perfectamente, además me dijo toda una serie de cosas halagadoras. Él pensaba que tenía todo lo que un hombre podía desear, amén de simpatía, dulzura, gracia, inteligencia. Casi me hizo sentir un poco creída con tanto piropo. Él se sentía un hombre afortunado por haberle aceptado y pensaba que, si pasábamos de puntillas sobre ciertos aspectos de la relación que los dos rechazábamos y no funcionarían nunca bien, podíamos ser felices.

En cuanto a mis padres, los encontraba ya mayores. Tu padre tiene setenta años, me dijo, no puede hacerse cargo de todo y tú eres una mujer que, no cabe duda podría ayudarle, pero están los malditos prejuicios, y eso no va a cambiar de hoy para mañana. Te aseguro, le dije, que, si tengo hijos e hijas, los educaré con los mismos derechos y obligaciones, y, para que mi padre rabie un poco, voy a conducir. Sí, me compraré un coche con el dinero que me dio. Será su regalo de boda.

Juan reía y me miraba con admiración. Cuando dejó de reír me dijo: Marta, me parece bien. Haz lo que tú quieras, pero procura que no se note mucho que lo haces, que no te sometes ni a la autoridad del padre ni a la del marido, ¿eh? Reímos los dos de buena gana. Verdaderamente Juan hacía todo lo posible para que me sintiera bien y yo se lo agradecía. Sabía, porque se lo había dicho, que no le quería, pero, después de conocerle mejor, pensaba, como él, que podíamos vivir en armonía, y se lo dije también. Hasta pronto. Marta.

Me sentí aliviada después de leer la carta. Para ser una boda por interés, se trataba de personas inteligentes y hasta con sentido del humor. Merecían ser felices los dos, bueno, los tres.

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Evocación. Segunda entrega

Quise pensar en otra cosa y entonces me asaltó la melancolía que presintiera en mi camino de ida. Cuando volviera a Salamanca, y sin duda volvería, tendría que pasar de largo ante la casa, la reformarían tal vez y no podría reconocerla. Tampoco reconocería a sus habitantes, ya no podría ver desde su mirador la animada Plaza Mayor, ni escucharía desde él la ronda de la tuna. Levanté el pie del acelerador, corría despendolada, y la guardia civil me mandó parar. Me extrañó su pregunta:

– ¿Se encuentra usted bien? Está muy pálida.

Mi contestación les dejó helados:

– Estoy bien, es que vengo de hacer un viaje por el pasado.

Sonriendo, uno de ellos dijo:

– Pues vuelva al presente y conduzca con más cuidado.

Se marcharon. Me quedé un rato descansando y, más lentamente, emprendí la marcha. El tráfico se hacía cada vez más denso. Madrid estaba cerca.

 Llegué a casa. Era ya de noche y me preparé para una larga e intensa velada. Me duché, cené un poco, cogí las cartas y la almohada y me dirigí a mi butaca preferida. Las cartas eran veinte, todas ordenadas por fechas, todas con aquel “Querido tesoro mío”.

Cuando estaba a punto de empezar la lectura, el teléfono, como no, sonó impertinente, pero esta vez lo cogí. Era mi hermana

– ¿Qué tal has hecho el viaje?

– Bien, es un poco cansado ir y venir en el día. Menos mal que no había tráfico.

Me regañaba cariñosamente:

– Hija, tú como siempre en las nubes, nosotras somos como la Marta y la María del evangelio: yo, la práctica; tú, la soñadora. En fin, que le vamos a hacer, tiene que haber de todo”. ¡Ah!, quería preguntarte si te interesa alguna cosa de la cómoda.

De repente me acordé de las fotografías, tal vez pudieran ayudarme a descubrir el misterio.

– Sí, le dije, quiero las fotografías.

– De acuerdo. Cuando Elena vaya a Madrid, te las llevará. Un beso, despiste.

-Otro para ti, sabelotodo.

Reímos las dos y colgué. Cogí la primera carta, leí la fecha y calculé la edad de la abuela en aquel momento: dieciocho años. No era larga, la leí con rapidez y cuando llegué a la despedida casi doy un grito. La firma era de la abuela. Era la abuela quien escribía. ¿Cómo no me llamó antes la atención la letra? Posiblemente la letra de una adolescente no es igual que la de una persona adulta. Eso tenía que ser porque yo conocía bien la suya. Se acabó el misterio del autor, pero seguía teniendo ante mí un enigma: ¿Qué relación tuvo la abuela con el “tesoro”, a quien dedicaba tan tiernas y apasionadas palabras?

Había oído yo contar que el abuelo, a quien no conocí, era demasiado serio y realista y bastante mayor que la abuela, y que la relación era poco cariñosa. En general nadie hablaba de él y, ahora que lo pensaba, en una ocasión oí decir algo de su muerte misteriosa o algo así, pero no entendí nada. De lo que no cabía duda era que el “tesoro” para ella había sido alguien muy importante. Volví a leer la carta

Querido tesoro mío:

Sí, tesoro, porque como ellos tu amor está oculto, nadie lo conoce, ni tú mismo, a quien dedico todos mis pensamientos y me gustaría dedicar mi vida. Cuando te veo y ¡te veo tanto! tengo miedo de que los latidos de mi corazón enamorado me delaten porque, aunque no me hables, tu sola presencia me conmueve.

A veces, en mis sueños, apareces como un valiente soldado que me salva del matrimonio que me imponen mis padres con una persona de mi posición, educada y seria, quince años mayor que yo, que sabrá administrar mis bienes ya que soy hija única. Es una persona agradable, no lo niego, pero yo no le quiero, y me considero cobarde por no saber negarme a una boda que no deseo, pero que cada día está más cerca.

Con frecuencia tengo como un ataque de extraña energía y recito el discurso, que va dirigido a mis padres, pero que solo soy capaz de decirme a mí misma. Queridos padres: Voy a disgustaros, voy a ir contra vuestros deseos. Siempre fui obediente, pero en esta ocasión mi corazón y mi carne se rebelan, amo a otro hombre, amo a Pablo, nuestro mayoral. Él ni siquiera lo sabe, no es mi amor correspondido, pero es tan fuerte que no me permite querer a otro hombre y, menos aún, casarme.

Eso es lo que siento, pero mi cobardía me frena y me quedo inerme, vacía de la energía que inspiró mis palabras anteriores.

¡Qué doloroso es querer como yo te quiero sin saber si soy querida! tener que fingir continuamente, sentir que no tengo decisión, que me falta empuje para manejar mi vida. En el fondo creo que no te merezco a ti, que eres la fuerza y el valor hecho persona. Me llama mi madre. Adiós, tesoro mío. Marta.

Al terminar la lectura de la carta, un llanto suave corría por mis mejillas. La abuela había sido siempre mi ídolo. Me gustaba su manera de ser, su ternura y comprensión, sobre todo. Era guapa, muy guapa, alta y  esbelta aunque la expresión de sus ojos tenía un aire melancólico. Lo que no podía entender era que se valorase tan poco. Yo la recuerdo enérgica, gobernando sola casa y hacienda, una vez muertos sus padres y su marido. Comprendía su dolor, casi lo sentía. No pude seguir leyendo. Eran demasiadas emociones para un solo día. Me abracé, como en mi infancia, a mi almohada y me quedé dormida en el sillón.

Desperté con el cuerpo entumecido y la cabeza embotada. Eran las nueve de la mañana. Por la luz tristona que entraba por la ventana deduje que seguía lloviendo. Me asomé para comprobarlo y así era. Necesitaba despejarme. Sin pensarlo mucho me vestí, cogí paraguas y gabardina y salí a la calle. Empecé a caminar sin rumbo. En la primera cafetería que encontré pasé a desayunar. Me senté en una mesa que había junto al ventanal y pedí café y una tostada al agradable camarero que me atendió. Terminado mi desayuno, encendí un cigarrillo. Fumaba poco, pero en aquel momento lo necesitaba, me ayudaba a relajarme y a pensar. Se estaba bien en aquel sitio, así que pedí otro café y empecé con mi monólogo interior.

No quería adelantar acontecimientos. Lo que más  me intrigaba era si la abuela habría sido capaz de confesar o no su amor a Pablo. Eso lo vería en las cartas. Afortunadamente era fin de semana, tenía tiempo para enterarme. Lo que sabía con certeza era que ella tuvo un amor que no fue su marido. Yo me acordaba de Pablo, pero de un Pablo mayor, siempre me pareció guapo. Le recuerdo erguido y fuerte montado en su precioso caballo negro. A todos los pequeños, cuando íbamos a ver a la abuela, nos encantaba que nos diera una vuelta en él. Siempre accedía y parecía feliz al ver nuestra alegría.

Desde luego era muy agradable, muy querido por todos y de gran ayuda para la casa, donde vivía como uno más de la familia. A mí me tenía un cariño especial. En más de una ocasión me dijo: María, cada vez te pareces más a tu abuela. A mí aquello me gustaba y ahora pienso si me tendría por eso más simpatía. Un día me dijo que, si no se lo decía a nadie, me llevaba a ver los toros, y eso si que era algo extraordinario. Y me llevó y corrimos a galope entre ellos. Le pedí que me llevara más veces y me dijo que sí, pero alguien se lo dijo a la abuela y ella se lo prohibió.

De pronto me entró una prisa loca por seguir leyendo las cartas. Me levanté, pagué y con paso rápido volví a casa. La lluvia seguía cayendo incansable. Al entrar el teléfono sonó. Era mi sobrina Elena. Me invitaba el lunes a cenar para darme las fotos. Le dije que iría encantada. Abrí las ventanas dejando que el aire fresco entrara a raudales, mientras ponía un poco de orden en la casa. Cuando todo estuvo en su sitio, cerré las ventanas, cogí las cartas y fui hacia el sillón. Las saqué todas y quise ver las fechas. Tenían un orden, pero, en alguna ocasión, entre una y otra había pasado hasta un año. Tuve la impresión de que eran como un desaguadero cuando la situación se hacía insoportable para ella.

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